El sueño del héroe

Margarita Hernández Contreras Publicado 2018-01-15 08:42:49


Martin Luther King Jr. en Atlanta 

Dadas sus altas calificaciones, a los 15, pudo pasar a la universidad sin graduarse oficialmente de la educación media superior. A los 19 ya contaba con el título de sociólogo para luego estudiar teología obteniendo, a los 21, el grado de Bachelor of Divinity. Enseguida se puso a trabajar para lograr el doctorado, título que logró en 1955.

A los 19 también se ordenó en el ministerio cristiano y fue pastor adjunto de la iglesia bautista Ebenezer de Atlanta, para luego, del ’54 al ’59, ser el pastor de la iglesia bautista de Dexter Avenue en Montgomery. En el ’60 volvió a Ebenezer, iglesia en la que ofició hasta su muerte ocho años después.

Recibió incontables distinciones, sobresaliendo el Premio Nobel de la Paz en el ’64, siendo el más joven en su momento, contando apenas con 35 años de edad. A pesar de su corta vida llena de compromisos, pudo escribir seis libros e incontables artículos.

En 1983 Reagan firmó una ley que declaró el tercer lunes de cada enero como día de fiesta nacional para conmemorar su natalicio y su vida, celebrándose dicho feriado por primera vez en 1986.

Pero tal vez todos estos notables logros y datos de su vida no le expliquen a mi hija por qué le contaron en la escuela que este hombre fue un héroe. En cambio, sí se explica recordando que fue un hombre que buscó la igualdad, que luchó por la dignidad humana, por la comunión entre las razas y las creencias, que avizoró el futuro como una promesa luminosa para nuestros hijos, que creyó a pie juntillas que la armonía entre las naciones y los hombres es posible si sólo así lo decidiéramos.

Fue un hombre cuyas acciones hablaban más que sus palabras, y que conste que sus palabras lo decían ya todo. Fue un hombre que antepuso a los que no tienen nada y marchó a su lado. Estremeció a las masas con su voz y su palabra. En el verano del ’63, en uno de sus discursos más conocidos dado desde las gradas del monumento a Lincoln, en Washington, ante 250,000 seres humanos que con él habían marchado pacíficamente, habló de su sueño. Y ese sueño ya dormía en quienes lo escucharon cimbrados hasta el alma. Él lo despertó, lo puso en acción y, junto con tantos otros héroes de su generación, logró establecer lo que este país declaraba huecamente hasta entonces: “Esta verdad la sostenemos por ser evidente: todos los hombres son creados iguales”.

Fue un hombre de esperanza y fe. Y no necesariamente me refiero a la fe religiosa, aunque en su caso es cierto: sus ideales fueron los de la fe cristiana y sus tácticas de resistencia y lucha social pacifistas las adoptó de Ghandi (ese otro héroe).

Luchador inquebrantable porque se reconozca el valor intrínseco de cada vida humana sin contemplación de su color de piel, una bala cortó su vida cumplidos apenas los 39.

Es así como se les explica a los hijos que el Dr. Martin Luther King Jr. (Georgia 1929 - Tenesí 1968) es un héroe para la humanidad y que hay que honrarlo viviendo con dignidad, con la esperanza puesta en hacer que, algún día, su sueño transforme nuestro planeta: “Hoy les digo, amigos míos, que, a pesar de las dificultades y frustraciones del momento, sigo teniendo un sueño. Es un sueño firmemente arraigado en el sueño de Estados Unidos. Tengo un sueño que mis cuatro hijos algún día vivirán en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por la calidad de su carácter... Es con esta fe que vuelvo al Sur. Es con esta fe que podremos extraer de la montaña de la desesperación una piedra de esperanza. Es con esta fe que podremos transformar los discordantes sonidos de nuestra nación en una bella sinfonía de fraternidad. Es con esta fe que podremos trabajar juntos, orar juntos, luchar juntos, ir a la cárcel juntos, luchar juntos por la libertad, sabiendo que algún día seremos libres... Cuando dejemos repicar la libertad, cuando dejemos que repique desde cada pueblo, desde cada caserío, desde cada estado y desde cada ciudad, podremos acelerar el día en que todos los hijos de Dios, hombres negros y hombres blancos, judíos y gentiles, protestantes y católicos, unan sus manos y canten los versos de un viejo espiritual negro: Libres al fin, libres al fin. Gracias a Dios Todopoderoso, somos libres al fin”.

 

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Margarita Hernández Contreras, guadalajareña, vive en el área de Dallas. Es traductora profesional del inglés al español. Para comentarios: mhc819@gmail.com

 

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