Esto no es un manifiesto

Pinina Flandes Publicado 2018-05-07 02:07:03


Pinina Flandes. Foto: Hernando Toro Botero

 

“La ironía trata del humor y de la seriedad. Es también una estrategia retórica y un método político para el que yo pido más respeto dentro del feminismo socialista.”
—Donna Haraway

 

Las rebeldías no siempre se quedan en una fuerza que riñe con las instituciones simplemente en un antagonismo que se queda en la mera indignación. Algunas rebeldías se organizan. Si bien la fuerza y el furor de algunas rebeldías alimenta los combates, ciertas rebeldías pueden apuntalarse desde un análisis creativo que organice las rabias, algunas rabias, y las haga fecundas. Ante la rampante precariedad y la crisis en la que el sistema se sume por su insostenibilidad, se puede iniciar unos análisis y unas propuestas de fondo que permitan llegar a construcciones concretas, a desafíos vivos, inmediatos, cara a cara con los burócratas y con lo establecido

Se puede, por ejemplo, como bien indica Donna Haraway, proponer la ironía como un medio, una manera de dar en el lugar retórico que nos puede ayudar a configurar actos cruciales de resistencia. Ironías que no se someten al dogma de alguna postura pseudocrítica, o de una crítica que no asume su situación y su precariedad; una ironía que usa el lenguaje en su múltiple posibilidad para articular un desafío abierto a la postura dócil de los que hablan, pero que no ejecutan actos instituyentes, sino que reproducen acciones constituidas, permitiendo una narrativa vacía sobre la rebeldía y las resistencias.

Se pueden configurar nuevos mitos desde las ironías de la comida, de la carne, del deseo, de las rutinas cotidianas, de las maneras de hablar, de escribir. Decir, por ejemplo: “esta cuerpa es mía, esta letra es lo que puedo hacer conmigo”; o escribir en grande, en ponencias, en lugares serios: “amo a mis amigues, camaradxs, ellas y ellos, l@s que luchan, estamos actives en una escritura insoportable, incómoda, por irónica, imposible y lejos de cualquier orto-doxia que intente acuñarnos desde un régimen no impugnado”.

Hacer del vestido una ironía, del género un laboratorio para ironizar, para inflexionar y llamar la atención sobre los mitos tan estrechos en los que las costumbres nos sumen. Se pude una ubicar, “une se puede ubicar”, parcialmente y con conciencia del sesgo, en un lugar particular y desde ahí hincar el diente y pegar la mordida que inoculará un poco de veneno en alguna parte del sistema y de la máquina; mordisco de esta rabia feroz ante la inclemente injusticia contra todxs nostres; mordida de indocilidad irónica que inspire y despierte a las generaciones venideras. Una especie de acción histórica responsable para que la antorcha de la rabia no se apague y otroas pueden activar su rebeldía, canalizando, a la vez, la fuerza con una mayor precisión para derribar lo que debe derribarse.


Ahora bien, no se puede juzgar la incidencia de algunas rebeldías con el ímpetu y la urgencia de ver transformado todo el aparato de una vez por todas. Se puede pensar en una concepción del tiempo diferente —por ejemplo, un tiempo que zigzaguea, que se circula, que se suspende, que no es proléptico, que ahora sí lo es, que es un tiempo alcahuete, un tiempo para dormir y amar, un tiempo del cuerpo, otros tiempos que se cuentan en ábacos de lamidas—, sin dejar de actuar ahora. La idea de una revolución que nos liberará ahora y que llegará a nosotrxs en cuestión de minutos, horas, días, semanas, años, es una quimera. La rabia que fertiliza nuestra disidencia opera insipiente en la más audaz crisis de la globalización y la exclusión. Vamos lentamente, pero vamos.

Cansadas del silencio preferimos el ostracismo a quedar paralizadas por la gran herramienta sistémica del conformismo, de la diplomacia y el eufemismo; en otras palabras, nos despojamos del miedo a hablar. El burócrata indica que no es procedente, prudente; nos aconseja cuidar la imagen, el buen nombre, el prestigio; pero nosotres no tenemos miedo de cuidar la imagen. Desafiamos la imagen y rompemos el régimen de una estética pacata y servil; somos bien feas, ordinarias, de la calle y pintorescas. Preferimos ser sinceras a riesgo de esta exposición flagrante. A pesar de todo, no nos pueden quitar la palabra, los sonidos, la voz. Queremos salir y hablar con la inquietud que se apeñusca en la boca, que recorre por el cuerpo; no pueden detener la audaz presencia de este hilo de carne desnudo, ni este zumbido de enjambres que se aloja en la garganta, en los pulmones y que insiste en expresar toda esta intensa e inmensa experiencia de devenir rebelde, instituyente y experimentalmente irónica.

No apaciguarían, bajo la amenaza de ningún cepo, esta inquietud por nosotres, hermeneutas de nuestra subjetividad, argonáutas del nosotres mismes. Viajeras del cuerpo, tenemos por mar la sangre y por puertos los orificios que nos comunican con las otras, con los otros, con les otres. Cuerpas oceánicas, acuosas, viscosas, lúbricas; pero recuerden hermanoas; irónicas hasta el cansancio, intensamente irónicas y para nada mudas.

En cada grieta pequeña que ocasionamos y en cada conversación disidente en el restaurante, en el autobús, en el metro, en la banca del parque hacemos grieta; incluso cuando hablamos en voz alta a solas en una cafetería del barrio para que todes nos escuchen (aunque nos tilden de orates) abrimos pequeña brecha; en cada reflexión de textos rebeldes, en las aulas en las que pensar no es un lujo sino una posibilidad matriótica; en los acoplamientos no reproductivos; en cada incursión dentro de los pensamientos críticos y las estrategias de desestabilización, estos sujetos-cuerpo no hegemónicos, parciales, localizados, contagiamos, virusiamos, alimentamos el gorgojo de la duda; ejecutamos un gran triple salto mortal de la “skepsis” (¡Ah! el esquicito arte de la duda).

El escepticismo cobra fuerza y, aunque no se hace legión, somos fecundas; reitero, somxs enérgic@s y enérgiques, conscientes que ya no se requiere la totalidad enunciativa, por el contrario, la tarea es prescindir de ella. Queremos dejar el lugar de quienes hablan en nombre de “todas” y “todos”, de “todes” y “todis”, de “todus” y las demás posibilidades generalizadoras que contienen los cuantificadores de la totalidad, el todxs o el ningun@. Ahora se está geolocalizada, corpolocalizadx; así, el lugar se afirma en la sombra de las que hemos puesto y expuesto el culo —como dice Lemebel—, el pecho, y sí, en nuestro caso, hasta la mejilla —como niega Lemebel quien no quiso poner la mejilla, sino solo la nalga por sus propias razones—; y el corazón, al azaroso e inclemente clima de la tergiversación, la mala interpretación y el rechazo.

Al fin de cuentas el descarrío y la locura es nuestra. Ahora se piensa ubicadxs, dado que pensar generalmente, totalmente, universalmente, distrae la acción situada y el particular combate. Nuestra máxima pretensión es encontrar las formas de encuentro y traducción de estas rabias juntas, hacer un compinche de rabias; un manojo de rabias que estén al menos juntas, si es que no pueden estar revueltas; unas rabias que no se arrabien entre ellas, sino que se encuentren en una banda de transferencia que, conservando su diferencia y distinción, las lance contra el régimen opresor que para todes, tan distintamente localizadxs, es el mismo.

 

Pinina Flandes será parte del programa Trans/tocando el binarismo de género

 

Pinina Flandes. Es el nombre perfómatico de Yecid Calderón (Bogotá, 1975), académico y artivista colombiano en defensa de los derechos de las personas sexual diversas; gestor de estrategias para la comunicación y traducción de tácticas de resistencia frente a la exclusiones de diverso cuño. Pinina Flandes funge como un "laboratorio performático" que despliega, mediante el performance, un activismo vinculante entre academia, reflexión, poesía y rebeldías propositivas, afectivas y eróticas.

 

 

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