Los troyanos: Tragedia de dos grandes mujeres

León Leiva Gallardo Publicado 2016-12-07 10:00:01

 


Les Troyens. Foto: Todd Rosenberg

Es un verdadero privilegio ser espectador de una obra que reanuda la maravillosa tradición oral de la antigüedad griega y latina a través de varias artes y disciplinas. Es como si la tradición oral continuara entre nosotros en el siglo XXI y vivenciaramos las gestas homéricas mediante la máxima épica Latina, recontadas y glosadas por Virgilio y, casi dos mil años después, reinterpretadas por Héctor Berlioz, uno de los grandes compositores del siglo XIX. Privilegio también que en Chicago tengamos el Lyric Opera que nos deleite, por primera vez en esta ciudad con una versión completa que, aunque no sigue las especificaciones exactas, adapta el libretto escrito por el mismo Berlioz.

Debo mencionar que me pareció irónico, sabiendo las frustaciones que vivió Berlioz al nunca presenciar su obra maestra tal como él la imaginaba, que esta versión del Lyric Opera esté ambientada en tiempos modernos (a mi ver un descalabro de Tobias Hoheisel), con vestuario de los años 40 del siglo pasado. Los puristas tendrán que hacer suspensión de la “realidad” al ver al mítico héroe Eneas vestido como un miembro de la résistanceen la mayor parte de la obra o como un dandi al estilo del Great Gatsby (en el IV acto). Como suele ser con las artes escénicas, a menudo son adaptaciones de lo tradicional y lo contemporáneo. La Eneida de Virgilio, obsesión de Berlioz en los últimos años de su vida, por magnífica que fuese, era en sí una recreación de las épicas homéricas para deleitar los gustos romanos de su época. Como es sabido los romanos fueron los maestros de la adaptación. Desde entonces todas las artes habrían de seguir el mismo precepto, emular a los clásicos.

El nacimiento de la ópera en el Renacimiento (circa 1600) tenía como fin, además de entrener a la realeza florentina, recrear los mitos de la antigüedad. Fue nuevo aliento humanista después de varios siglos de oscurantismo cristiano. Casi tres siglos después los románticos continuaron con la tradición de emular a los clásicos. Héctor Berlioz, uno de los grandes compositores romanticos, emprendió Les troyens, su obra maestra, y escribió el libretto basado en partes de la Eneida de Virgilio. Aunque los temas clásicos a mediados del siglo XIX seguían siendo representados, la nueva tendencia era el verismo que comenzaba a estar en boga en las casas operísticas. Nada contrastaba más con las óperas realistas, como las de Leon Cavalho quien fue el primer productor (apenas de la segunda parte) de Les Troyens à Carthage en su compañía, el Théâtre Lyrique de París, en 1863. La magna diferencia de Les Troyens no sólo era por los temas y personajes míticos, sino también por la producción de la grand opera, que comprende coro, orquesta y ballet a gran escala, además de la escenificación de más de veinte personajes nombrados siguiendo una partitura de más de 700 páginas.

Algunos críticos consideran que Los troyanos no sólo se le compara sino que supera agunas obras de Wagner. Pero como ya mencioné, la historia de su producción es notoria por las versiones abreviadas y recortadas. La puesta en escena sigue siendo una exigente inversión de recursos artísticos, escenográficos y no digamos económicos. Estas versiones “mutiladas” como las llamaba Berlioz, fueron su gran desilusión hasta su muerte. Como sucede con la gloria de muchos artistas, la obra máxima de Berlioz no se presentó completamente hasta 1898 en Colonia, Alemania y la primera producción íntegra, como él la vislumbraba, no se dio a cabo sino hasta 1957 en la Royal Opera de Londres, Covent Garden. La primera representación completa en Estados Unidos fue por la Compañía de Opera de Boston en 1972.

El Lyric Opera de Chicago, que en la actualidad necesita pingües renovaciones, tira la casa por la ventana con esta majestuosa producción dirigida por Tim Albery. Es notable la utilización del mismo o similar diseño de una citadela, en la primera parte de la ciudad de Troya en ruinas, y en la segunda parte, como si fuera la misma citadela reconstruida, para representar la recién fundada ciudad de Cartago. Aunque el hilo conductor que une las dos partes es el idilio de Eneas en su viaje a Italia, los dramas trágicos que a mi parecer dominan con pathos toda la obra son las vidas paralelas de Casandra en Troya y la reina Dido en Cartago, quienes de hecho posibilitan la realización del fin mítico, la fundación de Roma.

Vale mencionarse que, dado el tradicional esquema muy común en el repertorio operístico, los papeles desempeñados por las mujeres son de esposa y prometida sacrificada para el fin poético del héroe. Tanto Casandra como la reina Dido se suicidan, aunque por diferentes razones. Casandra, hija del rey Priamo, y quien más tiene de personaje heroico, luego de que su profesía de la caída de Troya fuera descartada, se quita la vida con una daga, junto con el resto de las mujeres que prefieren morir antes ser violentadas por los invasores griegos que lograron infiltrarse (suicidio en masa como en El cerco de Numancia de Cervantes). La reina Dido por otra parte se suicida, también con una daga, porque se siente traicionada por Eneas quien finalmente, luego de tener sentimientos contrariados, decide cumplir su gesta en Italia. Como Casandra en Troya, la reina Dido profetiza la destrucción de Cartago por la que habría de ser la Roma inmortal fundada por Eneas. Reitero, las mujeres se destacan en esta ópera, pero no parecen gozar de justicia poética.

La función en el Lyric Opera dura 4 horas y 40 minutos, pero el reconocido conductor de orquesta, Sir Andrew Davis, nos presta relatividad y nos lleva a lo mítico atemporal con una magistral interpretación que confluye entre lo trágico dramático en la primera parte y lo lírico en la segunda. Hay que darle una ovasión a Michael Black, el director del monumental coro de 94 voces (el Lyric normalmente consta de 48), que resulta ser en sí un personaje crucial, especialmente en la primera parte, como lo era en las tragedias clásicas griegas. En esta primera parte, la sedosa y a la vez expresiva voz de Christine Goerke (soprano), quien representa a Casandra, nos hace vivir el trágico ocaso de la magnífica Troya. Opaca al tenor Brandon Jovanovich quien hace el papel de Eneas. Conociendo las exigencias que Berlioz le cobra a este personaje, noté un héroe de recatada voz, quizá no lo suficientemente dramática.

En la segunda parte, los troyanos en Cartago, es donde se aprecia el virtuosismo musical de Berlioz, con denuedos y virtudes en esta producción. Susan Graham (mezzo-soprano), cuya voz ya comienza a atenuarse, al principio parece apenas cumplir con la interpretación de uno de los personajes más complejos del repertorio. Pero de pronto su expertee sale a relucir en el dueto con Jovanovich del aria “Nuit d’ivresse”. La reina Dido sufre una tajante división de personalidad y pasa de ser noble y cariñosa a reaccionar vindicativa y cruel al final. En cambio, la mezzo-soprano Okka von der Damerau en el papel de Anna, la hermana de Dido, seduce con su voz, con su actuación y con la facilidad con se desplaza en el escenario. Esta ópera también ostenta de las esperadas dulces arias. Notable es Migjie Lei (tenor lírico) quien sorprende con su mesurada vocalización que nos permite salir a respirar una aria fresca entre lo que parece algo estagnado. Veremos en el IV acto un magnífico ejemplo de lo que se conoce como romanticismo francés, por la sensualidad refinada. El ballet de ninfas y sátiros es una hermosa sublimación de la sensual y tormentosa relación amorosa entre la reina Dido y Eneas. Los efectos de luces de David Finn y las proyecciones (de Illuminos) crean todo un submundo mítico en una foresta.

Esta ópera tiene un finale inesperado para quienes esperen ver al héroe Eneas cumpliendo su mito. Pero como mencioné anteriormente, esta obra en verdad está centrada en el sacrificio de dos grandes mujeres. Es un finale trágico donde Susan Graham renace con su emotiva actuación y su voz al impostar la ira profética de la reina Dido. Nos impacta siempre reconocer lo fatídico que es la historia, pero la gloria de unos es la catástrofe de otros. Al final de esta magna obra vemos proyectadas las letras latinas de la ciudad imperial y el coro vocifera “Italia, Italia, Italia”. Se ha cumplido el mito: ROMA.

 


Catherine Martin, David Govertsen, Corey Bix en Les Troyens. Foto: Todd Rosenberg

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La temporada continúa en Chicago y Lyric Opera nos espera este diciembre con la fabulosa Flauta mágica de Mozart y Norma de Bellini.

 

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León Leiva Gallardo Escritor hondureño radicado en Chicago. Autor de las novelas Guadalajara de noche (Tusquets Editores, 2006) y La casa del cementerio (Tusquets Editores, 2008); de los poemarios Palabras al acecho en la coedición Cuatro poetas latinoamericanos en Chicago (Vocesueltas, 2008), Tríptico: Tres lustros de poesía (MediaIsla Editores, 2015) y Breviario (Ediciones Estampa, 2015). Recientemente fue publicado en la antología Voces de América Latina (MediaIsla Editores, 2016).

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