Sin motivo

Alejandra Laurencich Publicado 2017-12-05 09:21:07


"Atrabilliarios" (detalle), 1992-94, de Doris Salcedo.

Todos los días al despertar me digo que debo agradecer el hecho de vivir en un país como este. Que debo agradecer el tener dos piernas y una lapicera de pluma con trazo grueso de las que no se consiguen con facilidad. No hay por qué tener miedo, estoy sana y lúcida y soy inteligente. La confianza mata al hombre decía mi madre a veces. No sé por qué lo recuerdo.

Me pregunto también, al despertar, por qué si tengo trabajo no estoy feliz. Si puedo pagar los servicios, el monotributo, el colegio de los chicos, puedo considerarme satisfecha. En otros países hay ciudadanos de primera, de segunda y de tercera, y acá no. Acá estamos sólo nosotros. Y los piqueteros. Eso es triste, me digo, tener que salir a cortar rutas por un pedazo de pan. A partir de hoy voy a poner mucho cuidado en no llamar chinos a los coreanos y mamboretai a la paraguaya que trabaja en la casa de mis suegros, y no voy a quejarme si cortan el tránsito otra vez. Por un pedazo de pan, me digo. Miro el techo en penumbra. El buen ánimo atrae la buena suerte, lo sé.  Trato de sonreír pero no puedo. Sé que voy a llorar. Me digo que no hay muerte ni desgracia cercana para ponerme así, caramba, que no es tampoco domingo con su melancolía y su sabor a fin, sino un día común de semana, con su rutina y sus rituales: el colegio, la oficina, la cena y el noticiero, pero me da exactamente lo mismo. Los días empiezan y terminan como empieza y termina la vida. Puedo ver que llega el fin. Lo veo anticipándose en la presbicia de mis amigos, en sus vientres que empiezan a redondearse. Bueno, por lo menos tengo amigos, eso es bueno. Trato de sonreír otra vez, al menos lo intento, nadie puede decir que no pongo empeño. Me digo que estamos en marzo y que todavía falta el feriado de Pascua para que arranque el año con la disposición que debería ponerle, pero cuántas Pascuas más me quedan por vivir, me pregunto, y trato de no pensar en eso. Marzo es como estar de vacaciones aún, todo está por verse, todo por comenzar, pero enseguida me doy cuenta de que en marzo empiezan a morir las azucenas y que las hojas de  los fresnos se amustian, como las enredaderas. Puede verse esa ligera diferencia en el jardín: ya no reluce, ni tiene brotes tiernos, se irá secando, lo sé, hasta quedar sólo un esqueleto de ramas grises. Recuerdo lo feliz que fui la primavera pasada. Qué triste el otoño. Yo nací en otoño y tal vez por eso tengo el ánimo abatido, porque es un año más y pronto seré menopáusica y la vida sexual se habrá acabado. Nunca más pasar la lengua por un cuello joven. Vendrán los anteojos, las muertes cotidianas de amigos, de hermanos y compañeros de escuela. Me digo que no son ideas para comenzar el día, todos estos pensamientos se habrán disipado con la primera cerveza de la tarde, y siento el dolor en los ovarios, no hice pis anoche, supongo, porque siento ese dolor y las ganas de ir al baño, me cuesta levantarme de la cama, habré tomado de más, ya no estoy para esos trotes, como decía papá: me crujen los huesos. Pienso cómo me burlaba yo de esa frase: crujido de huesos, era imposible imaginarlo. Alguna vez fui joven y hermosa y tuve el vientre chato y alguna vez reí por las mañanas. A cada Napoleón le llega su Waterloo, y no me atrevo a mirarme al espejo sin peinarme un poco antes. Miro hacia la puerta, el hueco oscuro del pasillo, la luz del lavadero está prendida, algo anda mal, me digo, no puedo creerlo: nunca antes olvidaba sacar la ropa del lavarropas, ahora va a tener olor a podrido por el encierro y pienso en la ropa húmeda de los geriátricos, el olor a viejo, a pis y a células en descomposición, el olor que tendré en pocos años, el que no se va con la ducha, ni con baño de inmersión, ni con perfumes de Escada o Molineaux. Si comienzo a perder la memoria estoy acabada, me digo, porque después de eso viene la ancianidad y después llegará el fin y busco el enjuague perfumado para la ropa y sé que el estuche estará vacío, algunas cosas todavía las sé, me aliento, y trato de sonreír pero me acabo de ver reflejada sin querer en el espejo redondo del lavadero, la piel marchita, habré tomado de más seguro, mejor ir a comprar un enjuague para la ropa antes de hacer el desayuno para los chicos. No quería empezar el día así, yendo apurada a lo de la china, coreana, me digo, y camino y me gusta el aire fresco, pero enseguida pienso esto se acaba, el aire de verano, el sol fuerte, la cerveza helada, veo unas hojas que se arremolinan en la zanja y pienso ya llega el fin, ya llega. Trato de conversar con la china pero a ella no le importa que olvidé sacar la ropa anoche, no le importa que yo pierda la memoria, que se termine el verano ni la vida, doconoventa dice y sé que me está cobrando un peso más que en el supermercado pero agarro el enjuague perfumado y vuelvo a casa para que no vea cómo me caen las lágrimas. Veo la curvatura de mi espalda en el ventanal de los vecinos, tengo un  dolor de estómago como el que sentía cada primer día de clases, de la mano de mamá hacia la escuela, cuarenta años, una nada que se fue, mi mamá ya no vive y no existen sus manos: eran tibias con olor a lavandina, y me traían un plato con criollitas y queso adler cuando yo miraba al Capitán Piluso por la tele. Me miro las mías y pienso que algún día no muy lejano mis hijos podrán necesitarlas, o su olor o su tibieza. Echo el líquido perfumado en la gaveta, un nuevo enjuague, ropa limpia y fresca para salir a andar por la vida, para encarar al mundo con decisión, para decir me acepto y me apruebo, me gusta ser mujer. Salgo al jardín y respiro hondo, el cielo está rojizo y como con nubes, la ciudad dormida, en unas horas me asomaré a esta galería y miraré las estrellas, ya habrá llegado la noche y  será el momento de ir a la cama y otra vez llegará el despertar. Oigo el crujido de las hojas secas que ya han caído, el viento las lleva hacia el rincón donde duermen las tortugas, a ellas no les molesta el ruido parece, ellas son longevas y viven a lechuga y pepino, la simplicidad de la gente, la china en su almacén, robando de a pesitos, los piqueteros quemando gomas en las rutas, por un sueldo o una  quincena para comer, qué fácil la vida cuando no hay más que eso o ni siquiera lo hay y hay que salir a pedirlo, el pan para mis hijos, un techo, una moneda, voy a escribir hoy me digo, voy a contar lo que he visto, voy a detener el tiempo en un relato, y sé que después no voy a escribir nada, que pasará el día con ajetreos y rutinas, que me sentaré a la noche a ver el noticiero, que todo habrá pasado como pasa la vida. Llevaré como todas las noches al más chico a la cama y le recitaré aquellos versos tan viejos que tanto le divierten: en el cielo las estrellas, en el campo las espinas y en el medio de mi pecho la República Argentina. En el medio de mi pecho una lata de sardinas, dirá él y se va a reír como un loco, como me reía yo hace cuarenta años por los mismos versos. Y voy a apagar la luz  para que no me vea, me voy a ir a lavar los dientes, rápido, antes de que se dé cuenta, antes de alguien pueda verme así tan rara, y como tonta, lagrimeando sin motivo.

 

Alejandra Laurencich. Narradora y editora argentina, nacida en Buenos Aires, en 1963. Egresada de Bellas Artes, estudió Cinematografía hasta que se dedicó a la literatura como autora y docente. Publicó las novelas Las olas del mundo (Alfaguara, 2015) y Vete de mí (2009), los libros de cuentos Lo que dicen cuando callan (Alfaguara, 2013), Historias de mujeres oscuras (2007, 2° Premio de la Ciudad de Buenos Aires), Coronadas de Gloria (2002, 3° premio del Fondo Nacional de las Artes) y del libro El taller, Nociones sobre el oficio de escribir (Aguilar, 2014). Sus cuentos han sido traducidos al inglés, alemán, hebrero, esloveno y portugués. Dicta talleres y seminarios de escritura y hace supervisión de obra para narradores. Fundó y dirige la revista La Balandra —otra narrativa— premiada en 2013 como una de las tres mejores revistas culturales del país. 

 

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