¿Está Donald Trump en contra de Estados Unidos?

José A. Castro Urioste Publicado 2016-12-13 07:37:42


Trump en el Estados Unidos rural. Foto: ABC News/Zoe Daniel

 

Ocho de noviembre de 2016, cerca de las doce de la noche. Medio país se queda perplejo, boquiabierto, no sale de su asombro. Medio país que se mira a sí mismo, medio país que se pregunta: qué nos ha pasado para llegar a esto, qué nos ha pasado para que Estados Unidos elija como presidente a Donald Trump. En buena parte la respuesta puede haberse fraguado en el subsuelo de una aparente calma. Un aparente calma en la que dos culturas (con sus divisiones internas cada una) han convivido sin enfrentarse, a ratos ni siquiera sin notarse (por la amplitud geográfica de Estados Unidos), pero sabiendo siempre que existían. Una cultura enraizada en las grandes ciudades norteamericanas (Nueva York, San Francisco, Chicago, entre otras) que son las que construyen la imagen de este país en el exterior; y otra, totalmente diferente, situada en las áreas rurales, que rechaza y teme a la cultura de las urbes, que rechaza la diversidad, el Obamacare, la ayuda social. Dos mundos distintos, coexistiendo, sin afrentarse, apenas mirándose el uno al otro lo que daba precisamente esa calma aparente.

Cuando Donald Trump irrumpe como pre-candidato a las elecciones presidenciales sabe, es consciente cuál es su mercado (como todo hombre de negocios), sabe a quien debe dirigirse para vender su producto: “Trump presidente”. Ese mercado es la cultura rural norteamericana. Donald Trump no proviene de esa cultura. Su origen y su desarrollo no está vinculado con ese mundo. Lo que lo identifica es la característica racial. Sin embargo, sabe interpretar lo que puede enardecer a ese inmenso sector y construye un discurso racista, xenófobo, misógino. Un discurso en que denigra al otro, un discurso en que el otro, el diferente al sujeto blanco “anglosajón” es visto como un producto residual, como basura, como alguien sin derechos, alguien no humano (recordemos la burla que hizo de una persona con una enfermedad física), alguien que debe estar fuera del territorio. Sin exageraciones, es el perfecto performance sobre cómo denigrar a otro.

Curiosa y paradójicamente, ese discurso de Donald Trump va en contra de los valores fundacionales de Estados Unidos. Los valores de democracia, de igualdad de derechos, de libertad de expresión y de culto, el valor del respeto. No existe democracia (que es el gobierno de todos) ni existe igualdad de derechos si un sujeto fomenta el racismo y se conduce como un misógino. No existe libertad cuando se aterra a los inmigrantes indocumentados con la posibilidad de una deportación. Donald Trump encarna a un sujeto en contra de las raíces de la formación de Estados Unidos, encarna, en cierto modo, a un sujeto que está en contra de Estados Unidos. Precisamente esa característica es la que expresa la aguda crisis de cierto sector de la sociedad norteamericana. En otras palabras, las crisis no son siempre estrictamente económicas, son también crisis de valores.

El discurso de Donald Trump también ha creado que el subsuelo de la aparente calma irrumpa en la superficie, en la epidermis de la sociedad. Esa separación entre dos culturas, una de la ciudad y otra rural, una defensora de los valores fundacionales como democracia, igualdad, libertad, la diversidad y otra que lamentablemente (y subrayo lo de lamentable) en buena parte se enardece con un discurso racista, xenófobo, misógino. Donald Trump ha conducido a esta última a una posición extrema creando un situación de enfrentamiento que no se vivía anteriormente. Su discurso ha generado un doble y peligroso “permiso” (si cabe la palabra): ese sector decadente siente que puede manifestar abiertamente su prepotencia racista y misógina; y por otro lado, en la medida en que el discurso de Trump iba siendo respaldado, él iba recibiendo el “permiso” de conducirse de esa manera. Este choque de dos culturas promovido inicialmente por Trump ha generado que cada lado considere al opuesto como un sujeto irracional que carece de arreglo. Y esperemos que esta incomprensión e intolerancia mutua no escale a un conflicto de mayor envergadura.

Tampoco se trata de culpar al hombre rural de la sociedad estadounidense. Al contrario, él, ella, es una víctima. Una víctima porque en ciertos casos su voto buscó rechazar la candidatura de Hilary Clinton quien, a estas alturas es más obvio, no supo dirigirse a ese sector popular. Un víctima también porque Donald Trump ha sabido expresar lo que muy tristemente querían oír. Ha sabido manipularlos, engañarlos dentro del contexto de unas elecciones, ha sabido burlarse de ellos. Les ha creado la ilusión (falsa ilusión) de que él es su salvador y redentor. Sin embargo, Donald Trump no está identificado con ese grupo rural. Su discurso en ningún momento propone mejorar las específicas condiciones de vida de ese sector de la sociedad norteamericana. Es simplemente un discurso de odio hacia los otros. No ha de ser extraño, que Donald Trump no resolverá los problemas del mundo rural, no los defenderá, no los nombrará, porque durante toda su campaña nunca lo hizo. No culpemos al hombre rural por ser engañado. Al contrario, sintamos compasión. A fin de cuentas, también es parte del pueblo estadounidense.

 

José Castro Urioste. Dramaturgo, narrador y crítico nacido en Uruguay, educado en Perú, y residente en Estados Unidos. Co-editor de Dramaturgia peruana (1999). Entre sus obras figuran A la orilla del mundo, La ronda, Ceviche en Pittsburgh, Perversiones (co-escrita con Eduardo Cabrera). Recientemente, publicó De Doña Bárbara al neoliberalismo: escritura y modernidad en América Latina (Lima-Berkeley: Latinoamericana Editores, 2006) y su novela Historias de arena fue finalista del Premio de Novela La Nación-Sudamericana, en 2006.

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