Una caricia a la piel de la calle: entrevista con Primo Mendoza Hernández

Lydia González Meza y Gómez Farías Publicado 2018-06-08 07:24:25


Primo Mendoza al resguardo de la Diosa Coyolxauhqui. Foto: Lydia González Meza y Gómez Farías

 

¡A la one!

En su infancia, una imagen marcaría profundamente a Primo Mendoza Hernández: los paseos de domingo con su padre en el tianguis de chácharas de Tepito. El placer cifrado en el acto de seleccionar herramientas, juguetes, ropa y demás curiosidades, no solo lo dispondría a dialogar con aquellos elementos, le educaría a discernir lo extraordinario en lo cotidiano; sentaría las bases de su creación literaria. La larga galería sobre la plancha de asfalto —exhibición de un conjunto abigarrado de artículos disímiles que las clases populares resucitan— originó su diálogo con el museo multidimensional de la calle. Esta memoria temprana lo llevaría a seguir deambulando por el barrio de Tepito en la década de 1970 y a toparse con la Mona Lisa de Daniel Manrique. Aquella Gioconda de los caracolitos lo invita a quedarse a preguntar y lo conecta con otros artistas del barrio; Primo converge desde entonces con el movimiento cultural Tepito Arte Acá.

Lo anterior, aunado a “una ensalada de lecturas y una aproximación poco disciplinada a los libros” —lo mismo le entraba a Chéjov, Hesse, Reed, Rulfo o a La literatura de la Onda— le originó, “por contagio”, “un sarpullido escritural” plasmado en cuentos que años más tarde compendiaría en su libro Territorios (2009). A lo largo de 20 años, esos relatos aparecen atomizados en revistas como El ñero en la cultura, El ñero ilustrado, Desde el zaguán, Novedades y en antologías como El lado oscuro de Tepito, Netamorfosis, Tepito Crónico, etc.

Entre los caminos de su vida estuvo el que lo llevó a Ciudad Nezahualcóyotl. Producto de esta experiencia es su libro de crónica Nezahualcóyotl de los últimos días (2005). Sin embargo, si hubiese una obra que Primo volvería a escribir palabra a palabra, ésta sería Territorios. Un trabajo editado por banda varia en talleres de escritura como el Sótano de los Olvidados, producto de la generosidad de muchos y también de una pluma que ha dado voz a la experiencia estética de las clases populares.

 

Me quedé de ver con Primo en la antigua Academia de San Carlos.

"Hasta la Victoria de Samotracia", nos dijimos un día antes y camino presurosa entre la multitud bajo un sol abrazador. Lo conocí en el Sótano de los Olvidados cuya sede fuese la colonia Ex Hipódromo de Peralvillo. Salí con un tomo de su libro Territorios y de camino a casa, sentada en algún vagón del metro de la línea 2, lo abrí en la última página donde exponía lo siguiente:

 

Un territorio no es sólo un espacio geográfico, a veces es tan pequeño como un cuerpo o tan grande como una quimera, una fantasía, parte de la utopía.

Uno encuentra el territorio que merece, a menudo el que necesita, pero hay una búsqueda innata con un mucho de nostalgia, como si algo perdido se buscara sin cesar. Borges, Rulfo, lo sabían.

Tepito, Neza, la ciudad toda, el paisito que se nos escapa de la mano; el corazón en condominio, la venta de garaje de ilusiones usadas, la Perestroika del pueblito. ¿Dónde buscar? ¿Dónde encontrar? ¿Adónde vamos? ¿Cuál es nuestro territorio?, diría una voz interna cultivada en la caja Petri de los sueños.

En la esquina del mundo se ve partir el último tren, el primer navío, en ellos va humo y vela, la paz que navega con bandera de alebrije, canto de sal, arena y limo, la certeza de que no somos eternos. En esa misma esquina vemos los que se quedan, los que no quisieron zarpar ni arrimarse al techo de las estaciones siquiera para oír el canto de gaviotas o el zurear de las palomas. Ahí están los solos, los inéditos con su transparencia y la virtualidad de consignas apagadas.

En la esquina pasa la vida, joven, divorciada, rebelde, efímera costumbre de respirar; junto pasa al viejo refrán, la sagrada palabra hecha conjuro o constatación sustancial. Damos palos de ciego, somos tuertos en un país de ciegos amenazados por cuervos, pero tenemos la palabra, el glifo cifrado en la extraña locura que nos libra y sana de la violencia de instituciones caducas y nos arroja al territorio de la resistencia.

El territorio es entonces cotidiana imaginería heredada y por heredar, constatación inobjetable de que somos tránsfugas eternos en busca de verdades relativas y empecinados creyentes de que siempre habrá territorios nuevos por abarcar.

 

Su conceptualización del territorio resonó con fuerza: esa noción de una geografía material e inmaterial que abarca los reveces de la palabra, la memoria de lo vivido y el horizonte de lo imaginado se convierte, al unísono, en provocación existencial y epistemología vital. Esta noción de los territorios se expone en cada uno de los relatos, y encuentra su expresión más acabada en esta suerte de manifiesto con el que cierra la obra.

Tiempo después me vine pa´l gabacho. Aquellos postulados comenzaron a manifestarse como un mantra en mi cabeza. En la medida en que el fondo tomaba forma, se convertían en una cartografía para repensar la experiencia por estas tierras inhóspitas, pero también para elucubrar la forma en que nos llevamos el territorio dentro de nosotras.

Llego acalorada y sudando a chorros a nuestro encuentro. Un hombre menudo, moreno, de bigote y pelo entrecano me recibe. Con su voz metálica me invita a dar un paseo por una de las exposiciones para que se me baje el cruel bochorno. Mientras caminamos frente a obras de Goya y Toledo, Primo enumera los cuadros que ya tiene en su casa. Su puntada me provoca una risa abierta que rompe con la solemnidad de las grandes salas. Me cuenta sobre los últimos proyectos artísticos que se están cocinando en Ciudad Neza y sobre las hazañas de las Poquiankitsch —un grupo de performers del barrio de Tepito— por Europa.

 

¡A la two!

─Do tus pasos os llevan hijín-

─Maestrín, voy sin duda alguna a la Villa de Tepito, famosa en todos lares por su vendímia.

─¿Y qué lugar de la Mancha urbana es ése, que mi oreja gacha no ha oído nombrar...? Y ved bien, que se de eso, puesto que Cruzado he sido, por gracia de los Ejes.

─ ¿Abrase visto, Maese Carnalín de la Barca, que ni siquiera coplas a vuestro sacro oído han llegado?

─Nel, mi buen Archipeste. Y puesto que sordo he sido, ¡hágase vuestra voz lazarín de mi conciencia en blanco!

─Vale Carnalín: en una región del DeFeso, cuyo nombre bien recuerdo, mucho tiempo que existe un afamado mercado; preciado regalo de quién, como vos, posee alma chacharera. Lugar bien ponderado, y donde a fe mía, aún cabe el misterio y la sorpresa. Diariamente exponen en grande romería, trabajos y armatostes cientos de Hidalgos comerciantes... Esto mesmo a unas cuantas hanegas de tierra do mora el feudo del Virrey Gandalín, fiel escudero de la casa de los zorros de buena cepa gringorina, Y que pa´ mayores señas posee en su escudo de armas un águila partida cual pollo de rosticería; y es su noble jobi el cultivo de los botines y la cetrería.

“Mester de ñerería”, fragmento extraído de Territorios

 

Decidimos salir a dar la vueltaen busca de un lugar donde realizar la entrevista, peregrinamos por el Centro Histérico de la Ciudad de México. Hacemos una parada con el maestro Alfredo Arcos, muralista de Nezahualcóyotl. Finalmente, llegamos a un perentorio destino bajo el regazo de Sor Juana Inés de la Cruz y conversamos.

—¿Qué es el movimiento cultural Tepito Arte Acá?

—Tepito Arte Acá es la primera manifestación teórica y práctica —comienza como práctica y se desenvuelve como teoría— de la modernidad vista a través de un barrio en el cual la marginación se hace evidente, pero también la respuesta del barrio a esa marginación a la que le han sometido. Una manifestación de carácter urbano marginal —otro ingrediente importante—, una respuesta de carácter social que implica cultura. Muchos son los agentes que intervienen en ello: el 68, el movimiento estudiantil; pensar México de una nueva forma que lleva a abrir las orejas como antenas hacia muchos lados: la teología de la liberación, el jipismo, el existencialismo, todas estas ideas que apuntan a romper con moldes y a ejercer una libertad, aunque sea limitada, pero que es una libertad.

Todo esto incide en una generación que no nada más es de Tepito, lo mismo sucede en la Del Valle, la Narvarte y otras partes de la ciudad, de ahí es José Agustín, La literatura de la Onda, escritores que pertenecen a una clase media de los sesenta. Todo ello madura en los setenta para originar una eclosión de diversas manifestaciones artísticas, entre ellas, Tepito Arte Acá. En esa época comienza a generarse Chin Chin, el Teporocho, ese Virgilio que te lleva por la oscuridad de las tripas de los barrios a las entrañas de una ciudad hostil donde parece que no hay redención, pero que te impulsa a sentir ciertos valores que están latentes. Tepito Arte Acá no solo se vierte en la literatura, sino también en la pintura, en un neomuralismo que, aunque no fue bautizado de esa manera, marcaba los límites imprecisos del barrio, como un río de extravagancias que te daba cierta ubicación en tiempo y espacio entre las calles de la ciudad.

—¿Cómo surge este movimiento?

—Surge como una serie de visualizaciones urbanas. O sea, todo movimiento de estas características empieza por una señalización, por símbolos, por simbologías, por provocaciones. Tepito siempre ha sido provocativo en sus situaciones cotidianas, comerciales. El ¡álcele de a veinte! te invita a acercarte a ver qué hay en las planchas. Distintos objetos de distintas procedencias que se fabrican en distintos mundos, que vienen del exterior y se recolectan en el interior exponiéndose loza por loza para intercambiarse entre las clases populares que le dan una segunda vida a este conjunto abigarrado de objetos. De igual manera en Tepito se comienza a reciclar la cultura. Aparece Lla literatura de la Onda escrita por hijos de familia que escriben de manera independiente, pero que vienen de la esfera de la clase media. Y por contagio surgen expresiones en Tepito que adquieren una particularidad propia que no se da en sectores de la clase media.

Ese distintivo tiene que ver con los juegos del lenguaje, con ese lenguaje florido, ese lenguaje que parece que no dice nada, pero expresa mucho, es una parte esencial para la fundación de una propuesta urbana y, por primera vez, marginal. Claro que de la elite marginal que ha aprendido a caminar y tender hilos en la capilaridad social y ha cursado más allá de la primaria o la secundaria. No es arriesgado decir que es una elite marginal. Desgraciadamente así es. En los setenta en el barrio, llegar a la prepa o más allá te convertía en parte de una elite. Y esa gente se empieza a vincular al arte y a las corrientes artísticas. La Esmeralda es un polo de atracción donde el mismo Manrique o Casco acuden a tomar clases y a que les critiquen sus pinches cuadros, como decía Manrique.

Sin embargo, es una gente de elite que es capaz de vincularse con su barrio, de conservar los mismos amigos, de tener a su jefecita y perpetuar toda esta formación social de la que no se separa. Fueron personas que durante muchos años vivieron en vecindades que tenían un solo baño colectivo y que de ese precarismo hicieron virtud al generar una puerta luminosa, con misterio, el hombre de la moto, los cables, plancha-calle, toda una visión que obviamente no se da dentro de la clase media y que por eso tiene un gran mérito.

La primera exposición en la que esas manifestaciones se van definiendo y nombrando como “Arte Acá” mostró el wáter en el lugar central y distintos elementos como las macetas, el baile, la protocoreografía del ambiente de la vecindad, digamos. Se vuelve un éxito. Después para ponerse más filosóficos se sacan de la manga el monumento a la eternidad: una base en la que había algún prócer de esos de Reforma y que ya no tenía nada arriba, ahí la eternidad. Entonces son propuestas a las que ya les subyace una lógica; que no solo manifiestan una manera de apropiación del espacio donde viven, sino que trascienden ese espacio mediante la reflexión de dicho espacio. De reflexionar con la gente y no solo intercambiar ese lenguaje muy particular, sino empezar a ver que es un lenguaje entrañable, íntimo, propio y que nos identifica y nos hace sentir parte, más allá de una familia o de un clan, de una comunidad que tiene una historia común y un destino común que se está forjando. ¿Cuál es ese destino común? La música, la pintura y la literatura, esos son los tres ejes con los que se comienza a trabajar en Tepito Arte Acá y después viene el teatro, que continúa hasta nuestros días como cola de aquellos años setenta y ochenta.

—¿Cómo converges tú con el movimiento Tepito Arte Acá?

—Es parte de una situación sintomática de Tepito: encontrarme con la Mona Lisa hecha por Manrique que está haciendo violines —quien no conozca los violines mexicanos que lo investigue— y aparecía en una publicación que se vendía en un puesto del mercado junto con otros productos. Llama la atención; el público que camina por Tepito se detiene, la ve, la compra, se la lleva, pero yo me quedo a preguntar y así conozco al grupo de Tepito Arte Acá que ya estaba consolidado por aquellos entonces. Después escribo en sus revistas más importantes: El ñero en la cultura, El ñero ilustrado, Desde el zaguán, etc. y le entro a los fanzines y a las revistas independientes de las cuales existen unas 30 o 40 en Tepito a lo largo de los años.

Cómo se originan estas publicaciones; cuando la propuesta de Tepito Arte Acá ya está madura, se dice que Tepito es el ombligo del mundo, tomado un poco del ombligo de la luna.  Ese chovinismo —que como platicábamos, uno no tiene la culpa de que El Chobi haya nacido en el mismo lugar donde uno nació ni de que haya un Chobi en cada barrio— se condensa en una propuesta ya madura que, junto con otros agentes externos como los movimientos sociales y el movimiento religioso, buscaba alternativas para la juventud. Así se originan propuestas que son apoyadas no solo moralmente, sino acercando los medios para que se realicen, situación que lleva a que se edite la voz del barrio y por consenso, éste sería el origen de El ñero en la cultura.

 

¡A la three!

La crónica antigua era de los hombres y sus hechos, de las mujeres partisanas que paraban las pipas de agua, de sus héroes institucionales o de calle. La crónica era la fe y la voluntad de los colonos, no había mucho que decir de una geografía que visualmente se componía de elementos básicos como el viento, el agua, la tierra, y el fuego cristalino y devorador del salitre. En la memoria antigua hubo mueblerías que vendían en abonos eternos, uno o dos baños de vapor y regadera con peluquería por colonia. La crónica era la sucesión invariable del poder, el registro de un puñado de colonos en pie de lucha que a veces quemaban camiones o se declaraban en huelga de pagos.

Los héroes institucionales se agotaron, los de la calle y banqueta han perdido mucho de sus ilusiones, del aura mítica que les rodeaba como dirigentes, otros se han ido p´al gabacho de donde a veces regresan. Las mujeres se han tornado vendedoras de Am way, zapatos Andrea, Toperwer, Jaffra, joyería y bisutería y a nuestros jóvenes les ha dado por aficionarse a la tele, al videojuego casero o de la esquina, a la vida loca.

“Por qué me metí en este rollo”, fragmento de la introducción a Nezahualcóyotl de los últimos días

 

—¿Qué da lugar a tu primer libro, Nezahualcóyotl de los últimos días?

—Viene de un cambio muy radical de rata o de ratón de ciudad; de un urbanismo fácil a un Nezahualcóyotl violentado por los movimientos políticos; de las perspectivas de los precaristas que se asientan en lugares inhóspitos donde no hay agua, no hay luz. Yo llego a Neza después, cuando ya han resuelto muchos de estos problemas por sí mismos: metieron la luz, el agua, construyeron sus casas como pudieron. Y el municipio y el estado de México se encuentran en la fase de agandallamiento de estos movimientos precaristas que poco a poco han ganado su lugar en espacios de una geografía hostil que han modificado. Esa es mi impresión primaria.

Ahí se crea la primera comunidad cultural existente en Ciudad Nezahualcóyotl que da cuenta de un territorio muy específico donde se da una precariedad que genera cierto orgullo y disposición a construir por ellos mismos. Es decir, Nezahualcóyotl se crea a sí mismo. Y esa instancia brinda el espacio para que se dé una cultura muy sui generis donde las expresiones artísticas acontecen en la calle, posteriormente, esos grupos forman entidades conocidas como centros culturales. Así de sencillo y fácil.

Ahora, hay que aclarar que el precarismo en Neza es un precarismo entre comillas. Generalmente los precaristas se apropian de tierras, pero en Ciudad Nezahualcoyotl llega gente que se sacrifica ahorrando para comprar un terreno que será escamoteado y por el que le van a estar cobrando y cobrando enriqueciendo a una clase terrateniente, a los fraccionadores y a gente de gobierno.

De esa experiencia, dos décadas posteriores viene mi libro Nezahualcóyotl de los últimos días. Yo no viví aquellas épocas en las que se llevaba la electricidad desde kilómetros y se acarreaba el agua por seis cuadras o más ni me tocó construir una casa o los terregales que se metían como moscos por los ojos, los oídos y el cabello. Escribo una crónica histórica desde la perspectiva de la modernidad. Anteriormente, Ciudad Nezahualcóyotl era una ciudad dormitorio, en la contemporaneidad forma parte de un corredor donde lo más clásico es que lleguen desde Oaxaca a Ciudad Nezahualcóyotl y de ahí a cualquier punto donde tengan familia en Estados Unidos. Llega entonces una modernidad que nos han vendido: la construcción de malls, la aparición de casas de cambio, de cadenas como Bísquets Obregón, el flujo de dinero derivado de una clase muy específica que es la de los comerciantes. Ellos cubren la vasta geografía de Ciudad Nezahualcóyotl, de norte a sur y de sur a oeste, incluso llegan a partes más alejadas de Ciudad Neza que están unidas por un cordón umbilical que es el Aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México.

Entonces el libro de Nezahualcóyotl de los últimos días trata de reflejar esta Neza contemporánea, marcar los signos del cambio y el devenir de una conciencia de pertenencia que no tiene un mito tan desarrollado como lo tendría Tepito. En Neza se da una literatura del polvo, una literatura del lodo, una literatura nostálgica, doliente, de queja ante el abandono que sufrieron sus moradores. De este contexto también surgen los términos Nezahualpolvo en los tiempos de estío y Nezahualodo en los tiempos de lluvias. Además, es un territorio en que privan los perros. Así aparece una primera mitología, sí referente a Nezahualcóyotl, pero también a los perros, ambos, nahuales simbólicos de la conciencia de pertenencia a ese lugar. El perro eventualmente se vuelve una entidad que sustituye al propio nahual del coyote. Ya no es el coyote hambriento, el perro se convierte en su emblema cultural. Alfredo Arcos, primer muralista de Nezahualcóyotl, lo dibuja muy bien.

—En cierto sentido, tu obra más acabada es Territorios la cual publicaste después de las crónicas sobre Nezahualcóyotl,pero que es la consumación de lo que escribiste durante muchos años. ¿Qué nos puedes comentar al respecto?

—Hablar de territorios es tratar de estructurar toda una vivencia de más o menos 25 años, de un trabajo que va de lo lúdico e inmediato, de la intoxicación literaria derivada de la lectura, a originar, por contagio, un sarpullido escritural. Uno empieza desde sus lecturas. Las lecturas más tempranas se remontan a cuando tenía cinco o seis años y van evolucionando para conformar un criterio literario que no por ello se avoca a una lectura disciplinada, sino al contrario, a una ensalada. Y esta situación se consolida a partir de todo lo que hemos estado platicando, de llegar a Neza y conectarme con los grupos germinales de Ciudad Nezahualcóyotl que se dan de forma autonómica y la segunda, es llegar a Tepito y colaborar en sus publicaciones más importantes. Esto me permite comenzar a consolidar, con la formación del taller literario del Sótano de los Olvidados, los escritos de todo un grupo de personas que habíamos escrito para estas revistas y que condensamos esos trabajos en una antología. Y estas antologías se van sumando. Ahí escribo sobre vivencias tanto de Nezahualcóyotl como de Tepito. En Nezahualcóyotl pasa algo similar, empiezan a nacer las revistas en mimeógrafo donde hago mis aportaciones culturales con cuentos y relatos. Y así se va formando un bonche que decido reunir para hacer el ejercicio de armar mi propio libro, un libro de autor. Porque me doy cuenta de que ninguna editorial me va a hacer esa chamba y que, si quieres libro, pues hazte tu libro. Esa es la realidad. Entonces me avoqué a hacer ese libro porque la experiencia de Los Olvidados, de Tepito, de Nezahualcóyotl nos había enseñado a mucha gente a hacer nuestros propios libros. Territorios es precisamente ese navegar entre dos mundos culturales que parecen opuestos, pero son complementarios. Hablo de su gente, que es una gente muy vinculada a su medio y a sus creencias, pero que también tienen expectativas más o menos comunes. Esto se vuelve cuento. Hablo de cuestiones que involucran un aspecto universal de cualquier humano en cualquier latitud y que tiene que ver con las pasiones humanas, pero matizadas por el medio ambiente y, fundamentalmente, por la vivencia. Así nace territorios, como un ejercicio escritural en el cual a través de los años y de una tesis, porque para mí Territorios es una tesis, uno cree merecer el título de escritor y ahora, con no tanta preocupación, puedo decir: Soy un escritor avalado por la gente con la cual presenté esta tesis. Y tan, tan con Territorios.

 

¡A la one, two, three, four!

Los tepitescos del colecivo Los Olvidados, personajes macizos y más que eso, sin albur, irradian la inspiración de quienes insisten en no callar, en exponer su palabra, en instalar una vez más la frontera porosa de una literatura vivida, desde y para el territorio. “!Ora sí, ya tenemos libro donde leer! Porque para eso están aquí. Y no es raro que abunde la violencia, es lo que más se ve, de ahí que Eduardo Vásquez Uribe haya titulado un volumen de crónicas como El lado oscuro de Tepito, porque el lado oscuro es el que los ojos que dictan lo que hay que ver no ven, el cultivo, el lado creativo que nunca se está quieto, ni siquiera para salir en la foto y que, a veces, cuando lo considera necesario, trasgrede leyes, literarias o de las otras, pues ni unas ni las otras las promulgaron ellos.

“A la salud crónica de Tepito”, prólogo de Eduardo Vásquez (Comp.) a la antología Tepito Crónico.

 

A lo largo de mi charla con Primo, algo que contrasta con el discurso predominante en los medios intelectuales es su noción inclusiva y comunitaria del arte y la cultura. “El barrio te da chance, ya si la haces, es responsabilidad del autor”. Me comenta Primo al evocar aquel primer encuentro con Daniel Manrique en que se le invitó a que participara de las publicaciones que se cocinaban y vendían en el mercado del barrio macabrón.

La obra de Primo no se puede entender bajo la noción del autor romántico que se hace en un largo y solitario camino de exabruptos emocionales, sino del que se concibe para, por, de, desde una colectividad y un territorio en el que —en palabras de Manrique— “se le recompone el himen a la metafísica; se le seduce, hasta el acostón, a la rejega sintaxis para criar herederos saludables; se les pican las nalgas a las palabras para ver qué gestos hacen. Todo para lograr que aflojen el cuerpo, el sentimiento, la risita cínica o festiva”.

En ese sentido, el trabajo que se ha hecho a través del colectivo El Sótano de los Olvidados tiene un valor adicional pues ahí los epígonos del movimiento Tepito Arte Acá continúan con una labor que más allá de la producción, está dirigida a integrar a amas de casa, estudiantes, intelectuales, artistas, tribus urbanas, etc. y tender la mesa del arte a la que tanto “quienes mueven la pluma” como “quienes comienzan a hacer sus pininos” están invitades a departir.

—¿Qué es el Sótano de los Olvidados y qué frutos ha dado a lo largo de las décadas?

—Los Olvidados es un grupo interdisciplinario que se interesa por muchas formas de expresión que van de la literatura, a la dramaturgia, del cortometraje a la cartonería. Tiene una formación cultural que se da entre los estudiantes y por la cercanía con la ciudad. Aparece como una iniciativa en las instituciones educativas como el Politécnico. Después cuestionará el espacio académico y se buscará un espacio independiente en los barrios donde viven los miembros. Así nace un grupo que va a aprender a hacer proyectos de carácter cultural. El teatro es una primera parte del modus vivendi cultural de esta organización que comienza a hacer dramaturgia y escenificación. Abuelita de Batman es una obra que en su tiempo tuvo su cartelera. De ahí surge el interés por el cine y la animación, pero también por el cartón.

Hacen una cartonería tradicional, pero se va innovando. Por ejemplo, la cartonería de los Judas se lleva al orden social y político, una crítica poco común por estar mediada por la risa. Un acto simbólico en el que se destruye el mal y el mal no está sino en la vida política nacional y mundial. La catarsis acontece a través de la risa. Con las calaveras hechas de cartón pasa un poco lo mismo, se continúa con la tradición crítica de José Guadalupe Posada, se venden un par de piezas en el extranjero y se les invita al Zócalo por siete años. Su expresión más acabada es la familia Burrón.

Posteriormente se comienzan a hacer videocrónicas y animación, a entrevistar a personajes del barrio. Y hacia los años noventa se organizan talleres culturales donde las actividades toman un sesgo literario. Se trabaja en hacer un espacio cultural donde la comunidad sea el eje central. Pero no es hasta la década de los noventa en que este proyecto se consolida en el Deportivo Tabasco.

A la literatura le seguirán los ciclos comentados de películas. Se invita gente de todo tipo. Quiero destacar este momento porque empiezan a llegar las tribus urbanas y entre ellos están un grupo de punks. Y este grupo de punks se empieza a aplicar en el teatro y a hacer sus pininos tanto en el manejo físico, como en el emocional y creativo de las obras de teatro. Este grupo que dura cinco años forma compañeros que siguen trabajando con niños, que siguen empecinados en ser actores, gente que se ha ido al interior de la república y que está trabajando fundamentalmente con niños para impulsar a nuevas generaciones. Se han dedicado a hacer escuela y formar gustos estéticos por el puro placer de hacerlo. Esa es otra característica de Los Olvidados, que, por azar si tú quieres, sabe formar gente. Una pedagogía armada en el aire con más instinto que sacando material del método Golpessori.

En estos cursos y talleres informales había gente que ya tenía escuela. Por ejemplo, las Poquiankitsch, quienes comenzaron a estructurar su discurso a partir de comentar el cine, de expurgarlo, de repensarlo. Ellas se van invitadas a Francia y también comienzan a trabajar con nuevas generaciones que tienen una idea muy particular de la instalación, del performance, de la intervención. Todos estos chavos que en la actualidad tendrán unos treintaitantos años se han consolidado como artistas independientes de una gran calidad puesto que sostienen y mantienen teóricamente su trabajo.

La última fase es la editorial, principalmente proyectos colectivos con becas PACMIC, muy pocos individuales. Se publican alrededor de 7 libros. El último de ellos es Tepito Crónico.

—¿Quiénes son todes estos intelectuales?

—Son intelectuales orgánicos del barrio que poco a poco la van haciendo, pero no por eso se les quita el cantadito, ni la cara de hamponcetes culturales. Son capaces de visitar al barrio por sus cuates. Nunca lo ha dejado. Nunca los han olvidado. No son desclasados. No reniegan de su ascendencia de la crema y la nata de un Tepito que culturalmente creció en los setenta y artísticamente sigue creciendo. No hay gran misterio ni cambio en eso. No han perdido ni la fisonomía ni el modito de andar, que es una forma específica, como adentrándose en la piel de la calle, caminando bajo su resguardo, acariciando con los dedos la piel de la ciudad.

 

 

 

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Selección de ‘Territorios’ de Primo Mendoza Hernández

Lydia González Meza y Gómez Farías es antropóloga e intérprete. Tradujo el ensayo "El vudú y sus dioses" de Zora Neale Hurston en colaboración con la editorial queretana la mirada salvaje. Militante del movimiento feminista y amante de la poesía, cofunda, junto con Franky Piña, La Proyecta, una iniciativa para dar voz y visibilidad a sujetas y desparramadas del arte, la cultura y la política. En la actualidad vive en Atlanta, Georgia y trabaja con migrantes mexicanos en situación de vulnerabilidad.

 

 

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