Mapping: la comunidad TransLatinx de Chicago

Fran Piña y Rocío Santos Publicado 2017-08-07 08:23:58


Ariann Manzanares durante la entrevista. Foto: El BeiSMan

Ariann Manzanares desde que tiene uso de razón nunca se asumió como gay. Más bien, siempre se sintió como una mujer. Le gustaban los niños cisgénero al cien por ciento y para ella ése era un indicador de ser mujer. Hace una pausa, respira profundo y con soltura de socióloga asegura:  “mientras crecía nunca escuché hablar de conceptos como transexualidad ni trasexualismo”. Hoy sabe que es una mujer transgénero. Y a pesar de los golpes de la vida, emana esperanza. Manzanares también es una mujer inmigrante y forma parte de esa estadística brumosa que conforman los 904 mil adultos inmigrantes de la comunidad LGBTQ viviendo en Estados Unidos.

Ella reside en Chicago. Trabaja en la industria de la construcción y después de una década laborando para el mismo patrón finalmente ha logrado su independencia. Montó una compañía modesta pintando casas. Le ha encontrado el sabor al trabajo de pico, pala y brocha gorda. Es detallista y siempre le echa unos kilos extras a cualquier jale que le encomiendan; tiene el hábito de caminar “the extra mile”.

La industria de la construcción es un mundo atestado de testosterona y a ella —como mujer transgénero— le ha tocado lidiar con miradas libidinosas, acoso, estereotipos y gestos viles del patriarcado. Sin embargo, al trabajar en dicha industria, también ha tenido la oportunidad de iniciar un diálogo y despejarle dudas a sus colegas curiosos sobre la transexualidad. Pero antes de encontrar un nicho laboral en la construcción, Manzanares primero encontró amparo en La Cueva Night Club cuando estaba recién emigrada.

Ese club se encuentra en el barrio mexicano de La Villita en Chicago y se ha convertido en una especie de meca para la comunidad LGBTQ. La Cueva es el bar drag latino más antiguo de Estados Unidos y durante 30 años ha sido un paraíso para iniciarse en el ambiente laboral, amoroso y de esparcimiento; pero ese paraíso no siempre fue la gloria. Más bien, para llegar al cielo hay que pasar primero una temporada en el purgatorio. Antes de convertirse en cueva, primero se llamó El Infierno hasta que las llamas de un incendio accidental lo consumieron. Ya en La Cueva, Manzanares emprendió la transición de una persona andrógina a la mujer que es hoy día.

Había llegado a Chicago hecha un nudo de frustraciones y con los ojos brillosos dispuesta a empezar de nuevo. Había cruzado la frontera muy arregladita y a la moda. Vestía jeans “acampanados y una camiseta unisex bien jota”. Era el 2004.

En México el gobierno del cambio del panista Vicente Fox resultó ser peor que el de la “dictadura perfecta” del PRI. Manzanares había concluido sus estudios en sociología durante el sexenio de la transición. Al hacerlo, decidió ir a buscar trabajo y al ver que su identidad de género no concordaba con lo que establecían la norma que decía que ella era un hombre, las puertas se le cerraron. Claramente no encontró trabajo de socióloga ni de docente. Ante la ausencia de oportunidades laborales donde aceptaran su identidad de género, decidió migrar a Estados Unidos para “realizarme como ser humano. Quería llegar a ser alguien más que una cultora de belleza, una showgirl o una trabajadora sexual”; trabajos a las que son marginadas las mujeres transgénero en México, Estados Unidos y una gran parte del mundo. En la actualidad, 79 países tienen leyes que criminalizan a la comunidad LGBTQ por ser quien es y otros 10 países tienen pena de muerte para quien cometa actos considerados “homosexuales”. Así nomás está de vintage la condición humana en el siglo XXI y en lugar de avanzar pareciera que existe un retroceso, pero que sea Manzanares quien lo exteriorice:

De regreso a la frontera México y Estados Unidos, Manzanares cruzó el puente escondida en un 18 wheleer. Ni la cobija ni las campanas de los jeans fueron suficientes para cubrirle los pies y quedó al descubierto cuando el agente fronterizo revisó la cabina del camión. Al sentirse descubierta se alteró, pero el agente se hizo de la vista gorda y guardó silencio. El 18 wheleer  retomó la carretera con otros once inmigrantes ensardinados en la cabina del chofer. Días más tarde llegó a Chicago. Ya en La Cueva le entró a trabajar de hostess y de mesera, de busgurl y con el paso de los días comenzó a sumarse al coro de las chicas que hacían el drag show. No es que hubiera escalado apresuradamente de posición en posición sino que ahí tenía que hacer de todo para sobrevivir, incluso a las chicas también les tocaba bajar las sillas de las mesas, volver a limpiar las mesas, barrer los pisos, tallar los baños y pulir los espejos de los camerinos si llegaban tarde. Su jornada laboral llegaba a pasar de diez horas en tacones y cortísima minifalda a cambio de veinte dólares la noche. Eso sí, el día menos esperado se animó y se montó al entablado y empezó a imitar a Mónica Naranjo. Unos dólares extras no le caían mal.

Las propinas motivaban la espera y la esperanza para reconstruir el cuerpo que ansiaba. Pero antes que moldear su cuerpo, su primer compromiso era con su madre. Le mandaba una remesa semanal de trecientos a mil dólares. “Trabajé así porque mi objetivo, antes que yo, era ayudar a mi familia en México; sobre todo, a mi madre y a mi hermana, y comprar una casa para no andar de arrimados… Cosa que mi papá siempre nos tuvo así”. De ahí que además de ser todóloga en La Cueva entró a trabajar en la construcción por las mañanas. El título de socióloga lo dejó colgado en alguna pared y con una mano agarró la charola y con la otra, la brocha. Así Manzanares se fue apartando de la sociología por más de una década y se fue convirtiendo en la mesera más instruida de La Cueva y en la pintura dejó de ser aprendiz para alcanzar la maestría en el oficio de la brocha gorda.

A partir de unos cuantos brochazos biográficos de Manzanares, el lector bien se podría imaginar un capítulo más de la Rosa de Guadalupe. Pero la realidad es más cruda que la ficción de las telenovelas. Las vejaciones y el drama que enfrenta la persona transexual es devastadora, especialmente las de un estrato social de pobreza extrema. Las estadísticas que existen en torno a la problemática que encara la persona trans son casi inexistentes. A esta comunidad se le ha relegado tanto en las instituciones legales como religiosas y sociales. Incluso, dentro de la agrupación de consonantes LGBTQ se le ha marginalizado y la visibilidad y popularidad que han logrado algunas cuantas como Caitlyn Jenner, no ha sido suficiente y muchas veces se construye un concepto erróneo a partir de un mensaje edificado a partir de la clase y la raza. La particularidad de una minoría privilegiada no se aplica a la hija de la señora López del barrio Back of the Yards. La condición social de una mujer trans de color es muy distinta a la de una mujer trans blanca de clase media, como señala Jaqueline Rose en el magnífico ensayo Who do you think you are? publicado en London Review of Books: “es Laverne Cox, actriz de Orange Is the New Black, quien se ha tomado a pecho lo que significa ser una mujer afroamericana, encarcelada y transexual”.

El breve perfil de Manzanares hasta cierto punto ilustra el rostro de los números y conclusiones de la encuesta que realizó el National Center for Transgender Equality en el 2015 en el cual se le preguntó a 27,715 participantes mayores de 18 años sobre los desafíos que enfrenta la comunidad transexual en Estados Unidos. Las siguientes son las conclusiones principales del Resumen Ejecutivo:

  1. maltrato y violencia generalizada,
  2. dificultad económica severa e inestabilidad,
  3. efectos dañinos sobre la salud física y mental y
  4. el impacto conjunto de distintas formas de discriminación.              

La mujer transgénero que pasa de los 35 años de vida se convierte en sobreviviente. Y es que en Latinoamérica 35 años es la edad promedio de una mujer trans y en Estados Unidos la edad promedio de una mujer trans afroamericana es de 34 años. Con un promedio de vida tan corto, ¿en qué momento comienza a madurar una mujer trans? ¿Con el primer acto de violencia?¿Cuando la sociedad la despoja de su derecho a ser ella misma? ¿Cuando el Estado le niega sus derechos? ¿Cuando la familia la expulsa de su seno? ¿Cuándo la iglesia la condena? ¿Cuando el sistema escolar le niega el acceso a sus aulas? ¿Cuando la oferta laboral no la toma en cuenta? ¿Cuándo el sistema de salud le niega servicios médicos? ¿Cuándo le hacen el primer bulling? ¿Cuando se le margina de un sexo y de otro? ¿Cuándo se le invisibiliza? Y es que desde la perspectiva de Manzanares, la mujer trans además de ser violentada, no existe:

Por su parte, Tania Córdova se ha convertido en una voz visible de la comunidad trans en Chicago. Es activista transgénero. Forma parte de la Coalición por los Derechos de los Inmigrantes LGBTQ y asimismo es parte de la Coalición Translatin@. Con la experiencia propia que ha ido adquiriendo y el de la comunidad trans se ha convertido en educadora y defensora de los derechos humanos de la comunidad trans. Llegó al activismo a partir de su experiencia y en la actualidad trabaja como coordinadora de la oficina de Cicero Prompt Care and Family Exercises y para el Illinois Department of Public Services donde se provee asistencia personal a individuos con HIV.

En un panel que se realizó el 25 de mayo como parte de la serie Open Table patrocinada por el Chicago Community Trust, Córdova puntualizó a través de su experiencia las dificultades en el mercado laboral para la mujer trans en Chicago. Córdova comparte su experiencia al respecto:

De la encuesta que realizó el Nacional Center for Transgender Equality las conclusiones en torno al trabajo entre la comunidad transgénero en Estados Unidos son impresionantes por lo elevadas y por la indiferencia del Estado y la la sociedad para minimizarlas. Por ejemplo, “casi la tercera parte de los encuestados (29%) estaban viviendo en la pobreza, más de dos veces mayor que el índice para la población estadounidense (14%)”. Asimismo:

  • Uno de cada seis (16%) participantes aceptó que en algún momento han sido empleados —o el 13% de todos los participantes en la muestra— dijeron que habían perdido un trabajo debido a su identidad o expresión de género en algún momento de sus vidas.
  • El 27% de los que tenían trabajo o solicitaron trabajo durante el último año —el 19% de todos los participantes— dijeron que fueron despedidos, se les negó una promoción, o no fueron contratados para el trabajo que solicitaron debido a su identidad o expresión de género.
  • El 15 por ciento de los participantes que tuvieron trabajo durante el último año fueron acosados verbalmente, atacados físicamente, o asaltados sexualmente en el trabajo debido a su identidad o expresión de género.
  • Más de tres cuartos (77%) tomaron medidas para evitar el maltrato en el trabajo, como aplazando u ocultando su transición de género o simplemente abandonaron el empleo.
  • Los participantes registraron alta incidencia de experiencia en la economía informal, incluyendo el trabajo sexual, venta de drogas, y otros trabajos que son criminalizados. Uno de cada cinco (20%) han participado en la economía informal para ganar dinero en algún momento de sus vidas. 

Por otra parte, un estudio más modesto de 2013, TransVisible: Transgender Latina Immigrants in U.S. Society, realizado a través de 101 cuestionarios con mujeres trans llega a la conclusión de que “57 por ciento de los participantes aceptó que era ‘muy difícil’ tener acceso a empleos estables y bien pagados”.

Las encuestas son tan sólo un indicador de una realidad casi invisible, pero real y palpable. La comunidad de mujeres trans latinas en Chicago luchan por salir de las sombras e insertarse en la sociedad como personas en su totalidad. Una playera de la activista trans Jennicet Rodríguez ilustra  mejor ese sentir: “Mi existir es resistir”. Sin embargo, esta comunidad no sólo resiste sino que desde tiempos inmemoriales que la persona transexual ha estado en este mundo, ha tenido que ir creando narrativas paralelas a los distintos sistemas operantes. Para existir han ido creando modelos creativos de sobrevivencia y en gran medida están proponiendo narrativas de autosuficiencia alternativas e incluyentes. Escuchemos, por ejemplo, a Reyna Ortiz: 

 Conocí a Reyna Ortiz en un evento organizado por Vives Q en el verano de 2016. Ortiz es una mujer transgénero de carácter fuerte, curtido por los ramalazos de la vida. Sin embargo, su sonrisa es toda luz. Es compasiva y ante las injusticias no guarda silencio. Sus comentarios en las redes sociales son agudos y certeros. Ortiz se autodefine como una “mujer, que lleva viviendo 20 años como mujer trans. Mi experiencia de mujer trans que creció en un ambiente urbano me ha brindado la posibilidad de comprender las necesidades de mi comunidad. Una de mis pasiones es informarle a toda mujer trans sobre los recursos disponibles para hacer de nuestras vidas y transición un proceso más fácil. Me interesa conectar con mi comunidad a un nivel más profundo y personal con la intensión de unificar y construir una comunidad trans poderosa”.

Por un lado, el estado de salud es uno de los talones de Aquiles que padece la comunidad trans. Y de igual manera que no es lo mismo el acceso a la salud de una persona trans blanca de clase media que para una persona trans de color. Tampoco es lo mismo para una persona que vive en las zonas rurales de Estados Unidos que para la que vive en las grandes urbes. En Chicago, por ejemplo, el principal problema como lo comenta Reyna Ortiz es que el sistema de salud está diseñado a partir del sistema binario hombre/mujer; por lo tanto aunque haya recursos, la persona trans debe rebuscar y hurgar hasta encontrarlos. Ortiz lo sintetiza de esta manera: “No es una cuestión de los recursos disponibles; los recursos están ahí. Uno de los problemas que encaramos las personas trans es que vivimos bajo un sistema binario. Los recursos están ahí, pero tenemos que navegar en el sistema para encontrarlos y a la vez tenemos que pasar por las distintas etapas de complicaciones y discriminación que debemos enfrentar al intentar tener acceso a dichos recursos”.

Así que además de aprender a sobrevivir en un sistema binario excluyente, la persona trans tiene que lidiar con los efectos de su salud física y mental. Por ejemplo el estudio del National Center for Transgender Equality sostiene que los resultados entre los encuestados:

presentan una imagen inquietante del impacto del estigma y la discriminación sobre la salud de muchas de las personas trans. Un asombroso 39% de los participantes sufrieron grave malestar psicológico durante el mes previo a la encuesta, en comparación con solo el 5% de la población estadounidense. Entre los resultados más severos es que el 40% de todos los participantes han intentado suicidarse durante su vida – casi nueve veces más que el índice de intento de suicidio de la población estadounidense (4.6%).

Los participantes también encontraron altos niveles de maltrato al buscar atención médica. Durante el año previo a la encuesta, la tercera parte (33%) de los que fueron a un proveedor de servicios de salud tuvieron por lo menos una experiencia negativa relacionado con ser trans, como por ejemplo, acoso verbal o el negarle tratamiento debido a su identidad de género. Además, casi la cuarta parte (23%) de los participantes dijeron que no buscaron la atención médica que necesitaban durante el año previo a la encuesta por temor al maltrato por ser persona trans, y el 33% no fueron al médico cuando lo necesitaban porque no alcanzaban a pagar.

A pesar de los impedimentos institucionales y sociales, la comunidad trans de Chicago lleva ya dos décadas escribiendo una narrativa diferente e inclusiva. Los tiempos van cambiando para las nuevas generaciones. La comunidad trans ha comenzado a cruzar el crepúsculo y un puñado de mujeres trans activistas están marcando la pauta: Reyna Ortiz, Maritza Vidal, Tania Victoria, Karari Olvera, Adriana Galván y Ariann Manzanares, entre muchas otras. Ya son dos generaciones de mujeres translatinx que porque creen que es posible han ido construyendo un mundo mejor. Reyna Ortiz comienza a delinear un futuro inmediato para la comunidad trans y su optimismo siembra de esperanza a través de la unidad:

 

Hoy en día, el gusanito de la sociología ha regresado a Manzanares. Mientras echa a andar su negocio en forma, ha desempolvado sus libros y ha vuelto su mirada a su vida y a la vida de otras compañeras trans. Ve el estado social y político donde se encuentran y la pluma se está convirtiendo en otra de sus herramientas de trabajo. No ha dejado de trabajar con la brocha, más bien ahora la complementa con la reflexión y el análisis. Me comenta que siempre ha creído en la educación como un instrumento liberador. Hace unos días me mandó una máxima que la mueve: “La violencia acaba cuando la educación empieza”. Para ella la educación es el cimiento para que exista comprensión en una sociedad y llegue a ser en verdad humana. Como bien lo menciona Manzanares, si la transexualidad se enseñara desde los primeros años de escolaridad, estas pláticas, encuestas y artículos no serían necesarios:

Rocío Santos. Productora, conductora y disc jockey en Vocalo 91.1FM (Chicago Public Media). Los miércoles cede al rock’n’rol en WLUW Rock Sin Anestesia 88.7FM. Es fundadora y directora de Repensar Films.

Fran Piña ha sido cofundador de varias revistas literarias en Chicago: Fe de erratas, zorros y erizos, Tropel Contratiempo. Es coautor del libro Rudy Lozano: His Life, His People (1991). Un cuento de Piña fue publicado en la antología Se habla español: Voces latinas en USA (2000) y Voces en el viento: Nuevas ficciones desde Chicago (1999). Es editor de los catálogos de arte: Marcos Raya: Fetishizing the Imaginary (2004), The Art of Gabriel Villa (2007), René Arceo: Between the Instinctive and the Rational (2010), Alfonso Piloto Nieves Ruiz: Sculpture (2014), Barberena: Master Prints (2016) y Raya: The Fetish of Pain (2017). Piña es director editorial de El BeiSMan.

 

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