Barajeando las cartas: ‘Leopoldo María Panero o Las máscaras del tarot’

Jonatan Frías Publicado 2017-09-05 08:14:01

 

Leopoldo María Panero o Las máscaras del tarot de Xalbador García
Suburbano Ediciones, 2017, 184 páginas, $18.99, ISBN-13: 978-0615610436

Se ha dicho y se ha escrito mucho, quizá demasiado, de la figura de Leopoldo María Panero. En España a partir del lanzamiento de la película de Jaime Chávarri, El desencanto, la familia, toda, (desde Leopoldo Panero padre, Felicidad Blanc con su mirada asemillada y su sonrisa impregnada de nostalgia, Juan Luis con su histrionismo y su destacada forma de hablar en prosa, Leopoldo María caminando en silencio entre las tumbas de un viejo panteón empolvado y Michi, seductor y simpático) pasó a ser parte del imaginario de la nación. Fueron Artificio. Nunca más ellos mismos, sino lo que la pantalla reflejaba: lo que los encuadres dejaron ver.

Ese imaginario no hizo sino fortalecerse con el paso de los años; se alimentó abundantemente de los encierros de Leopoldo María, de la soledad y la belleza de Felicidad, de los excesos de Michi, del exilio voluntario de Juan Luis. Siempre hubo algo que decir de la saga de los Panero. Y cuando ellos mismos no eran noticia, la noticia se creaba, se inventaba para injuriar. Nada mejor para alimentar a los chacales que la carroña.

Hubo, eso sí, esfuerzos reales por ver un poco más allá de lo que la bruma permitía ver. Siempre exteriores, hay que decirlo, porque al interior ninguno de los Panero se ocupó mucho en aclarar o desmentir nada de lo que se dijera. En el caso de Leopoldo además se tenía la excusa perfecta: la locura. Porque eso hay que decirlo ya, Leopoldo era muchas veces un cuerdo memorable, las más, un loco entrañable, pero poeta, poeta lo era siempre. Detrás de sus versos se filtraba la verdad, la suya, la única de la que uno se puede asumir dueño. Escribía poseído por el influjo de su tiempo. El Demiurgo, como lo llama Xalbador a lo largo de sus páginas, ve, como todo creador, el tiempo entero, simultáneo. En él, en Leopoldo, habitaba el tiempo sin embustes. En una conversación cualquiera, convivían con él Poe, Baudalaire, Rimbaud, Blake, Nerval, Hölderlin, Artaud, pero también Pessoa y Gimferrer. Hablaba en español, pero citaba lo mismo en italiano que en francés, lo mismo en portugués que en inglés. Poseía una memoria prodigiosa. Parecía, incluso, que no olvidaba nada. Que era, en suma, habitado por la poesía.

Entre los mejores esfuerzos por ver algo más que mito en los Panero está, por supuesto, la gran biografía de J. Benito Fernándes El contorno del abismo (vida y leyenda de Leopoldo María Panero), el destacado estudio Leopoldo María Panero. El último poeta, del investigador Túa Blesa (libro que le sirve de muleta a Xalbador) y sin temor a equivocarme, sumo a esta breve lista: Leopoldo María Panero o Las máscaras del tarot (Suburbano Ediciones, 2017) de Xalbador García. En alguna de las páginas finales del libro, el autor nos dice, en un acto de modestia: “Poco qué añadir a la extraordinaria labor del investigador literario Túa Blesa […] y a la magnífica biografía de J. Benito Fernández”. Yo creo que sí aporta y mucho. Aporta síntesis y forma, que no es poco. En las páginas de Fernández abunda la anécdota, muchas veces iluminadora, otras tantas oscura; mientras que en las de Blesa está la erudición, la minucia, el detalle. Xalbador García tiende un puente sólido entre estos dos polos.

México no es un país que se destaque por sus biografías, o mejor dicho, es un país en donde fácilmente se confunde la biografía con el western o con el melodrama. Este libro no es en sí mismo una biografía y sin embargo vaya que lo es, o en todo caso, si lo prefiera el autor, es una topografía de uno de los últimos poetas “malditos”, mote que desdeñaba el poeta español y que, sin embargo, no escamoteaba a la hora de asumirse heredero de esa tradición. Comparte, Panero, con Baudelaire, con Artaud y yo sumaría con Cuesta, la desgarradura entre lo real y lo ficticio, el conflicto con la forma, la postura de ver en la poesía un camino hacia la revelación.

Si tuviera que arriesgar un comentario sería este: Leopoldo María Panero o Las máscaras del tarot es una biografía al estilo del mejor Stefan Zweig. Es una biografía íntima, por momentos de una erudición como pocas, una erudición si pose, ajena a toda pretensión académica, y por momentos cercana, plagado de imágenes bellísimas. Cuando digo esto estoy pensando en la carta de La Emperatriz, donde nos presenta a Felicidad Blanc con una dulzura y una fragilidad que enamora; o en la carta de El Sol, donde Xalbador se remonta a la infancia del poeta, con una inocencia que enternece, y camina de la mano de Leopoldo a lo largo de las preguntas que lo trascendieron, a Panero, a Xalbador mismo, a nosotros mismos.

No encuentro peor intento de halago que cuando se pide una opinión sobre un libro y se responde: “está muy bien escrito”. ¡Ajá! Eso espero. Que un libro esté bien escrito no es ningún mérito, es, en todo caso, un requisito. En este terreno diré que el libro de García no sólo está bien escrito, sino que está escrito con belleza, con sensibilidad y con lucidez. Se despoja de toro ripio. Jamás pierde el rumbo. Nada hay peor que leer un ensayo en donde el mismo autor no sabe a dónde va y nos lleva de la mano, junto con él, a tropezones, a callejones sin salida. Xalbador García sabe perfectamente a donde va, nos evita rodeos ominosos, no echa suertes, no adivina: sabe, enseña, es generoso.

El protagonista del libro es Panero, eso está claro, y sin embargo el mundo que lo rodea también está presente. Me gusta, por ejemplo, el espacio que se le da al padre, a Leopoldo Panero Torbado. Injustamente anclado por la Historia como el poeta oficial del franquismo. Así, sin los por qués, sin los contextos, sin los matices. Si aceptamos la premisa de que Leopoldo María logró, como pocos hijos de poetas logran, encarnar a Edipo, tenemos entonces qué conocer a Layo. Hoy cuando decimos Leopoldo Panero, pensamos en Panero Blanc, no en Panero Torbado. Pero el mito edípico no termina ahí. Leopoldo Panero no sólo ocupa el lugar del padre en la Histoira, con altas, de la poesía española, sino que también ocupa el lugar del padre en la historia, con bajas, de su familia. Ante su misma madre, pero sobre todo antes sus hermanos, se convirtió en el patriarca. Sólo su nombre caminó con independencia, guiado por su obra, mientras que el del resto de la estirpe caminó ligado al nombre de Leopoldo María Panero. Otra vez, Xalbador García reconstruye con maestría y sensibilidad los pasos indiciales de este mito en cada una de las cartas que dedica a los integrantes.

En el libro queda muy claro el rol de los arcanos, el juego, el tránsito. Como en el mismo tarot, la suerte no está determinada por las cartas, sino por la mano que las selecciona en el tiempo. La misma carta sacada en la adolescencia no representa lo mismo que la sacada en la vejez. Es decir, este es un libro atemporal que cambia su sentido con cada una de sus lecturas y relecturas. Ante esta suerte, surge la pregunta ¿quién echa las cartas? La respuesta más inmediata y gratuita sería: el autor. No es así. Las cartas las tira quien tiene el libro en la mano, el lector. Xalbador García sólo las barajea. Las dispone. Confesaré sin pudor, que en la tercer lectura que hice del libro, fui al estante donde guardo un viejo tarot que me regaló una mujer en Veracruz en el 2007 y eché las cartas. Leí por mandato de la suerte las cartas designadas en el libro. La lectura fue, sí, completa y al mismo tiempo otra. En cada ejercicio que hice, evidentemente, salieron cartas distintas y las lecturas fueron siempre otras, pero el centro no se movió de lugar. Leopoldo es, pues, el Aleph de su propio universo, o si se prefiere, el fractal que todo lo contiene.

Xalbador García es un escritor modesto, un escritor que está y no está en el libro. Un escritor que sabe que el libro es de él pero no sobre él. Le da su lugar al personaje, pero sabe aparecer cuando lo necesita, y lo hace, además, con voz firme y segura. No trata de esconder su admiración por el poeta detrás de esas falsas cortinas de una supuesta objetividad no siempre visible o deseable.

Hay también un signo recurrente, que más que signo es pulso, ritmo. Ese ritmo es Así se fundó Carnaby street. Libro ancilar en la obra de Leopoldo María. Ahí se contiene ya el mapa entero de las obsesiones del poeta. Obsesiones que irá, de a poco, desarrollando durante cincuenta años.

La poesía de Panero está aquí, en el libro de García, como muestra. Ese es otro mérito del libro, que no cansa al lector con citas ominosas. Da apenas las necesarias para invitar al lector a cerrar el libro por un rato para ir a revisar de propia mano Los poemas del manicomio Mondragón, Orfebre, El tarot del inconsciente anónimo. Pero constantemente regresa al primero, a la fundación de su poética. También están los Rolling Stones, la dipsomanía, la sexualidad y todo esto sin caer, ni por un momento, en el chisme, en la anécdota estéril, en el morbo obsceno.

La mejor radiografía que se hizo de Leopoldo Panero está en unos versos injustamente olvidados de Gilberto Owen. Así es como se comunica la humanidad, a través de sus versos, versos caídos en un tiempo, versos que naufragan y, de pronto, salen a flote y recobran sentido. Esos versos son: “Si he de vivir, que sea sin timón y en el delirio”. Si alguien pudo vivir sin timón y en el delirio, ese fue Leopoldo María. Vivió un delirio premeditado. Un delirio que fue pesadilla, que fue máscara, que fue escondite, que fue luz. Porque a través de él, del delirio, es que Panero pudo ser libre. Como lectores solemos ser injustos con los poetas, les damos trato de videntes y los señalamos cuando una idea de juventud no coincide con las ideas de la vejez. Con Panero esto nunca ocurrió: la locura era la cura contra la contradicción. Era libre de decir lo que quisiera, porque como él mismo decía: “con la locura como con la verdad no se puede discutir”.

 

Jonatan Frías, (1980) es escritor y editor. Ha publicado cuentos y ensayos en diferentes revistas como Parteaguas y Tierra Baldía en Aguascalientes, así como la Revista Narrativas en Zaragoza, España; en el 2015 fue incluido en la antología de cuento Itinerario nómada: cuentos de viaje, editada por Molino de Letras y la Universidad de Chapingo. Participó como editor de la revista Revolver Sophia y condujo el programa de radio del mismo nombre, ambos proyectos para la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Impartió talleres de escritura creativa en las ramas de cuento y poesía en el Centro Cultural Rayuela y recientemente en Casa Terán; fue beneficiario del Fondo Estatal para la Creación Artística (FECA) en 2013, con el proyecto de ensayo Resonancias hispanoamericanas. También participó con la columna ((paréntessis)) para la revista Parteaguas. Actualmente es asistente editorial en el Instituto Municipal aguascalentense para la Cultura (IMAC).

 

 

 

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