La fotografía de Joel Merino: peregrinaje de la esperanza

Franky Piña Publicado 2017-10-21 11:51:30


Papaxtla, La Montaña, Guerrero. Joel Merino

A Lydia frente al umbral

La imagen ha ido perdiendo voz, ya no alcanza a decir las mil palabras que algún día rezó la máxima. Vivimos bajo su yugo: entre los matices de los extremos: la tecnología y el paisaje cotidiano; la liviandad y el encanto. La redundancia comercial de espectaculares violenta la mirada hasta en el recoveco más apartado de la ciudad. El teléfono móvil nos sujeta como grillete con miles de imágenes que emergen efímeramente bajo la yema de los dedos.

Ahora, la imagen balbucea; apenas si provoca. Fue domesticada. La tiranía de la información simplona sofoca. Abruma el universo conformado por miles y millones de pixels. Al asomarnos a la pantalla, vemos con ansiedad y apenas si observamos. En tan solo un minuto se ven 4.1 millones de videos en YouTube; se crean casi dos millones de snaps; se suben 46,200 fotos en Instagram; se mandan 452,000 tweets; casi un millón de personas accesan a Facebook y cerca de un millón de almas buscan mitigar su soledad en Tinder. En esos sesenta segundos en las redes sociales, se salta de la búsqueda impaciente a la indiferencia inmediata. La imagología digital reducida al imperio de lo efímero nos lleva de saciedad a vacío existencial.

Transmutación del homo sapiens al homus videns. La manipulación de la imagen ha sido monopolizada por la cultura visual, dominio del entretenimiento light, que todo lo toca y lo torna frívolo. De ahí que en el reino del consumo, el enajenado sea rey. 

En la actualidad, la fotografía ha dejado de ser “un arte intermedio” como lo señaló Pierre Bourdieu. El azar, el accidente, la contingencia, y la fe han multiplicado más fotógrafos que los panes del evangelio. La comercialización y automatización de la cámara han manufacturado lo mismo leviatanes narcisistas que demiurgos solipsistas. El ego infatuado por la selfie se amamanta con el like y se ensancha con el emoji. Mas en ese universo de megabites y dots per inch, el tiempo destinado a la contemplación y el análisis ha sido reducido a una esfera infinitesimal.

No obstante, desde ese contexto germina otra narrativa; otra manera de ver y comprender el mundo. Si bien la fotografía se ha convertido en propaganda perpetua, también ha hecho aflorar esporádicamente algunas expresiones artísticas. Y es que “el arte abre el corazón” como escribió Jeanette Winterson. El arte aguijonea la conciencia; incita a navegar el contexto histórico y social; convida a la vivencia estética, e incluso, nos puede acercar a la mística. 

Las paredes del Jumping Bean en Pilsen, Chicago exhiben uno de esos ralos botones de muestra: una serie de fotografías de colores brillantes. Danza de tradiciones milenarias y trampas de una modernidad que acongoja. Las imágenes conforman un mosaico de formas y símbolos. Caleidoscopio de significantes. Las fotografías en la pared esperan la mirada curiosa, invitan al diálogo y la reflexión. Cada cuadro es parte de una realidad punzante que hiere, que duele, pero que también surte de expectativas optimistas.

Durante tres lustros el fotógrafo Joel Merino ha seguido la llama de la antorcha que sale de la Basílica de Guadalupe y recorre pueblos expulsores de migrantes mexicanos. El peregrinaje culmina en la Catedral de San Patricio, en Nueva York, donde los emigrados la acogen. La antorcha lleva el fuego nuevo y de pueblo en pueblo va nutriendo de anhelo a quienes se han quedado varados en el terruño. La tea se desplaza de mano en mano. La endosan extremidades callosas que han arado la tierra, cosechado maíz, molido el nixtamal,  atizado fogones, revuelto la mezcla, tejido textiles, cambiado bujías. Rostros ninguneados del “México profundo” aprendido por Bonfil Batalla: manos arrugadas, pies cenizos, hombros anchos, ojos encendidos, piel bronceada. Las fotografías de Merino muestran los rostros de un México vedado en las televisoras y en las portadas de revistas glossy. Son rostros de parroquianos despreciados, cercenados y bifurcados por una frontera que separa a la “modernidad” líquida del abandono.

Sí, ahí yacen erguidos esos semblantes refulgentes que lo mismo tienen la mirada de la tía Chofi, el gesto de la nana Coco o la sonrisita de una tejedora otomí o nahua o mazahua o triqui o chinantenca. Son el retrato crudo de Ángeles, Juana, Lencha, Lupe, Meche y la señora Panyagua. Son contornos y sombras de madres, hijas y abuelas que habitan pueblos despoblados de hombres que han partido al norte en busca de un presente menos azaroso. Pueblos espejo de un Estado fallido. Pueblos de carnada electoral. Pueblos subyugados. Pueblos despojados. Mas pueblos en resistencia.

Decía José Saramago que un cuarto de la población del planeta nació para la nada. Sí, esa nada está en México, pero también deambula y trabaja en las calles de Louisiana, Alabama, Georgia, las Carolinas, Virginia, Maryland y Nueva York. Esa nada la conforman los pueblos originales relegados al sacrificio laboral y la humillación colonial en ambos lados de la frontera. En los rostros fotografiados por Merino renace una narrativa antiguamente nueva. Captura desde su subjetividad la entereza y la dignidad de comunidades desperdigadas en un México que sangra, en un México de levantados, desaparecidos y feminicidios. Merino va registrando de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad los rituales de los devotos en torno a la antorcha. Merino no calla, toma partido a través de su lente. Nos dice lo que aparece en la fotografía y nos muestra indicios de lo que queda fuera de la foto.

Fotógrafo de oficio, Joel Merino ha sido editor de fotografía de los periódicos mexicanos El Universal y Reforma; aunque desde esas trincheras mediáticas no pudo hacer lo suyo; su pasión por la otredad lo ilusiona, lo nutre. De esas salvedades se ha hecho al camino con cámara en mano para registrar ese otro México profundo e inmigrante. Merino se ha convertido en un artista de la imagen compleja y sugerente. En cada pieza confluyen el sujeto y la forma: van de la mano. Se acerca a un fenómeno social con esmero y desde una propuesta estética excelsa. Al volver a mirar las fotografías de Merino regreso inevitablemente a las palabras de Jeanette Winterson en su libro Art Objects: 

“The true artist is interested in the art object as an art process, the thing in being, the being of the thing, the struggle, the excitement, the energy that have found expression in a particular way. The true artist is after the problem…. I am sure that if as a society we took art seriously, not as mere decoration or entertainment, but as a living spirit, we should very soon learn what is art and what is not art.”

Las fotografías de Joel Merino como obras de arte sí nos dicen más que estas mil palabras.

 
Caminos del Sur Atlixtac, Guerrero. Joel Merino

 ∴

Franky Piña es gestora cultural, activista por los derechos de la comunidad transgénero, escritora apasionada del arte y directora editorial en El BeiSMan. En Chicago, cofunda revistas literarias como Fe de erratas, zorros y erizos, Tropel Contratiempo. Es coautora del libro Rudy Lozano: His Life, His People (1991). Participó en la antología Se habla español: Voces latinas en USA (2000) y Voces en el viento: Nuevas ficciones desde Chicago (1999). Editó los catálogos de arte: Marcos Raya: Fetishizing the Imaginary (2004), The Art of Gabriel Villa (2007), René Arceo: Between the Instinctive and the Rational (2010), Alfonso Piloto Nieves Ruiz: Sculpture (2014), Barberena: Master Prints (2016) y Raya: The Fetish of Pain (2017). Actualmente, Piña es copartícipe de La Proyecta: Visibilidad a las desparramadas y sujetas trascendentes de la historia, un espacio de experimentación escritural que exhibe y propulsa el trabajo de las mujeres en el arte, la cultura y la política.

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