Norma: sacerdotisa apasionada

León Leiva Gallardo Publicado 2017-02-01 06:42:23


Sondra Radvanovsky en Norma. Foto: Cory Weaver

Menguan las luces y desde un principio las primeras frases melódicas de la obertura incursionan con llamados de alerta, exclamaciones reiterativas y trepidantes que nos dan un indicio del ambiente trágico que está por desencadenarse. Los celtas, conquistados por los romanos, están en pos de guerra y necesitan de la sapiencia y de las adivinaciones de Norma, la suma sacerdotisa. La introducción musical a este drama es marcial, mas luego oscila con sucesivos aligeramientos melódicos típicos del lirismo italiano. Magnífico preludio de Vicenzo Bellini que de inmediato nos interna en el drama lírico de dimensiones trágicas que habría de impresionar hasta al exigente Richard Wagner. Norma es una de las obras cumbres del bel canto y sin duda la que eternizó a Vicenzo Bellini.

Estamos en el periodo romántico cuando las artes exploraban tiempos y lugares antiguos y exóticos. Y la ópera siempre nos sorprende al evocar las vicisitudes de civilizaciones antiguas con sus costumbres arcanas, como son las de los celtas de la antigua Galia. Según las nociones de Felice Romani quien escribió el libreto, la vida de estos celtas era regida por los druidas, clase sacerdotal de adivinadores que acudían a las revelaciones de la naturaleza para guiar importantes decisiones. Esta producción de Norma, nueva para el Lyric Opera de Chicago, ambienta la trama a la entrada del templo de los druidas, donde por el portón principal divisamos el bosque y el resplandor de la Diosa Luna. Con motivos druidas (o de pronto matizados cual druidas), como la efigie del toro y otras imágenes taurinas, el muérdago del roble y la hoz, vivenciamos el ritual de la suma sacerdotisa quien tiene que dar la orden para atacar a los romanos.

Estamos en el año 51 a.C. Los celtas se ven oprimidos y se preparan para defender su soberanía. Una lectura, de varias posibles, de este drama tan interesante, y la manera como yo gloso la experiencia estética, es procurar el tema atemporal de la reinvindicación de la soberanía de los pueblos conquistados, tema universal y harto tocante a nuestro tiempo cuando por fin se ha develado la verdadera cara imperial del mundo en el que vivimos. Las obras literarias, como Norma, o el infanticidio de Alexandre Soumet en la que se basó Felice Romani para escribir el libreto de la ópera, entraman tanto la historia como la intra-historia, enriqueciendo la experiencia humana contextual y formalmente. En el caso de Norma, resulta ser escisión fatal pues se ve en un momento sumamente crítico entre su vida y la de su pueblo. Tiene que decidir entre el amor por Polión, el procónsul romano y la liberación de su pueblo. Su pena, el sentimiento de culpa y la terrible realidad de tener dos hijas (en secreto) con Polión, le parten el alma y la llevan a extremos insólitos. Al saber que Polión está por regresar a Roma y devastada también por haberse enterado de que está enamorado de Adalgisa, una joven sacerdotisa, en un momento de demencia pasional, para salvarles de sufrir un vida de esclavitud entre los romanos, trata de matar a sus dos hijas.

Este atentado infanticida, que resulta no ser central en el libreto de Felice Romani, nos remite a explorar casos históricos o míticos de cómo las circunstancias interceden con los valores más profundos, los tabúes. En las literaturas universales sobran instancias. Medea o Abraham se vienen a colación de inmediato. Por extensión, el sacrificio de los hijos encuentra su mayor expresión en la versión canonizada de la muerte de Jesucristo. Aunque rara vez dilucidada, su muerte es relevante porque sirve de precedente para comprender la conciencia inexorable de Dios y cómo ésta sigue presente como memoria inconsciente colectiva. La omnisciencia y la omnipotencia de Dios no lo exenta de haber, de hecho, cometido el magno sacrificio de su hijo. El infanticidio entonces no es tan insólito a nuestro potencial humano, a nuestra capacidad y relatividad moral. ¿Exenta esto a Norma de culpa? Cada quien hará de juez al presenciar la ópera. Norma recibe absolución poética (trágica) y, como veremos, justicia poética, ya que al final se sacrifica por medio de la inmolación ritual de los druidas.

Es por su nobleza, la capacidad de encarnar una ética que va más allá de los valores moralistas, que Norma cobra una dimensión heroica y trágica. El fatalismo de este drama se ve polarizado por actos nobles y deleznables. La joven Adalgisa cede su amor por Polión al darse cuenta de la peripecia de Norma y trata de reunirlos. Pero Polión clama amar a la joven sacerdotisa. Todo esto transcurre mientras Oroveso, el padre de Norma y el pueblo celta esperan ansiosamente la adivinación de la Suma Sacerdotisa para proceder a rebelarse contra los romanos.

La Lyric Opera de Chicago de nuevo nos impacta con otra obra de mujeres extraordinarias, y para ellas se necesitan voces, actores y actrices extraordinarios. La soprano Sondra Radvanovsky emprende esta caracterización con la energía necesaria. Su presencia, desde que entra al escenario, es verdaderamente vivificante, aunque a veces se extralimita en sus movimientos. Algo que también noté en la soprano Elizabeth DeShong (Adalgisa), quien en varias ocasiones se doblaba, inclinándose, para resolver frases vocalizadas. Sabemos de las exigencias de Norma, alto lirismo con coloraturas y a la vez partes dramáticas, pero me pareció que el tenor Russell Thomas (Polión) y DeShong pudieron haber procurado más recato, el control recomendado, para que la ejecución no pareciera un arrebato. Lo mismo, hasta cierta medida, habría sido oportuno de parte de Sondra Radvanovsky. Los precedentes nos dan las pautas. Una de las carácterísticas de María Callas era su capacidad de expresión emotiva por medio del recato (corporal), aunque su voz en sí la liberaba de restricciones. Lo más difícil es quizá lograrlo con la voz, expresar la tensión del momento dramático no extenuándose, sino modulando la vocalización. Es por esta razón que no me impresionó mucho el tenor Russel Thomas. Hiperenergético en sus movimientos, impostaba la voz, gutural, voz ingolata como dirían los italianos, y por lo tanto le restaba el lirismo y la belleza conocida del tenor spinto. Sucede que Norma es una de las óperas emblemáticas del bel canto, y uno de los ingredientes esperados en el repertorio es el manejo virtuoso de la voz en su expresión más álgida. Una de las maravillas de la escuela del canto italiano es la capacidad de ser dulce y a la vez dramático. Quizá es injusta la comparación, pero sucede que los precedentes, especialmente para Norma, son superlativos. Joan Sutherland, “La Stupenda”, con su técnica impecable de vocalizar como nadie; María Callas, quien dramatizaba y humanizaba la voz hasta el punto de vibrarla, como en el llanto. Por otra parte, magníficos tenores como el tenor spinto Franco Corelli y el dramático Mario del Monaco, ambos grandes, de suma voz de pecho, sin embargo capaces de realizar los manejos lírico-melódicos del bel canto. Mérito de Sondra Radvanovsky, comparo la expresividad de su voz a la de Maria Callas. Esto implica una ejecución más natural, casi a toda voz. Su actuación, no obstante algo desmesurada, fue impresionante. (Plena de emoción, lamentablemente advertí que se le quebró la voz en dos ocasiones.)

No acaba el entusiasmo de la noche en la Civic Opera House de Chicago. Los celtas están en pie de guerra y necesitan de un coro de hombres. Magnífica la labor del maestro Michael Black. Hubo un momento en que el coro completo se dirigió al público, haciéndonos partícipes del apoderamiento necesario para liberarnos. Esta producción cuenta con el diseño de David Korins, el diseñador de Hamilton y con la dirección de Kevin Newberry, quien reconoce (en la entrevista del Lyric) que se atrevió a actualizar la obra con un look de las series televisivas como Game of Thrones.

Norma y los druidas siguen en pie en el Lyric Opera de Chicago.

Norma en el Lyric Opera of Chicago

 

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León Leiva Gallardo Escritor hondureño radicado en Chicago. Autor de las novelas Guadalajara de noche (Tusquets Editores, 2006) y La casa del cementerio (Tusquets Editores, 2008); de los poemarios Palabras al acecho en la coedición Cuatro poetas latinoamericanos en Chicago (Vocesueltas, 2008), Tríptico: Tres lustros de poesía (MediaIsla Editores, 2015) y Breviario (Ediciones Estampa, 2015). Recientemente fue publicado en la antología Voces de América Latina (MediaIsla Editores, 2016).

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