Los grabados de Carlos Barberena: atisbo de claridad en la penumbra

Franky Piña Publicado 2016-12-07 09:11:22

 

De la serie Años de miedo.
 

El BeiSMan PrESs recién publicó el libro Barberena: Master Prints, del grabador nicaragüense Carlos Barberena. A continuación presentamos la introducción a la vida y obra del grabador.




Carlos Barberena hiende la gubia en la matriz. Esculpe laberintos, palpa relieves con la vista. De la superficie surcada deviene una calavera: dos, tres, cuatro dientes. Cinco, seis, calaveras. Son dientes y son calaveras y son granos de elote. Pero no, no son lo uno ni son lo otro. Barberena talla, corta y rasga más canalillos. En la superficie de la hoja de linóleo se asoman unas hojas de maíz. Pero no puede ser aquel maíz milenario de Mesoamérica. Aquella mazorca no tenía granos de muerte. Ceci n’est pas un maïs. Entonces, no es una mazorca. Es un linograbado que expone la noción de la muerte, pero también de la vida. Coexistencia de la belleza y el horror. Comunión de la línea necesaria y el discurso esbozado acertadamente. La ética y la estética a punto de desgranarse en esta impresión sobre papel. El trazo del choclo que ha impreso Barberena lleva la rúbrica Monsanto. La imagen es manantial de interrogantes: ¿Acaso no es esta transnacional, con su producción de maíz y otros granos transgénicos, la que ha publicitado crear tantos granos como sean necesarios para acabar con el hambre? ¿Hasta qué punto el monopolio de Monsanto vuelve dependientes a los campesinos y a los empresarios agrícolas del mundo? ¿Hasta qué punto los granos genéticamente modificados están contribuyendo al deterioro del medio ambiente? ¿Hasta qué punto en Monsanto hay la disposición de apostarle exclusivamente a la ganancia? ¿Y hasta qué punto al oponerse a Monsanto uno resiste “al progreso” y a “la modernidad”? En “Untitled (Monsanto)” 2010, Barberena no ofrece respuestas. Como grabador crea y sugiere alegorías. Propone ideas y se compromete con la técnica. Barberena es un grabador a la vieja usanza: instiga, aguijonea la moral imperante y cultiva la duda.

La gráfica de Carlos Barberena es una invitación a conversar. Su trabajo nos remite a una tradición ancestral y, por tanto, nos exhorta a dialogar con obras de otro tiempo. También sitúa al espectador de cara al presente. Y frente a los grabados de Barberena, el asombro es inevitable como también es ineludible el conjunto de preguntas que incitan sus grabados: ¿cuál es la función del arte en tiempos aciagos? ¿Vale la pena acercarse a un opus considerado “contestatario”? ¿Se pueden bifurcar el creador y su trabajo? ¿Y qué revelan los grabados de Barberena ante este paradigma? 

Por las arterias de Barberena circula un flujo artístico y también circulan efusiones de indignacióny anhelo. Todo un sistema de pulsiones que termina plasmado con tinta y relieves sobre papel. Barberena: grabador joven con aflicciones de viejo. Sus grabados son excelsos en la forma. Al correr la cortina se pueden advertir días de trabajo con el buril, la ruleta y el tórculo. Acaso apenas lleva una década tallando asiduamente con la gubia en la matriz, pero desde más antes ya había comenzado a juguetear con la pluma, el papel y la tinta china. Barberena ha experimentado vigorosamente con otros medios, pero creo que es en el grabado donde su voz ha alcanzado la nota más alta. 

La sustancia en el opusde Barberena está esencialmente ligada a su biografía. La obra y el creador son inseparables. Los dos son un todo en un momento determinado en el tiempo; una vez acabada la pieza, ambos siguen su camino. El grabadotendrá que sostenerse por sí sola y el demiurgo continuará tallando placas. 

En 1972, Carlos Barberena nace en Granada, ciudad situada en la ribera del Lago de Nicaragua. Entonces, el somozismo vivía sus postrimerías: seguía sembrando terror y cosechando extremidades al pie del volcán. A pesar de la violencia en la tierra de Sandino, el cipote crecía rodeado en un ambiente bohemio: su madre bordaba y lo hacía de tal manera que sus piezas acabadas parecían pinturas de encaje, su padre tocaba la guitarra y escribía con pluma combativa en los folletines sindicales. El tío Segundo De La Rocha era un pintor reconocido. Ese otro pariente, Roger Pérez De La Rocha, fue un militante del grupo vanguardista Praxis. Y los hermanos mayores de Carlos estudiaban arte. En esa atmósfera, fue un acto natural que el pequeño comenzara a dibujar. Cumplidos los diez años, su madre se resignó a tener a otro hijo artista y lo mandó a una escuela popular de cultura, de ésas que había fomentado la Revolución Sandinista. Ya en una clase de dibujo le pidieron que esbozara una botella; al terminar, el instructor eliminó violentamente la creación cubista del pequeñín y le dijo: “no tienes talento para nada. No sé qué estás haciendo aquí”. Carlos salió abruptamente de la escuelita con deseos de no tocar una pluma en su vida. Tres años después y de la noche a la mañana, en uno de esos giros que dio la Revolución, Carlos fue arrancado de Granada e hizo de Costa Rica su hogar. 

Antes de convertirse en artista, Barberena aprendió a observar; y a pesar de haber sido despojado de su escuela, amigos y familiares, aprendió a anquilosar el dolor. Ya en tierra tica retoma la pluma y los pinceles, el desarraigo y la melancolía comienzan a rebosar sus cuadros. Entonces eran piezas coloridas pero siempre dejaba escondido un mensaje entre tonos y líneas. Por una parte intentaba sacar el bagaje que llevaba arrastrando por años y, por otra, ansiaba rescatar las raíces indígenas con sus lagos y volcanes, y asimismo redimir al emigrante nicaragüense que cortaba caña y recogía café en Costa Rica.

Se asume autodidacta y quiere devorar al mundo visualmente. Visita galerías y museos: observa, admira e intenta discernir el ensamblaje de lo que ve. Frente al caballete comienza a transformar sus cuadros y se aleja del barroco naïve. Como pintor precoz, Barberena comienza a vender su trabajo, y desde los 18 años vive de lo que crea. Quizá por un arrebato juvenil, firma un contrato con una galería y todo lo que crea se lo compran. Son diez años de una vida dedicados a cultivar la técnica y cosechar cierto desahogo financiero para continuar sus proyectos más viscerales. Lee a Luis Ferrero, José Martí y César Vallejo. Conoce la obra de los maestros: Picasso, Tamayo, Käthe Kollwitzy Oswaldo Guayasamín. De este último lo cautiva su arte, su filosofía y su compromiso. En cuerpo y obra se perfila por ese sendero: tomar partido por los que no tienen voz. Entonces la paleta de Barberena comienza a vaciarse de colores encendidos y los tonos tierra comienzan a manar. 


Self-Portrait (after Van Gogh).

En 1993, Barberena regresó a Granada y comenzó a vivir y a exhibir en los dos países. Por tres lustros se entregó de lleno a la pintura; además, comenzó a explorar otros medios. Centroamérica cambiaba en cuanto a política, se intentaba cerrar un ciclo de movimientos revolucionarios, pero se abría otro ciclo de violencia. El mundo comenzaba a girar bajo el lema de un nuevo orden mundial. Y para capturar como artista todo este nuevo caos se valió de la fotografía, la manipulación del color, el foto-transfer, la escultura, la intervención e, incluso, llegó a montar instalaciones. Mientras experimentaba con medios nuevos, temáticamente se acercó a los inmigrantes, la charlatanería de los políticos, el abuso del clero, el trato a los presos políticos en Abu-Ghraib y Guantánamo, entre otros temas.

En esta búsqueda por comprender su tiempo, Barberena fue creando una obra considerable. A pesar de haber exhibido en galerías vanguardistas como Praxis, en Managua, o en la Galería Nacional, en Costa Rica, la llama creativa de Barberena comenzó a sofocarse. Por más que creara e innovara, su obra de corte contestatario no tendría acceso a las galerías o museos en los que aún hubiera querido exhibir. Al igual que en las galerías de Centroamérica, la obra que se mueve en el mercado del arte sigue siendo ornamental y, algunas veces, funcional. 

Lo que vino a despertar del letargo a Barberena fue conocer la obra de José Guadalupe Posada. Conoció los grabados del maestro en una exhibición en el Distrito Federal, México, en el 2007. En ese entonces, había sido invitado a participar en una residencia artística para especializarse en aguafuerte, pero los instructores se habían ido a huelga. No trabajó el aguafuerte, pero sí la litografía. La residencia de un mes se redujo a una semana y media. Deambulando por la Ciudad de México dio con la exhibición de José Guadalupe Posada. “Eso fue un golpe”, me comentó. “Ver todo su trabajo político y la sátira fue un impacto muy grande. Me invadieron las ganas de trabajar con esa fuerza, ese humor negro que hay en su obra”. También se ensanchó su perspectiva del grabado ya que “es un arte más democrático, más del pueblo porque se puede imprimir casi en cualquier superficie: papeletas, cancioneros, cajas de fósforos...” Barberena ya tenía experiencia como grabador: en 2002, el artista alemán Wolfgang Hunecke lo había invitado a participar en el taller de grabado en metal con aguafuerte, aguatinta y punta seca, en la Casa de los Tres Mundos.

Al mismo tiempo que se encuentra con los grabados de Posada, comienza su mudanza a Estados Unidos. Ya en Chicago, decide colgar los pinceles y renuncia a la pintura. Se entrega cabalmente al grabado. En el plan de reinventarse, Barberena visita su obra anterior y para soltar la mano en la matriz reaparece cierta iconografía que ya había explorado en la pintura: la manzana como alegoría de la sexualidad, los desnudos femeninos, el paraguas, la luna, el Momotombo… Dentro de esa retrospección, decide trabajar en la serie Años de miedo (2008-2009). Ésta surge a partir de una exhibición que había realizado en Nicaragua en el 2000 y la había deseado llevar a los lugares donde había habido conflictos bélicos, pero debido a la gran escala y a la ausencia de recursos no pudo concretizar el recorrido. Años de miedo era un homenaje a las víctimas de la guerra y sus secuelas. Una década más tarde volvió a trabajar en el mismo concepto, pero ahora lo plasmó en linograbados y los exhibió tanto en Managua como en Chicago.


“Pieta”, de la serie Años de miedo.

Al observar la serie Años de miedo, me resulta imposible no evocar a tres series de trabajos de tres maestros que han influenciado a Barberena: La edad de la ira, de Guayasamín, La guerra, de Käthe Kollwitz, y Los desastres de la guerra, de Francisco Goya. De este último sabemos que imprimió una serie de 82 grabados al aguafuerte que registraban la visión de la Guerra de Liberación Nacional española contra las tropas de Napoleón Bonaparte, en 1808. Entonces Goya contaba con 62 años y ya estaba sordo; en su visión muy personal y con gran maestría no sólo nos dejó impresos los desastres en que deviene una guerra sino que talló el horror que viven las víctimas y la displicencia de los victimarios. Por su parte, la escritora, pacifista y artista gráfica expresionista Käthe Kollwitz dejó en su serie La Guerra (1923) el lado oscuro de la humanidad. Con la fuerza de sus dibujos le dio expresión al sufrimiento de mujeres y hombres que sobrevivieron la Primera Guerra Mundial. En La edad de la ira, Guayasamín pintó una serie de 150 obras notables y que ejecutó entre 1961 y 1990. Éstas pretenden mostrar la violencia que el ser humano es capaz de causar a otro ser humano. Guayasamín pintó, no sin ira, rostros, manos, mujeres llorando, mutilados. Los semblantes y las extremidades expresan dolor, zozobra e incertidumbre de aquellos que malviven en la base del escalafón social.

Los grabados de Barberena, por su lado, intentan aprehender la tragedia de la guerra nicaragüense. A él todavía le tocó vivir la última etapa de la dictadura de Anastasio Somoza a finales de la década de 1970. Aunque joven, también vivió el triunfo de la Revolución Sandinista e igualmente le tocó ver cómo los laureles de la victoria se comenzaron a marchitar, y tuvo que dejar Nicaragua. Desde Costa Rica observó y vivió la tragedia de los refugiados: el ostracismo, la separación, el racismo, la soledad, el hambre y la sed de justicia. Pese al exilio, su ideario no se quebró. Continuó creyendo en la filosofía de Augusto César Sandino: ser antiimperialista, resistir y llegar a ser hombre libre. Desde esa libertad fue edificando su obra.

Años de miedo es una serie de registros expresionistas que despliegan la desenvoltura de un grabador en ciernes que madura de grabado en grabado y, por el otro, expone una amalgama de emociones crudamente. Cada una de las 25 estampas es un testimonio de guerra. En conjunto, son el reflejo de muchos concentrado en la mirada postrada frente al espejo. El dramatismo de las piezas no es menor al que se sufre en una guerra, en cualquier guerra. En las matrices, Barberena testimonió con la gubia el hambre, la agonía, el llanto, la inocencia, la maternidad, la tortura, los migrantes, la niña huérfana, el preso político, los heridos de muerte. Con surcos toscos concibió relieves que golpean en el rostro de la estampa y del espectador. Si la realidad ya no es capaz de estremecernos, la obra de arte sí debiera hacerlo.

De las 25 piezas que conforman Años de miedo, sin desfavorecer a las otras, hay una que me perturba: “Angustia”. Es el retrato de una mujer trazada con surcos escuetos en la plancha. Pareciera que nos está mirando, pero obviamente no ve al espectador. Su mirada está posada en otra parte. Tal vez en un lugar recóndito donde posiblemente yazca su cónyuge, su hermano o su hija. Es el semblante de la desolación y de la ausencia. Lo que a esa compañera le sucedió no fue por su elección. Esa mujer vive purgando la pena de haber nacido sin privilegios. Se ha llevado las callosas manos al rostro para silenciar el grito de la consternación y la pérdida. Pese a la desdicha y la miseria, en la representación esta mujer sigue firme. Y aunque la vida se sesga o continúa después de la guerra, esa mujer sigue siendo un fulgor de esperanza. Esta mujer-madre, mujer-hermana, mujer-amiga se convierte en arquetipo de libertad, de nobleza y de la condición humana. Si separamos este grabado de la serie de piezas de la guerra, esa mujer bien podría personificar el rostro de cualquier abuela de la Plaza de Mayo, una estudiante palestina, una inmigrante de Bangladesh en Arabia Saudita, una activista en Ferguson, Missouri, una madre de Ayotzinapa. Más allá de su esmerada ejecución, “Angustia” trasciende el tiempo, cruza fronteras y supera nacionalismos.

Después de haber concluido Años de miedo, Barberena volvió a reinventarse y emprendió un diálogo con los clásicos del arte. Hay respeto en la forma e irreverencia en la interpretación. Escogió piezas reconocidas y las intervino. Bien se les podría titular homenajes o, incluso, descargas contrapropagandísticas. Creo que en esta serie intervienen al menos dos características nuevas en la obra de Barberena.


“The Four Horsemen of the Apocalypse” (after Dürer).

Uno: rompe con la solemnidad de su obra anterior. Ahora recurre a la sátira, esa que le impresionó en Posada. Comienza a ver al mundo con ironía, con humor, pero siempre lo hace a través de la crítica mordaz. Al exhibir Años de miedo en Chicago, de alguna manera Barberena trajo a estas calles lo que habían sido los siniestros de la guerra causados primero por el apoyo de Estados Unidos a las dictaduras centroamericanas; después, por el embargo y el patrocinio a la contrarrevolución. Pero Barberena ya estaba creando desde el semillero del neoliberalismo, capilla de Milton Friedman y sus acólitos (los Chicago Boys). Así que Barberena con buril y sarcasmo comienza a capturar las contradicciones culturales y los estragos del capitalismo en su propio granero. O sea, de alguna manera, empieza a incorporar en su obra su experiencia en Chicago. A esta serie la tituló Master Prints (2009-2014).

Dos: aprendió la trascendencia de la propaganda en el arte. Mientras Barberena ensancha sus estudios sobre los maestros grabadores, se encuentra con Albert Durero (1471–1528). Asumo que estudió a este artista del Renacimiento alemán. Durero fue un artista moderno, se rodeó de los intelectuales de su época, supo aprovechar la invención de la imprenta y la usó tanto para difundir su obra como para catequizar con sus imágenes religiosas. Fue uno de los primeros en tener la conciencia clara sobre el papel del artista y no seguir sometido a las reglas del gremio. Por eso arrebató el grabado de las manos de los artesanos y lo elevó a la altura de las otras artes. Fue pionero en tratar de manera pictórica el grabado. Le dio la misma importancia a las sombras, los volúmenes, las proporciones y la composición. También se convirtió en el precursor de la propaganda política al reproducir masivamente la efigie del emperador Maximiliano I. A Durero le interesó la religión, pero también su contexto social. En el grabado “Los cuatro jinetes del Apocalipsis” (1498) Durero reveló el temor de la gente de finales de siglo. La población creía que el mundo terminaría en el 1500, y en el grabado plasma el temor religioso, el pavor a una crisis social y asimismo critica al poder. 

Al intervenir el grabado de “Los cuatro jinetes del apocalipsis”, Barberena se pregunta: Si Durero viviera, ¿cuál sería su concepción del mundo? Lo que pudiera ser una ocurrencia o un juego, no lo es. La visión apocalíptica de Barberena no es un trastorno visual. Ni una idea atrevida, sin ser una obra realista, lo es. Es un reflejo del mundo que vivimos, inundado de propaganda mercantil. Todo tiene patrocinio; o sea, todo se ha privatizado. Se ha encumbrado al lucro por encima de la condición humana. En la representación de “Los cuatro jinetes” y siguiendo el orden según la Biblia y el grabado de Durero: el primero representa al Conquistador (Mickey Mouse), el segundo la Guerra (patrocinado por British Petroleum y Halliburton), el tercero representa la Hambruna (envestido con los logotipos de McDonald’s y en el pecho el de Monsanto) y el cuarto la Muerte (con el símbolo de la radioactividad y la típica guadaña). Bajo los cascos de los enviados por el creador se encuentra el pacifista y los perdedores de la globalización. Y todo este apocalipsis está siendo transmitido en vivo por el Arcángel del mundo Fox. El espectáculo no puede ser menos real. Es oscuro, los aviones de guerra surcan el cielo, el hongo de la bomba atómica ha vuelto a hincharse. Si leemos el simbolismo en la obra, bien podríamos hacer una lectura nada alentadora de las condiciones actuales del mundo. Las corporaciones son las patrocinadoras de la democracia moderna; la victoria educativa global ha caído bajo la homogenización cultural de Mickey Mouse y el mundo del espectáculo; el hiperconsumo ha llevado al cambio climático al borde del cataclismo; la represión y la intimidación se han convertido en los medios para quebrantar a quien resiste la uniformidad cultural dominante.

En la serie Master Prints, Barberena ha consumado su destreza con la gubia y el tórculo como grabador. Entre el juego y el ejercicio, le ha dado la vuelta a la función de la propaganda. Él no busca que el observador compre un producto sino que piense y sonría por nuestra pobre condición. Y al ejercitar el pensamiento se puede llegar a la conciencia. Aprovecha que el observador reconoce las alegorías y con la misma persuasión que la propaganda opera, la obra estimulará preguntas. De ahí que sus piezas tengan fines didácticos. Estos grabados reflejan las inquietudes del artista pero también las comparte el observador que continúa creyendo que es posible crear otro mundo.

Hoy, que vive al norte del río Bravo, Barberena ha ido completando el panorama del fenómeno migratorio con mayor claridad. Aunque este tema ya lo había tocado tanto en dibujo como en pintura, ahora en el grabado nos ha acercado a la tragedia que vive el centroamericano al cruzar México. “Riding the Beast” (2012) es una fábula sobre el tiempo que encapsula “la modernidad”: un migrante, que bien puede simbolizar el tiempo presente, va montado en la bestia. A su espalda vislumbramos a sus compañeros de viaje que son esqueletos. Atrás igualmente quedó el pasado inamovible y detrás también quedaron los famosos arcos amarillos de la hamburguesa. Esos arcos que en cualquier parte del mundo representan el supuesto triunfo del capitalismo por encima de cualquier otra ideología. La falacia de la democracia y la libertad engarruñada en un par de papas fritas. El triunfo de la imagología por encima del bienestar del individuo. Supuesta prosperidad que nunca llegó… A un costado del migrante, la muerte lleva un reloj de arena en sus manos. Todo es cuestión de tiempo. El rostro es inmutable. ¿Qué ha visto en la parcela o la barriada que dejó? ¿De qué fue testigo en el camino? Sólo ve con ojos bien abiertos. Mira de frente, hacia el futuro, pero el observador no alcanza a ver nada más allá que la incertidumbre y la alegoría de la muerte.

En Barberena no todo es coraje. No todo es denuncia. Todo es pulsión. Es reflexión y es poesía. En el linograbado “Santo Pollero” (2011), Carlos reconstruye una escena muy emotiva. Pese a la soledad y el abandono en el que cae el inmigrante al cruzar México y la frontera, siempre hallará un destello de fe en el otro. En este caso, al inmigrante que ha desfallecido en el desierto, un pollero se reclina a darle agua. Quizá sea el último trago que beba, quizá se reincorpore y continúe su camino. El observador no lo sabe, pues no está en la obra. En la obra solo percibimos un gesto de compasión ante el otro y que ese acto tal vez nos enseñe más sobre el amor y la justicia que cualquier ideología. 

Barberena lleva ya casi cinco lustros creando. Su obra ha alcanzado una solidez formal que demuestra entrega y tesón. No cree en musas sino en el trabajo persistente de todos los días. Tiene un autorretrato del 2013, “McShitter”, que bien podría resumir sus cualidades formales. En éste crea, con surcos de distinto grosor, un mosaico de patrones que representan las distintas texturas que se perciben en un baño. Cada textura es única y caracteriza a los materiales con la fidelidad que el grabado puede permitir. La técnica no es lo más valioso de este linograbado, que no se salva del dardo de la autocrítica. Para muchos podrá ser una exageración, pero a mí me resulta un retrato fiel del ser humano contemporáneo. Carlos está sentado en el excusado y entre las piernas sostiene su MacBook. ¿Será trabajo lo que realiza? ¿Leerá los diarios? ¿Estará pagando los bills? ¿Estará consultando una técnica de grabado en YouTube? ¿O estará chateando en el Facebook? Es la cara del que está conectado con la aldea global, pero desconectado de sí mismo. En el autorretrato se ve muy concentrado con el mundo externo mientras le da una mordida a su BigMac, y por si se le atora, a un lado tiene el vaso del súper-drink. El excusado en apariencia ofrece la comodidad que la oficina carece. En la privacidad del baño, el hombre se encuentra, alcanza su libertad y le da rienda suelta a sus complacencias, a sus perversiones. Creo que esta pieza no tendría el mismo impacto si el modelo no fuera el mismo artista. La sátira le permite reírse de los demás, pero primeramente se ríe de sí mismo. Finalmente, más allá del humor, creo que el creador está consciente que también él podría tropezar y caer en la trampa que a todos nos tiende el salario, el confort.

Los grabados de Carlos Barberena nos ofrecen un atisbo de claridad, un pellizco a la conciencia y estimulan la pasión por el arte del grabado.

 

Franky. Escritor, diseñador gráfico y videógrafo. Ha sido cofundador de varias revistas literarias en Chicago: Fe de erratas, zorros y erizos, Tropel y Contratiempo. Es coautor del libro Rudy Lozano: His Life, His People (Workshop in Community Studies, 1991). Un cuento de Piña fue publicado en la antología Se habla español: Voces latinas en USA (Alfaguara, 2000) y Voces en el viento: Nuevas ficciones desde Chicago (Esperante, 1999). Es editor de los siguientes catálogos de arte: Marcos Raya: Fetishizing the Imaginary (2004), The Art of Gabriel Villa (2007), René Arceo: Between the Instinctive and the Rational (2010), Alfonso Piloto Nieves Ruiz: Sculpture (El BeiSMan PrESs, 2014). Actualmente, es el director del comité organizador del Encuentro de Autorxs Latinxs en Chicago. Asimismo, es director editorial de El BeiSMan.

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