‘13th’ y la infausta nueva era

Raúl Dorantes Publicado 2017-01-04 09:53:35

 

 

 

El documental 13th nos cuenta la historia del prejuicio racial en Estados Unidos. Acaso el peor de nuestros prejuicios. Con la emancipación de la esclavitud, ocurrida en 1865, se aprobó la decimotercera enmienda de la Constitución. Ésta establece que nadie puede ser esclavo de nadie excepto en casos en que se cumpla una sentencia producto de un delito. Dicha excepción dejó las puertas y las ventanas abiertas para que el prejuicio racial anduviera como Pedro por su casa. Si criminalizar a los negros y a otras minorías garantiza la vida de un prejuicio, pues criminalicemos hasta donde se pueda.

Esa decimotercera enmienda dio la libertad a los esclavos y es la que se ha usado para aislarlos y encarcelarlos. Número de agüeros. Número paradójico. “En Estados Unidos vive el cinco por ciento de la población mundial”, dice Obama en el epígrafe de 13th. “Y el 25 por ciento de los reos del mundo se halla en nuestras prisiones”.

Para explicar el éxito económico de la actual industria carcelaria norteamericana (y el desastre humanitario que implica tal éxito), la documentalista Ava DuVernay emprende su narrativa desde la Guerra Civil y la Emancipación, hasta las últimas elecciones presidenciales. Actualmente hay más de dos millones de reos en las cárceles de este país. Curioso que ni la guerra contra las drogas de las administraciones Nixon y Reagan, ni la campaña contra “los depredadores” de los Clinton, ni la pasividad de Obama alcancen en la visión de DuVernay la alarma que podría producir el triunfo de Donald Trump, un político sin tacto, un empresario que durante su campaña habló abiertamente del retorno al Estados Unidos de los ”good old days”. ¿Un país previo a Rosa Parks?

¡Oh, sorpresa! En 13th, estrenado en octubre de 2016, Trump aparece como el improbable triunfador. 

Después de la Guerra Civil, explica el documental, se llevaron a cabo los primeros arrestos masivos de los nuevos “hombres libres”. Los reos de color habrían de trabajar por la reconstrucción de la economía devastada de los estados sureños. Ya en el siglo XX, el primer clásico cinematográfico, The Birth of a Nation, habría de mostrar al Klu Klux Klan como el grupo defensor de las mujeres blancas que se angustian ante el inminente ataque de los negros violadores.

La historia de un prejuicio no se diferencia de la historia de una ideología o de una religión. Si se le cierra una puerta, encuentran una ventana. A lo largo de varios siglos de colonización, el europeo se creyó superior al africano y al indio. Desprenderse realmente de ese prejuicio es como cortarse un brazo. A pesar de la leyes, o gracias a ellas, ese prejuicio se ha movido como el veneno que encuentra un resquicio para seguir viviendo.

 

 

Además de la legitimación del prejuicio racial, ¿qué función tenían las leyes conocidas como Jim Crow? Esas leyes le confirmaban al blanco la idea de que separar los baños y los bebederos públicos era algo normal, que la segregación en las escuelas era también normal, deseable y garante del orden, pues desde su perspectiva el negro era peligroso. Muy pocos se daban cuenta de que esa “normalidad” era en realidad el prejuicio racial haciendo de las suyas. 

Después del Movimiento de los Derechos Civiles, las leyes se tornaron menos obvias. Ahora había que privar a los negros de su poder de voto. El Estado y la sociedad se encargaron de eliminar a los dirigentes, Malcolm X y Martin Luther King incluidos, y algunos líderes sobrevivientes creyeron que se empezaba a vivir la primavera post racial. Nada de eso. Al declarar la guerra a las drogas, Nixon lanzó sus dardos contra las comunidades afroamericanas. En los ochenta, Reagan atizó los dardos al penalizar más el consumo de crack (droga barata y accesible en los barrios negros) que el consumo de cocaína (más cara y común en los sectores blancos).

El prejuicio racial no es exclusividad del europeo blanco. Acaso sea un prejuicio que acompañe a cada ser humano desde los inicios de los tiempos. Es el miedo de la diferencia. Es el horror ante lo otro. Hace días, comentando los aciertos del documental, mi amigo Lázaro, inmigrante como yo, me comentaba que en sus treinta años de vida pilseniana no ha entrado a un restaurante ubicado en un barrio afroamericano. Lo mismo yo. ¿Por qué nunca hemos ido Lázaro y yo a un restaurante del sur de Chicago cuando en sobradas ocasiones hemos comido en los diners del norte?

Los prejuicios raciales se hallan en la dermis y hay que combatirlos como se combate una roña. El sistema carcelario norteamericano y el servicio de inmigración son instituciones esencialmente racistas. Existen para que siga con vida el horror a la diferencia y para que se obtenga de ese horror una utilidad económica. Documentales como 13th cumplen al mostrarnos la nueva piel de un monstruo de diez cabezas.

En los últimos dos años se dieron a conocer tres documentales sobre el arte, el deporte y las luchas sociales de las comunidades negras: I Am Ali, What Happenned, Miss Simone? y 13th. Ese tipo de documentales hacen falta en las comunidades inmigrantes de Estados Unidos. Son documentales necesarios en la era por venir, la infausta era Trump.

 

 

Raúl Dorantes. Llegó a Chicago a finales de 1986. Desde 1992 se ha dedicado a la publicación de revistas culturales: Fe de erratas, Zorros y erizos, Tropel, Contratiempo El BeiSMan. En la actualidad es director del Colectivo El Pozo y es autor de la novela De zorros y erizos.  Ars Communis Editorial publicó su colección de cuentos Bidrioz y recientemente publicó su segunda novela: El blues de Roma.

 

 

 

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