Poemas de Alexandra Botto

Publicado 2017-01-16 07:48:51


Fotografía: Eva Rubinstein

 

Oración

 

Entrega, ángel, a Dios,

este amor de mujer,

su iridiscencia pasajera

que arrasa sin malicia

como un cuchillo roto.

 

Cuéntale que amé

sin la inútil negación

de la lujuria y el tedio,

entre dos cuerpos arropados

cada noche a la misma hora.

 

Dile

que hallaste odios escondidos

en los rincones de la casa

y las memorias de una niña

ya sepias e indoloras.

 

Dile, ángel sagrado,

que sí el amor abre la carne

en el costado, el corazón

y las palmas de las manos,

no es el paraíso prometido.

 

Muéstrale que descubriste

que cuando el amor nos hace llaga,

también nosotras somos Jesucristos.

 

 ∴

 

Esa piedra de Sísifo…

 

Para los Caballeros de la Orden sin Cruces

 

Foto 1: Sonreímos para la cámara que sostiene un desconocido.

Fue una innata tendencia a la masacre, ¿lo recuerdas?

Dos sonámbulos caminando hacia el altar con el instinto suicida oculto en la ternura de torpes principiantes, un par de turistas de iglesia rodeados de velas y de flores.

Sí acepto, dije, y tú me besaste feliz, con ese beso escondido en los labios para luego bajar a la noche enloquecidos y noctámbulos, a tientas con el placer.

No quisimos salvarnos. No culpemos a nadie.

Fue dios la lujuria y las magnolias para el diablo.

No sospechábamos cuánto existe de mortaja en el amor.

 

Foto 2: En familia.

Me volví una chica de palacio, cuidándome las uñas, probándome vestidos y zapatos, preparando por las noches un menú bajo en calorías. Ya no escuchas.

Me pregunto si esta piedra se formó al comprender que junto a ti soy la llama que ilumina a una bestia dormida, el profeta ante nuestro espejo destrozado que, a pesar de los amarres, anuncia que iremos en busca de otras islas y naufragios. Ya no hay pasión en la carne, sólo refulge el ígneo choque de nuestros egos, este ruido al entrechocar espadas en los atrios donde ahora me miras como un Otelo herido de muerte.

Opaca es la sonrisa que nos damos, el disimulo que cubre el tedio, la despedida que nos deja otra vez a solas, aunque ambos regresemos puntuales a las cinco a besar a nuestros hijos en la frente.

 

Foto 3: ¡Whisky!

Érase un pequeño anillo en el dedo, su recuerdo ambulante entre dos que ya se han ido.

Ahora mostramos los colmillos relucientes y desplegamos nuestras alas de vampiro…

pero no te aflijas, siempre podremos hacernos compañía.

Aún nos damos un beso en las mañanas y vamos al cine o a cenar de vez en cuando.

Ya no te pregunto por qué duermes siempre del mismo lado de la cama y me complace que tengas tu ropa en orden en el clóset. Gracias por no subir el volumen del televisor cuando comparto contigo la cama por las noches.

 

Lamento no escribirte ya ningún poema y confieso que me encanta esta pluma que deslizo y se desliza y va pasando como nube en cada palabra hasta alcanzarme. De algo me han de servir los versos que me quedan, pues aún tengo secretos donde humea la pólvora.

Tú sigue buscando debajo de todas esas faldas y esas blusas la que he sido,

yo sé que nunca hallarás a la gitana de estas letras.

(no es para mí este oficio de sacar vísceras)

 

 ∴

 

Ayer corrí con la jauría
 

He oído, Dodo, que aquí caminan los muertos.

Cuando todo duerme, cuando piensas que todo quedó atrás, con el padre descalzo en su tumba y los parientes olvidados, ahora un estallido.

El animal rebota contra el suelo. El ruido de su caída nos alerta. Lo ha herido el gusano que lo consumía poco a poco desde dentro. Todos nos asomamos a su foso, allí yace el hombre tembloroso y sucio. Alguien le acerca un poco de agua. Es el mismo que ayer enterraba niños en los cuartos y los empotraba en las paredes. Nosotros recordamos su nombre en esta hora ennegrecida de nostalgias…aquellos días de malvas olorosas, nuestra hermandad de agua tibia y risas de naranja. Hay en sus ojos cierto tizne, residuos de una sombra larga en su consciencia, la mueca burlona que ya no hiere.

 

He sabido, Dodo, que así comenzó esta diáspora sanguínea.

La bestia saborea el aguijón del alcohol que adormece sus dolores. No le incomoda su cama de piedra ni la luz tintineante del pasillo. Nos mira sin mirar porque tiene la mirada rota del que busca un amor cualquiera que le limpie las babas mientras duerme. Escarbamos con delirio en su pecho tratando de encontrar un corazón humano. Pero no se halla lo que nunca se ha extraviado ni jamás nos ha pertenecido. Nos alcanza un dolor viejo, casi de ultratumba e intentamos desatar el nudo humedecido con gin-tonic y olvidar su peste horrible, tal vez remediar el mal ya hecho.

 

He visto, Dodo, en cada espejo un sueño que escapaba.

Lo dejamos agonizar en la penumbra. Lo cubrimos con ramas secas de bugambilias antes de contemplarlo morir poco a poco en su odio inútil. Nos maldijo en su delirio sin apuntar a nadie. Así comenzó a entrar el viento en la guarida y a perderse la simiente de sus huesos, de su carne triste. Aquí ya nadie reza, sólo murmuramos un conjuro misterioso para evitar que nos lastime el mismo retumbar en las entrañas. Habrá que continuar con el ritual de los abrazos y los días,… ¿cómo estás?, ¿cómo te ha ido?

En nuestros sueños sólo hay ruinas de un sendero de hierbas apagadas.

 

 ∴

Alexandra Botto. Monterrey, Nuevo León, México, 1964.Su obra literaria ha sido incluida en diferentes antologías de poesía y narrativa en España, Estados Unidos, Argentina y México. Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés, francés y rumano en diversas revistas literarias extranjeras. Ha publicado en periódicos nacionales y otros medios impresos y digitales. Fundadora del Proyecto Editorial Homo Scriptum. Ha publicado Días de Viento (Homo Scriptum, 2007), Todos mis héroes (Homo Scriptum, 2012), y varias plaquettes editadas en México y Estados Unidos.

Mención de honor en Poesía de la Fundació para las Artes de Tepic, Nayarit, 1992 y el segundo lugar del concurso de cuento de La Rocka, Monterrey, N.L., 2005. Tiene en proceso de edición Memoriave, una compilación de los mejores poemas en prosa y otros poemas favoritos de la autora.

 

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