La noche de Poseidón

Raúl Dorantes Publicado 2017-08-06 08:35:15

 

Imaginarse viviendo en ese frasco a medio llenar. El agua adquiriendo densidad ante el grosor del vidrio y cada pececillo mono discurriendo alrededor, en una danza, mientras mi ojo los mira, sin mojarse, desde este lado, junto a la lámpara. ¿Por qué es verdosa y no azul el agua, azul como mi ojo o el mar océano? Desde el frasco miro este rostro, el ventanal apacible, la nieve cayendo incesantemente. La Cullerton está vacía de autos y peatones, tan sólo la nieve, y yo aquí pasando las horas frente a estas criaturas del Señor.

Esta etapa dio inicio hace dos semanas, cuando a Yosvana la atrapó una fotografía del National Geographic. Me vino con la noticia de que nacer era tan fácil para los pececillos mono, nomás había que enviar un cheque de diez dólares. Eso hicimos, y a vuelta de correo el sobre de la tienda PetSmart con un polvo rosa en su interior y otro sobre con químicos para tratar el agua. Buscamos un frasco y en el refri encontramos el de la mayonesa casi vacío. Lo llenamos de agua salinizada y segundos más tarde el polvo resucitó en una rápida eclosión. Los pececillos mono eran la otra cara del “polvo eres y en polvo te convertirás”. Al nacer fueron un punto y para verlos precisábamos de una lupa. A los dos días ya nadaban en zigzag, uno tras otro, en este universo limitado por la base circular del frasco, un cilindro faldón, sin cuello y en la parte superior una tapa con hoyitos improvisados que distorsionaban la marca Hellmann’s. Conforme pasaron los días, ese punto se volvió coma y después la coma una especie de paréntesis. ¿Cuál era la clave para que la danza de los pececillos no se detuviera? ¿Jugaríamos Yosvana y yo el mismo juego del creador omnipotente y cruel realizado meses atrás con nuestra pequeña boa?

A la serpiente la habíamos adquirido personalmente, con pago en efectivo, en el Animal Store de la calle Canal: una cría de pie y medio que reptaba a lo largo de la caja de vidrio y que cada tercer jueves se tragaba un ratoncito en partes. La vimos dar sus “primeros pasos”, y nos sirvió de bufanda y reliquia viva. Era entonces un juego de tres seres desnudos e inocentes. Pero tan pronto como Yosvana y yo comenzamos a jugar al Génesis, con las debidas leyes y sentencias, la colgamos de un brazo del ficus y la expusimos a la luz de esa bombilla que hace las veces de Dios. Su jardín del Edén fue la maceta; en ocasiones trepaba hasta la hoja mayor y en otras se arrastraban por la tierra, buscando un hoyo, alejándose con miedo de la bombilla. Recorríamos su cuerpo con las yemas y una tarde de octubre, mientras yo buscaba en el refri su comida, la boa de cola roja con un bisbiseo tentó a Yosvana. Del susto nos vestimos y arrodillamos. Pero la boa no reaccionó a nuestros rezos. Acaso como trinchera, acercamos la bombilla y cantamos a viva voz un salmo: “Sobre el león y la serpiente pisarás”. Nuestra mascota fue pisada por dos ángeles. Ese día dejó de buscar el agua y se fue enroscando en el borde de la maceta.

―Mucha crueldad ―nos dijo la maestra del Sunday school.

En el National Geographic se afirmaba que hasta un niño podía encargarse de la crianza y del cuidado de los pececillos mono. Para oxigenarlos sólo había que remover regularmente las treinta onzas de agua con una cucharita. Algunos se tomarían su tiempo para nadar con libertad mientras las gotas se quedaban pegadas en la tapa del frasco. Esta mañana, fastidiado ante la tele, recortaba decenas de cupones al tiempo que Yosvana seguía con su cara de ensueño observando a los pececillos que preferían reposar en los asientos del frasco. Ya vendría el momento de soltar una nueva ración de comida y considerar la compra de un filtro de carbón. A mi hermana le disgustaba el término “pececillos”, pues según la famosa revista, más que peces, los Sea Monkeys pertenecían a la familia de las langostas y los camarones, eran crustáceos del orden de los decápodos, es decir, tenían patas y no aletas y sus ojillos estaban tan próximos que al mirarlos sin lupa se volvían uno solo. ¿Qué tal “cíclopes acuáticos”?

Vino la época de las tortugas y fue más o menos lo mismo que con la boa. Comían su lechuga debajo del sofá, y con esa parsimonia de espíritu viejo, encontraban la tinaja de agua junto a una pata del escritorio. Hasta que Yosvana, en medio del aburrimiento, volvió a su propuesta de jugar al creador: “el Génesis tiene que persistir”. Abrimos la ducha de la bañera, la pareja de tortugas naufragó en una cazuela y nosotros nos empapamos. Ya pasado el Diluvio, las trajimos a la sala y les pusimos un nombre. En el perchero colgamos la bombilla divina y a ellas las pusimos boca arriba. Se columpiaron varias horas sobre sus caparazones, tratando de ponerse en cuatro patas, sacando en exceso la cabeza, hasta que mi mamá nos ordenó ir a la cama. Las buscamos al amanecer, pero nuestras tortugas se habían extraviado para siempre en algún recoveco de la sala.

―La historia del arca es muy distinta ―nos aclaró la maestra.

Hoy continuó la gran nevada, cinco pulgadas de acumulación por hora. En la mesita de centro organizaba los cupones de acuerdo con el tipo de producto y la fecha de vencimiento: vitaminas, arena de mar y un declorificador. Era el mediodía cuando Yosvana no quiso mirar más a los pececillos y se puso deprisa la chaqueta y el gorro. Le pedí que no saliera, que en el warning de la tele acababan de anunciar que se esperaba otro pie de nieve y ráfagas violentas. Que las escuelas seguirían cerradas hasta nuevo aviso. Yosvana sólo me pidió el cupón rectangular; iba al Animal Store a comprar una pecera de marca registrada.

—¡No vaya a ser que las cositas verdes sean salmonela!

Tras el portazo, miré la bombilla encendida y, curioso de la luz, vine al frasco a mirar los pececillos. Uno de ellos me detuvo, su ojo era azul y también había encontrado la quietud, como si sólo en el reposo estuviésemos a salvo. Aquí estoy todavía, con mi prójimo acuático, y a ése hay que amarlo como a uno mismo. Veo el vidrio, que refleja un ojo, mi iris, las pestañas rectas y enseguida el agua.

—Se portan bien o acabarán en el hoyo del fregadero —les digo en broma a los pececillos.

Pasan los minutos y mi ojo sigue mirando. Entiendo ahora la simbiosis del frasco y el agua. Al llenarlo, el frasco dejó de estar deshabitado, y el agua adquirió la forma de un cilindro bombacho. Y en esta unidad de contenido y continente discurre la vida, dos minutos, diez minutos mirando el ojo de cada pececillo y luego volteando para ver el asombro del mío.

La oscuridad es prematura debido a la nevada. Según el warning, la nieve ha alcanzado los tres pies. Mi ojo mira los glóbulos verdosos, en el fondo del frasco un pececillo mono persigue a otro, en medio los más ufanos y al ras de la superficie los adultos trazan una órbita y se quedan flotando en el borde de cristal. Recuerdo un poema de Machado que nos hizo memorizar el profe de literatura: El ojo que ves no es/ ojo porque tú lo veas,/ es ojo porque te ve. En la Cullerton quizás se desvanezcan los esfuerzos de las palas y los autos; aquí en lo íntimo del frasco se abre el murmullo del mar y el ascenso de cientos de burbujas. Del otro lado, ya distante, la maravilla del ojo humano, un mirar sin pensamientos, el iris azul dejándose mirar por todos.

Y de nuevo un portazo. Yosvana, sacudiéndose los copos, apaga la tele y me dice que hubiese sido imposible cargar la pecera entre tanta nieve; que sin embargo compró una manzana acaramelada y un par de Triops.

—¿Triops? —y escucho el timbre de mi voz, evaporándose, como el último miligramo de un hielo. He dejado de ser un pececillo más y otra vez son míos los pensamientos. Estoy aquí, con Yosvana, sin prestar mis palabras y sin danzar en los mares circulares de ese acuario. Yosvana me da un golpecito en la frente y desenvuelve la manzana: “No comeréis de ningún árbol del huerto”. Y sin decir amén, pone el fruto en medio y lo comemos, ella de un lado y yo del otro, ambos evocando otro versículo del Génesis, primero el caramelo y las nueces, luego la carne rosada, hasta llegar a las semillas, al palito de madera y por fin a nuestros labios.

―Adán, Adán…

Yosvana se separa dando un salto, maldiciendo la manzana y acercando la bombilla. Luego, limpiándose los labios, me muestra con orgullo un contenedor en el que nadan amenazantes dos criaturas.

—Triops —anuncia ella— son los depredadores naturales de los pececillos mono, parecen tener tres ojos y se les considera fósiles vivientes, muy adecuados para jugar al terrible Poseidón.

 

Raúl Dorantes. Llegó a Chicago a finales de 1986. Desde 1992 se ha dedicado a la publicación de revistas culturales: Fe de erratas, Zorros y erizos, Tropel, Contratiempo El BeiSMan. En la actualidad es director del Colectivo El Pozo y es autor de la novela De zorros y erizos.  Ars Communis Editorial publicó su colección de cuentos Bidrioz y recientemente publicó su segunda novela: El blues de Roma.

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