Altar oaxaqueño: un encuentro sincrético entre vivos y muertos

Vanzetti Jagger Publicado 2017-11-02 01:58:44

Producto de dos tradiciones culturales indígena e hispánica, retomamos la costumbre de honrar a nuestros muertos en una forma que oscila entre la alegría y lo sagrado, el recreo y el respeto; enfrentamos así una parte inevitable de nuestro existir: la muerte, esa otra mitad que contempla nuestro círculo vital.

Un fin de semana antes del Día de Muertos asistimos a algunos mercados de Oaxaca como lo son el de Nochixstlán, Tlacolula, Zachila, 20 de Noviembre y la Central de Abastos. Vamos en busca de la comida que más le gustaba a nuestros seres queridos que ya partieron, como el chocolate negro, mole, tlayudas, pan, mezcal, tejocotes, quesos, chapulines, tasajo y también de los trastos necesarios de barro negro, canastos, petate, papel picado. Todo ello lo empleamos para recibir a los que inicialmente abandonan el paraje del Mictlán.

Nuestros abuelos eran de un pueblito en medio de la sierra que se llama El Parían. En sus tiempos de bonanza a principios del siglo pasado era el principal punto de comercio por tren hacia Oaxaca antes de que se construyera la carretera federal a la ciudad.

Al poner una ofrenda se incita a la convivencia entre vivos y muertos. Es un encuentro para darles la bienvenida a nuestros difuntos y que se sientan a gusto en ese caminar entre el mundo y el inframundo. Así se entreteje un ritual entre Oaxaca y la Ciudad de México.

El altar incluye comida, flores, papel picado y muchos símbolos que poco a poco se van enriquecido y transformando a través del tiempo. Se recuerdan los gustos que nuestros familiares tenían al incluir su fruta, guisos, bebidas y hasta cigarrillos Faros o Alitas. Tampoco pueden faltar dulces, juguetes, música y otros objetos con los que los niños se recreaban. Nuestra abuelita cuenta que los difuntos toman los aromas y sabores de la comida que ponemos en la ofrenda para alimentarse, que por eso los guisos que ella prepara deben ser sabrosos tal y como les gustaban.

El día 31 de octubre se dedica a los niños.

En los altares abundan los panes en forma de muñequitos, sus ropitas, juguetes, dulces, tamales, calaveritas de azúcar, arroz con leche e incluyen su fotografía. El agua, la miel y la sal sirven para purificar las almas de los niños que que murieron y no fueron bautizados.

 

Por la mañana del día primero de noviembre, el día de Todos los Santos, las almas de los pequeños todavía disfrutan del desayuno que prepararon sus familiares para después partir a las doce del día en que repicarán las campanas para indicar que los difuntos mayores están llegando. Entonces, se agrega a la ofrenda más fruta, pan, calabaza en tacha, tamales oaxaqueños, tlayudas, chocolate, mole negro, amarillito, piloncillo, capulines, quesillo, guayaba y tejocotes en dulce, chayotes, enfrijoladas, totopos, chiles pasilla, de agua y por supuesto, su tejate, mezcal y tabacos, todo esto con el fin de que los difuntos la pasen como invitados en la fiesta.

La ofrenda es alegre y con presencia fundamental de los cuatro elementos naturales simbolizados en la comida que es fruto de la tierra. El agua para beber, para reanimar a los caminantes y por ser creadora de vida. El fuego en las velas y veladoras es ánima de nuestro corazón, sirve para alumbrar el camino de las almas en el largo trayecto. Por último, el viento que se hace presente al mover el papel picado y también al esparcir el humo del copal sirve para guiar a las ánimas en su largo andar.

La ofrenda se pone en el altar cuando el sol está en cénit. La primera ofrenda se dedica al “Dador de la Vida”, al constructor del mundo. Queremos que se nos permita unirnos con los que ya se fueron, con nuestros difuntos, así le agradecemos. 

Los platos de comida y la bebida se ponen de dos en dos como señal de la oposición que hay en el mundo entre la vida y la muerte. Como señal de cansancio del hombre por su trabajo; como el enlace entre ellos y nosotros, la dualidad. 

El día de las visitas para compartir las ofrendas se acompaña de un ramito de cinco flores de cempaxúchitl para indicar nuestro deseo que todo vuelva al corazón, al centro, a la Tierra que da la vida.

El cacao se usa para el chocolate, el mole, para que nuestros finados los usen como dinero para pagar al barquero que les ayudará a cruzar el río. 

El cacahuate tejido por todo el altar representa cada una de las vivencias que tenemos a lo largo de nuestra vida. Son las alegrías y tristezas en nuestro andar y que se van tejiendo con el paso del tiempo. Por eso decimos que la vida vale un cacahuate, un “reverendo cacahuate”.

Los antepasados decían que para que el creador pasara a la tierra y el hombre pasara al cielo, era necesario un servicio, servicio que se daba a través del aire. En este se pasa del cielo a la tierra o de la tierra al cielo. El aire es un intermediario que representaban con plumas de aves.

Los antiguos mexicanos pensaban que el camino de las almas por Mictlán era muy complejo. Duraba cuatro años y debían transitar por distintos lugares o se convertían en distintas aves de muchas plumas y colores.

En la fiesta que hacían a Macuilxochitl (cinco flores) ofrecían maíz tostado revuelto con miel y con harina de semilla de bledos (chía), pan de agua con figuras de muerto con sus caritas pintadas o en forma de rayo, mariposas redondos o como espadas a los que también se les llama regañadas.

La forma de persona que le damos al pan de muerto, es el alimento indicador de la vida que se recibe a través de la muerte. Los antiguos decían que la muerte es parte de la vida. Uno que no ha muerto todavía no sabe todo lo que es la vida.

En una vasija de barro se vierte aceite y agua al borde, en él se prenden mariposas de corcho que sirven para aquellas ánimas que de ambulan por el tiempo y que no hubo quien las recordara o les encendiera una vela. Con este ritual las invitamos a prender su dedito para iluminar el camino y se les invita a ser parte del jolgorio.

Es costumbre que el altar esté dividido en tres niveles de forma piramidal. La base representa el inframundo. El nivel medio es la tierra donde habitamos y vivimos. El de arriba representa el cielo. Sobre éste se coloca un mantel blanco que evoca las nubes. 

El arco es el círculo incompleto. Lo imperfecto, lo que se acaba, es la tierra, el tiempo. Esta formado por dos cañas o por dos carrizos o varas. Nuestros antepasados veían que cada cosa que existe tiene un significado doble: el mundo está hecho de cielo y tierra, de mujeres y hombres, de días y noches. En el cuerpo también todo es doble: dos orejas, dos ojos, dos manos… por eso, para ellos el número dos era la base de todo.

El número uno es el cielo, lo eterno. El número dos es la tierra, la habitación del hombre, es el tiempo, por eso las dos puntas que hacen el arco se vuelven uno y de allí cuelgan las flores como patas de león, gladiolas, nubes, crestas de gallo, así como tejocotes, roscas de pan o cacahuates.

El arco habla del deseo de quienes vivimos en la tierra; asimismo habla de unirnos a los que ya habitan en el cielo, de los que ya no morirán otra vez. Bajo ese arco los esperamos para dar la bienvenida a las alamas.

Entre nuestro antepasados, la flor = xochitl, significaba la belleza, la virtud, la verdad.

La palabra cempoalxochitl = cempoali + xochitl quiere decir 20 flores, es decir, la verdad fundamental, el cimiento, porque la base para contar era el número 20 que es cempoalli y significa “una cuenta”. Su color amarillo es sabiduría, tiene el don de guardar en sus corolas el calor de los rayos del sol. Es también el color del sol que para ellos era El Señor de los que vuelven (Teotl) el Dios de la Vida, el de la fecundidad. 

La flor de Cempaxúchitl simboliza la verdad, la sabiduría completa; habla de nuestro anhelo de no morir nunca.

El camino hecho con pétalos de flor de la casa a la calle, al panteón o al templo significan que esperamos el regreso de los que ya murieron. Creemos que viven y por eso esperamos su visita para que compartan con nosotros el fruto de nuestro trabajo, para iluminar y orientar el ánima y para que no se extravíen.

En el pasado, no se incluían velas ni veladoras. Para alumbrar usaban ocotes y se decía que la verdad y el conocimiento eran como una luz que lo alumbra a uno para el camino de la vida. Es la luz que alumbra en el largo camino a la fiesta.

Con la luz de lo cirios, velas o veladoras, nosotros decimos que deseamos acompañar y comprometernos con toda la gente viva y difunta. 

El brasero o sahumerio que se utiliza tiene tres patitas porque nos hace el servicio de quemar el copal que sube por el aire para purificar el ambiente. El aroma del incienso es guía y da la bienvenida para los que ya vienen de su largo camino.

El número tres es símbolo de intermediación. La braza roja se vuelve humo negro o gris oscuro. El rojo era símbolo de la vida y el color del sol. El negro era símbolo de la noche, del poniente donde muere el sol, como un símbolo contrario a la vida que representa el sol. El negro es el duelo, la perdida de un ser querido.

En muchos pueblos el sahumerio lo cargan las mujeres porque ellas son las que están directamente unidas a la vida. 

El barro negro de los recipientes al igual que el petate, según los abuelos, representa la Tierra que es padre y madre de todo ser viviente. De esta forma al emplear el barro se evita usar los plásticos y el vidrio en la ofrenda.

Al fondo y al centro se coloca también la imagen de los santos patronos que se veneran en el lugar de origen de los difuntos. La virgen de la Soledad, la virgen de Juquila y de San Antonio de Padua, patrono de Parían, Oaxaca. 

Los altares están dedicados a nuestros familiares que ya partieron, al incluir sus fotografías en el altar los recordamos en estos días.

El día dos de noviembre, Día de los Fieles Difuntos, las ánimas que vinieron parten a mediodía después del convivió. La visita entre parientes, amigos, compadres, padrinos o desconocidos es para compartir las ofrendas. Ahí se encierra toda la riqueza del pensamiento antiguo de los hombres en cualquier lugar y de cualquier tiempo; o sea, la ubicuidad: el trabajo, la economía del hombre sobre la tierra tiene que compartirse, tiene que dar vida, sin mezquindad, sin distinción de ninguna clase. Estamos aquí en la tierra para alimentarnos y ser más humanos, ya que nuestro destino no es la muerte sino la vida.

 

Vanzetti Jagger. Estudio arquitectura, periodismo, pero también le gustan los negocios y creo Big Boss Tacos Foodtruck. Un tipo que aún cree en la fraternidad y la autogestión. Vive entre Chicago, Oaxaca, Florencia y Cd.México.

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