Ultra Soft Plus

Naida Saavedra Publicado 2018-03-06 11:10:22


Alma Domínguez: Menstruación, 2010, acrílico sobre papel.

Acababa de amanecer. Era sábado y no tenía necesidad de poner el despertador. No tenía que correr a preparar todo para salir al trabajo y para que sus hijos salieran rápido con lonchera en mano y se pararan afuera a esperar el bus. Qué bendición era poder esperar el bus justo enfrente de la casa. Abrió los ojos, se puso boca arriba y miró el techo. Respiró profundo. Recuerda cuando los niños eran chiquitos y la despertaban a las seis de la mañana. Ahora eran unos dormilones y aunque entre semana era un suplicio sacarlos de la cama, los sábados eso era lo que más le gustaba a Sara.

Jorge ya estaba despierto pero seguía en la cama. Se ponía a leer el periódico en la tableta hasta que algo viniera a sacarlo de entre las sábanas, por ejemplo el olor a café. Pero todavía ella no pondría a andar la cafetera, todavía no batiría la leche. Sara le dio los buenos días a Jorge y siguió mirando el techo. Se veía precioso, blanco, reluciente, hasta parecía que en algún momento ella lo hubiera limpiado. Sara intentó erguirse para finalmente salirse de la cama; en el momento que lo logró sintió el chorro. ¡Carajo!

Se levantó rápido y fue corriendo al baño. Efectivamente, allí estaba. Una mancha color vino tinto empañaba la tranquilidad de la mañana de Sara. Ella esperaba la visitante mensual dos días más tarde. Salió del baño molesta; fue a buscar otra pantaleta y unos leggins. Como flecha veloz volvió al baño a ponerse ropa limpia después de ducharse.

Luego de haber destetado al segundo hijo, hace ya una eternidad, su menstruación había evolucionado. O quizás había involucionado. Sara sostenía que tenía que ver con los embarazos, con dar la teta o con algo del incomprensible aparato femenino. En cambio a Jorge no le había pasado absolutamente nada. Tenía canas, como toda la gente del planeta, pero su cuerpo seguía igual, solo estaba poniéndose mayor poco a poco. Ahora los períodos de Sara eran incontrolablemente abundantes y duraderos. Entre ocho y diez días tenía que andar con una toalla sanitaria entre las piernas. El ginecólogo le había sugerido tomar pastillas anticonceptivas pues lograban regular los periodos abundantes pero ella no quiso, ¡para algo se había cortado las trompas! Una amiga le sugirió unos tampones que absorbían suficientemente para su caso pero no, había desarrollado una alergia por la que la última vez que intentó usar uno terminó en la emergencia del hospital, con tratamiento y con una cuenta por pagar de quinientos dólares.

Salió de la ducha y rápidamente se secó con el objetivo de no perder ni un segundo. No quería tener que lavar la alfombra del baño luego de que cayeran gotas incandescentemente rojas. Pensó en Diana luego de ponerse una de las toallas sanitarias milagrosas. Al parecer no solo el bautizo de su hijo mayor la conectaba con su amiga Diana, sino también el hecho de menstruar como mangueras para apagar incendios. Sara se jactaba de hacer todo lo posible para evitar accidentes pues compraba las toallas sanitarias más largas del mercado. Una mañana cualquiera Diana le contó, hablando de todo un poco, que había comprado las nuevas ultra soft plus y que estaba asombrada. Ese mismo día Sara decidió adquirir solo un paquete. Eran caras. Estaban al final del estante. Solamente había unos pocos paquetes. Pensó que no debía haber muchas mujeres que las utilizaran. Después de usarlas todavía no comprendía cómo algo tan delgado podía albergar tanto líquido. A veces se las quedaba mirando por varios segundos antes de desecharlas. Le pesaba no poder compartir con nadie la imagen que percibía.

Ya con la ropa interior puesta Sara se relajó un poco. Se sentía un tanto protegida aunque sabía que se mancharía la ropa al menos cuatro veces en el transcurso de los primeros tres días, a pesar de las ultra soft plus. Por ello escogió unos leggins negros. Jorge se levantó e hizo el café. Cuando Sara salió del baño Jorge le dio uno con bastante leche y azúcar como a ella le gustaba. Sara sonrió a pesar de tener una cara de histeria.

Era temprano, todavía dormían sus hijos. Pensó en la pequeña Cristina y cómo se parecía a ella; pensó en que su cuerpo tan de niña, pronto comenzaría a cambiar y a convertirse en uno muy parecido al de ella. Tragó un sorbo de café y miró el techo de la cocina. Tan pulcro. Continuó mirando el techo comprendiendo que la vida es injusta porque sino no sería vida. Si seguía pareciéndose tanto a ella, a Cristina muy probablemente le tocaría, en varios años, comprar las ultra soft plus. O quizás habrán inventado alguna otra cosa todavía más efectiva. Para ese momento ya Sara habría pasado la menopausia por lo que la experiencia que podría brindarle a su hija sería ilimitada. Luego bajó la vista, la posó en Jorge, tan tranquilo tomándose un café, sin ningún tipo de perturbación corporal en ese preciso segundo. Lo imaginó viejo, con problemas de próstata, yendo al baño a cada rato y, aunque sonrió maliciosamente por dos segundos, volvió a pensar en la vida, en lo injusta que puede ser. Sintió unas manos pequeñas que delicadamente la abrazaron por la cintura y además escuchó un te quiero de una voz todavía infantil pero un tanto más gruesa. Sara no entendía por qué después de tanta angustia y visitas al obstetra de alto riesgo, tantas complicaciones, tanto dolor en los partos, ¡y en los pospartos!, hemorroides, heridas cicatrizantes, pezones agrietados y sangrantes; no entendía por qué después de varios años todavía llevaba sombras consigo. Estando parada sintió un chorro muy fuerte y un tirón en el vientre. Tomó una gran cantidad de café que le calentó la garganta. Otro chorro a propulsión se deslizó pero esta vez encontró un espacio para escaparse de donde debía quedarse escondido, como un secreto aberrante, como una letra escarlata. Cada mes Sara tenía que llevar pantalones negros por una semana para esconder aquello que le manchaba la ropa, aquello que empezó a mancharla después de tener hijos. Sara no entendía por qué.

 

Worcester 2018.

 

Naida Saavedra (Venezuela, 1979) obtuvo con Vos no viste que no lloré por vos el premio Historias de Barrio Adentro 2009 de la editorial El Perro y la Rana. Su cuento “Vestier” ganó el premio Victoria Urbano de Narrativa 2010 de la Asociación Internacional de Literatura Femenina Hispánica. En 2013 fueron publicados Hábitat, Última inocencia y En esta tierra maldita y en 2015 su primer libro de cuentos, Vestier y otras miserias. Saavedra posee un Ph.D. en Literatura Latinoamericana de la Florida State University y sus investigaciones abordan la literatura caribeña contemporánea y la Latin@ Literature, centrándose en los temas del desarraigo y la posmodernidad. Reside en Estados Unidos, donde es investigadora y docente de la Worcester State University.

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