El húmedo musgo de lo oscuro

Alejandro Ferrer Publicado 2017-08-23 07:03:25

El próximo 19 de octubre Colectivo El Pozo estrenará la obra El edificio, que trata de las últimas cinco horas de vida de un complejo de viviendas ubicado en el norte de Chicago. Esta obra está basada en siete relatos de autores de la ciudad, escritos originalmente en español, inglés, polaco y árabe. El siguiente cuento, de Alejandro Ferrer, es parte de la trama de El edificio.

 

“—Que no existo, Liduvina, que no existo: que soy
un ente de ficción, como un personaje de novela…”
Augusto Pérez, Cap. XXXII
—Miguel de Unamuno, Niebla

Aquel hombre que cuelga de la viga con la muerte pegada a la garganta, no merece mejor destino. Está ahí porque, como bien dicen, cada quien cosecha lo que siembra. Por mi parte, no siento remordimiento ni espanto al verle ese trozo de lengua cayéndosele por la boca. Es más, si ahora el viento se filtrara silbando por las rendijas del galpón y lo meciera haciendo chirriar la cuerda, allá él.

A su tiempo, quienes se interesen por el caso determinarán si tuve alguna otra alternativa que no fuese la de eliminarlo. Me limito a decir que si aquélla hubiese no hubiera dudado en explorarla, porque no sea crea que me fue fácil matarlo: el individuo, como se verá, tuvo una relación muy cercana y especial conmigo, lo cual en absoluto facilitó el trágico desenlace. Quizás pocos creerán, teniendo en cuenta mi esmirriada contextura, que fui capaz de meterle un cabestro al cuello y luego tirar de él hasta apagarle la vida. En realidad, hasta a mí me cuesta creerlo; a veces pienso que, más que mis brazos, quien verdaderamente tiró de esa cuerda fue el odio que llegué a tenerle.

Se llamaba Amador Gallardo y era mi propia creación. Lo había construido pacientemente, línea a línea, a punta de tinta y pluma, agonizando en el intricado proceso de hacer creíble este ser irreal, este ente de ficción. Como consecuencia, puedo reclamar con absoluta propiedad su paternidad; asegurar que lo hice, aunque corra el riesgo de incurrir en exceso de vanidad; total, como dice el poeta Febronio, “la vanidad es lo único inmortal del ser humano”, y yo no soy una excepción.

Cuando Amador apareció por primera vez en mi casa, no era más que un pobre mequetrefe; lo que se dice, un don nadie que ni siquiera tenía nombre. Llegó muerto de hambre, sucio, con los zapatos rotos y, a pesar del crudo invierno, sin abrigo. Lo senté a mi mesa y pude observarle modales de pirata: eructaba, se limpiaba con la manga de la camisa y parecía chupar la comida en lugar de masticarla, produciendo ruidos desagradables; además, hablaba con la boca llena, exhibiendo los alimentos a medio triturar.

Su limitado vocabulario apenas le permitía expresarse en monosílabos; sin embargo, por compensación, sus silencios le daban una aureola de persona erudita, que yo sabía falsa. En todo caso, ¿qué otra alternativa tenía más que aceptarlo? Al fin y al cabo, bien es sabido que uno no elige lo que natura otorga. Aunque, en honor a la verdad, digamos que el hombre tenía marcado en su mirada el brillo de una inteligencia dormida. Y fue esa especie de luz la que logró encender en mí la esperanza de mejorarlo partiendo de la nada. Creí posible transformarlo en un personaje que estuviese a la altura de mis pretensiones literarias. Yo tenía cien historias que contar y Amador Gallardo otras tanta que vivir.

Comencé por mejorar sus maneras. Le escribía listas ridículas de modales, que de tanto releerlas aprendíamos de memoria. Al cabo de un tiempo, el individuo comía y actuaba con mayor discreción; no obstante, me consta que lo hacía, más que por hábito adquirido, porque recordaba las odiadas listas. Pero todo este aparentar, todo este delgado barniz de buena crianza, se descascarrillaba en cuanto Amador abría la boca. La vulgaridad de sus expresiones y la constante utilización de lugares comunes —reflejo evidente de su falta de ideas propias—, nos desviaban de la ruta por la cual debíamos caminar. Yo quería un poeta, alguien que pudiese enamorar con la palabra, y tenía al frente un tipo que sólo podía hablar en cantinas y burdeles.

Fue entonces cuando llegó el tiempo de leer sin descanso. Leer en la mañana y en la tarde; leer de sol a sol, disfrutando cada línea, cada intriga, cada historia. Los libros se nos derretían en las manos como si fuesen trozos de hielo y la magia del proceso nos iba llenando la casa de palabras. Se las podía ver sobre el escritorio, pegadas a las paredes, colgando de las cornisas, saltando en los pasillos y en la recámara. Como niños, comenzamos a inventar juegos en los cuales los vocablos competían en belleza: naufragio le ganaba a ocaso; pájaro y amapola valían lo mismo; higuera, viga y cuerda eran infaustas aliadas naturales. Hicimos listas de palabras buenas y malas y, por insinuación de Amador, llegamos a crear un diccionario sin más lógica de nuestro propio gusto, en el cual, húmedo, puñalada, rocío, cabizbajo y horizonte compartían la misma página únicamente por la sonoridad de sus sílabas y la fuerza de sus acentos.

Con estas prácticas infantiles, aunque saludables, ambos crecimos de tal manera, que un día, apoyado en la soberbia de mi ignorancia, decidí que mi personaje ya lo sabía todo y, con la misma exaltación con que habíamos leído y jugado, tomé la pluma y comencé a escribir la historia de amor y pasión más tierna de la cual se tenga memoria. Debía ser cristalina y sencilla como un vaso de agua: un hombre amaría a una mujer, sin imaginar que la fatalidad evitaría que este amor se concretase.

Mis páginas en blanco empezaron a llenarse de perfumes y metáforas que se paseaban con la frescura de sus significados por el espacio literario que yo estaba creando. Los adjetivos exactos, los silencios necesarios y las comparaciones ingeniosas, iban dando vida a oraciones y párrafos que parecían facilitar la existencia de Amador, el poeta enamorado. Por cierto, ése fue el instante irónico de su verdadero nacimiento y también de su triste destino: el pobre nacía para ser testigo de su propia destrucción.

Comenzó a recorrer los senderos de la ficción luchando por ganarse el amor de la mujer de mi historia. Nunca llegamos saber el nombre de ella, pero la belleza de sus ojos nos sorprendió de tal manera, que podríamos jurar haberle visto un jardín escondido en la mirada.

En su afán por conquistarla, Amador marcaba corazones en las cortezas de los árboles doblados por el viento, o escribía cartas apasionadas que enviaba con palomas mensajeras. A veces lograba acercarse tanto a ella, que quedaba impregnado del aroma de su cuerpo, pero por una razón u otra, la historia se desviaba interrumpiendo los encuentros. De tarde en tarde, se le podía escuchar la voz quebrada inundando el aire con poemas que se perdían en la inmensidad de su soledad. Se sentía atrapado en la penumbra; cautivo de aquella dulce carcelera que no permitía la luz en la oscuridad de su celda. Su vida se fue transformando, frase a frase, en un esperar nostálgico de respuestas que nunca llegaban, y cuanto más profunda se revelaba su pasión, más grande crecía su desaliento.

Contra mi voluntad, Amador se volvió agreste y taciturno. Sus largos silencios, que apenas disimulaban el odio de su mirada, me culpaban de su atormentada existencia. En cambio, aunque él no lo sabía, yo veía tanta humanidad en sus lamentos, que sufría viéndolo sufrir; no obstante, qué podía hacer yo por cambiar el curso de su destino: estaba decidido que ella jamás le respondiese.

Cuanto más lento avanzaba mi historia, más definitivo crecía su desprecio. Cada día iba comprobando cómo se distanciaba de mí; hasta que llegó el momento en que comenzó a desafiarme abiertamente: escribía mensaje conspirativos, poemas secretos que enviaba a mis espaldas y, lo más grave, realizaba visitas furtivas, sobre las cuales no quiero especular, que no estaban contempladas en la trama.

Me vi en la necesidad de hacer grandes esfuerzos por no perder el control de los acontecimientos, ya que no podía responsabilizarme por la calidad literaria de cosas que otros escribían. Yo estaba tan consciente del peligro que significaba escribir sobre un tema de amor, que no podía permitir que el sentimentalismo arrastrase mi historia por los rosados infiernos de la cursilería. Amador Gallardo, mi propia creación, que pretendía alas para echarse a volar libremente por las páginas de mi libro, parecía no poder aceptar que su vida literaria fuese más cruel que la realidad cotidiana de los seres de carne y hueso. Peor aún, no lograba entender que lejos del alcance de mi mano, al margen del papel y de la tinta, él no existía; no era real. Por lo tanto, sus sentimientos de odio, su rebelión innecesaria y sin sentido, no hacían otra cosa que dilatar el natural desenlace del drama que yo había planeado tan cuidadosamente.

Comencé a sentirme engañado y a perder la consideración que hasta ese momento le había demostrado. Como no podía aceptarle la traición y menos la ingratitud, sin pensarlo más, decidí poner las cosas en su lugar.

“Una noche de tormenta, con el viento y la nieve golpeando las ventanas, a esa hora en que la vida duerme y la muerte vela”, hice que mi historia llegase al instante álgido que yo tanto había postergado: “la mujer amada, consumida por fiebres exóticas, carente ya de fuerzas, dejó caer sobre su pecho el poema más hermoso escrito con la letra temblorosa de Amador y, mirando con dignidad su último aliento, sintió que en él se escapaba su existencia. Quedó sobre la cama con el rostro enlozado, la mirada inerte y su bellísimo pelo negro extendido sobre la almohada”.

Me acerqué con respeto a cerrarle los ojos y entonces vi aquellos versos desconocidos para mí, que descansaban sobre su cuerpo, y que se me ofrecieron como trágico testimonio de un amor que no pudo ser:

“Carcelera:
Desde el húmedo musgo de lo oscuro
Que florece a la sombra de tu cuerpo
Adivino el rocío de tus labios
Y me rindo a la ternura de tus besos”.

Volví a mi habitación abrumado por el peso de mi conciencia. La serenidad y, por sobre todo, la dignidad postrera con que aquella mujer aceptó su destino, me siguieron durante todo el trayecto. Tal como antes mi personaje, ahora pude comprender la soledad que se siente al vivir en la oscura humedad del musgo, como él la llamaba en sus poemas. Ensimismado, me dejé transportar largo rato por las avenidas de mis pensamientos, sin lograr entender cómo la magia de la literatura fuese capaz de desatar la imaginación del escritor a tal extremo, que sus propias invenciones llegasen a estremecerlo.

Entré en mi casa en el momento en que “los pájaros volvían a aparecer por el cielo y uno de ellos se posaba sobre la ventana como anunciando el fin de la tormenta”. Amador Gallardo, con las mejillas marcadas por las lágrimas, estaba esperándome. Se levantó de su rincón oscuro y, sin decir ninguna palabra, caminó lentamente hacia mi escritorio. La luz mortecina de mi lámpara le iluminó una expresión desconocida en el rostro, y antes que yo intentara explicarle la dimensión de su tragedia y la profundidad de mis sentimientos, se atrevió a levantar el puñal, el mismo con que marcaba su amor en las cortezas de los árboles, y con demencial frialdad me lo clavó en la espalda una y otra, y  otra vez, hasta quedar rendido por el esfuerzo; luego, sin mirar hacia atrás, se fue dando pasos vacilantes por el monte hasta disolverse en la lejanía.

Durante mucho rato quedé sufriendo mis heridas. Tenía la camisa empapada de sangre y aún sentía el escozor del metal afilado rasgando mi piel. Sólo me tranquilizaba la certeza de que no moriría; no porque fuese inmortal, sino porque sabía que la puñaladas literarias duelen, ofenden y hasta humillan, pero no matan. No obstante, me costaba creer lo que acababa de experimentar: mi propia obra se había atrevido a cruzar la línea inviolable que separa la realidad de la fantasía, desafiando la naturaleza y sus preceptos.

Con el dolor de mi herida abierta reclamando justicia, salí a buscarlo siguiendo sus huellas en la nieve, así éstas me llevasen al infierno. Sabía que tarde o temprano tendría que encontrarlo y hacerle pagar su osadía traidora. Mis pensamientos no tenían la claridad de otras veces, pero sí estaba seguro de que para él se había agotado toda posibilidad de perdón: quien muerde la mano del que lo alimenta y clava un cuchillo a quien le da la vida, sabe que ha entrado en un túnel del cual no saldrá nunca.

Lo encontré meditabundo sentado sobre el horizonte. Quizás se sorprendió al verme vivo, pero no dijo nada. Ni siquiera se atrevió a mirarme a los ojos; en cambio, yo le clavé los míos como devolviéndole las puñaladas. Lo vi tan indefenso y ajeno a su crimen, que por un segundo quise recordar los buenos momentos que habíamos pasado juntos: las listas de modales, los juegos de palabras, los diccionarios ilógicos, pero el instante de la traición reaparecía borrando aquellos recuerdos y profundizando mi decepción.

Regresamos siguiendo las marcas de mi propia sangre sobre la nieve. Él se limitó a seguirme cabizbajo; pero yo lo fui mirando de reojo hasta que llegamos. Nos detuvimos frente aun viejo galpón cubierto de planchas agujereadas y lo conminé a entrar. En silencio, avanzó hacia el centro del galpón donde estaba la viga más gruesa y por primera vez me miró directamente a los ojos. Me pareció observarle absoluta resignación en la mirada y, mientras él mismo se ponía el cabestro al cuello, presentí que Amador pensaba en lo real o irreal de la muerte de un ser ficticio, aunque no tengo evidencias al respecto. Entonces, mi odio vivo comenzó a tirar de la soga hasta apagarle la vida.

Lo dejé meciéndose con brutal suavidad en la trágica soledad del galpón. Caminé hacia mi habitación y sobre el escritorio busqué una hoja en blanco donde escribí la oración final de mi historia: “Aquel hombre que cuelga de la vida con la muerte pegada a la garganta, no merece mejor destino”.

 

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