Nada dura cien años

Richard Rodriguez Publicado 2014-10-17 04:50:23

Richard Rodriguez me cuenta que, en un viaje que hizo a México, Enrique Krauze le confió que, durante la época de Vuelta, Octavio Paz había llevado a las oficinas de la revista varias copias de Days of Obligation: An Argument with My Mexican Father. De acuerdo con Krauze, Paz había expresado su admiración por este, el segundo libro de Rodriguez, diciendo que “por fin” un mexicoamericano había comprendido bien a México. La intención de Paz era traducir para Vuelta fragmentos de ese libro.

En una conversación que recientemente tuve con él, Rodriguez se lamentaba de que, después de la muerte de Paz, nadie en México hubiera mostrado interés alguno en su obra. Cosa rara teniendo en cuenta que autores de la talla de Joyce Carol Oates y Lewis H. Lapham, entre otros, han incluido a Rodriguez entre los mejores prosistas estadounidenses de la actualidad. Con actitud característicamente mexicana, Rodriguez se ríe de su suerte y me dice: estoy condenado a existir en una sola lengua. La presente traducción, que corresponde al último capítulo del libro en cuestión, es una tentativa de mostrarle lo contrario.

 ♦

Llegamos una tarde de verano en un viejo coche negro. Las calles eran arcadas de olmos. Las casas estaban pintadas de blanco. El horizonte era una planicie.

En los mapas, la ciudad de Sacramento, California, yace aproximadamente a unos 800 kilómetros de la plisada falda de México. Crecer en Sacramento me enseñó que la distancia entre ambos países era mucho mayor que la que cualquier mapa pudiera señalar. Pero esa distancia también podía ser proximidad, como las máscaras pintadas sobre la pantalla del cine Alhambra que representan la comedia y la tragedia.

Mis padres provenían de pueblos mexicanos donde las campanas sonaban a una hora de distancia de los relojes de California. Yo nací en San Francisco. Fui el tercero de cuatro hijos.

Cuando mi hermano mayor contrajo asma, los doctores nos recomendaron un clima más seco. Nos mudamos a Sacramento, a unos 160 kilómetros al interior de California.

Sacramento era una ciudad de viejecitas: “la Capital Mundial de las Camelias”. Las viejecitas en vestidos de verano eran las emperatrices de las aceras. Como si fuera parte de una receta, en Sacramento la naturaleza se entregaba a través de un filtro, a través de los mosquiteros de ventanas y puertas. Durante esas interminables tardes, mi madre cerraba las ventanas y bajaba las persianas del extremo oeste de la casa, “para evitar que entrara el calor”.

Mi padre odiaba la ciudad de Sacramento. A él le gustaban las ventanas abiertas. Cuando nos alejamos del océano, mi padre perdió la audición de un oído.

[…]

No me engaño. Atesoro nuestra fabulosa mitología. Mi padre se dedica a fabricar dientes falsos. Mi padre recibió tres años de educación primaria en México. Mi madre tiene un diploma de preparatoria de Estados Unidos. Mi madre teclea ochenta palabras por minuto. Mi madre trabaja en la oficina del gobernador donde las paredes están pintadas de verde. El gobernador es Edmund G. “Pat” Brown. Gente famosa desfila por el escritorio de mi madre. El jefe del Tribunal de Justicia, Earl Warren, pasa y la saluda casualmente.

Los domingos, después de misa, mi madre regresa a casa, se quita los zapatos de tacón alto, levanta la tapa del estéreo de caoba y pone tres álbumes mexicanos en el plato giratorio. Para cuando la aguja se ha enterrado en la arteria de la memoria, mi madre ya ha desenvuelto la carne y está armando un estrépito en la cocina con sus sartenes y tazones.

Siempre era una voz masculina. México le imploraba a mi madre. La quería de regreso. México le juraba que no podía vivir sin ella. México lloraba como mujer. México rugía como un toro. Decía que la iba a degollar. Juraba que se moría si ella no regresaba.

Mi madre canturreaba un poco mientras batía su mezcla amarilla.

Mi padre no le ponía atención a la música del fonógrafo. Se estaba volviendo piedra. Se estaba quedando sordo.

[…]

Mi padre fue quien me dijo que un explorador con mi apellido, Juan Rodríguez Cabrillo, había sido el primer europeo en ver la orilla de California subir y bajar desde alta mar. En la escuela una monja irlandesa confirmó el avistamiento. California era el último bastión del imperio español, dijo la hermana. “La Ciudad de México era la capital del Nuevo Mundo”.

México era la tierra natal, la patria antigua. En el sótano de la casa de mi tía Luna yo había visto tambos llenos de cobijas, camisas de franela, vestidos arrugados y cortinas desteñidas, todo con destino a México. México era el lugar a donde se mandaban las cosas una vez que habían envejecido, el lugar donde la tierra temblaba y los edificios se colapsaban y los pacientes ancianos, entre las ruinas, esperaban su nueva ropa vieja.  

La asociación de México con lo viejo me repugnaba. En el mapa del salón de clases de la hermana Mary Regis, a México se le identificaba como el MÉXICO ANTIGUO. En mi imaginación, México era una bruja bigotuda acurrucada sobre un tramo de lona arrugada que leía: México Antiguo.

En la Ciudad de México ya había universidades e imprentas, catedrales, palanquines y pelucas aristocráticas mucho antes de que hubiera colonias británicas en Nueva Inglaterra, me dijo la hermana. Mucho antes de que hubiera catedrales o pelucas o palanquines en México ya había indios en California. Tenían el cabello largo. Andaban desnudos. Comían bellotas. Se mudaban de campamento con frecuencia. El libro de texto de quinto grado no recordaba mucho más acerca de ellos. (Se parecían a mí).

De joven, y para cortejar a mi madre, mi padre, que era hombre naturalmente tímido, gastaba el poco dinero que tenía en un gesto extravagante: en entradas para la ópera. Cuando mi padre tenía siete años, su madre murió dando a luz a un bebé de nombre Jesús. Mi padre recordaba relámpagos. ¡Cómo había llovido esa noche! Su padre dobló las sábanas empapadas de sangre, las enaguas de su esposa y, con su hijo (mi padre llevaba un farol de mano), salió a enterrar las prendas. Unos meses después, el bebé murió.

Mi padre recordaba el funeral de su propio padre: el ataúd flotando sobre los hombros de los varones del pueblo, como si todo fuese un río que descendía por la colina y desembocara en el cementerio. Mientras el ataúd descendía hacia la fosa, mi padre se acercó y vio los huesos de una mano elevada hacia el cielo. Desde entonces nunca ha dejado pasar una oportunidad de husmear en ataúdes abiertos.

En algunas ocasiones, después de la cena, mi padre nos contaba historias de fantasmas.

“Eso no pasa aquí”, nos decía mi madre, interrumpiendo el cuento como un destello de luz no deseado. “Eso pasa en México. Esas cosas sólo pasan en países viejos. Durante la Revolución la gente enterraba su oro. Y, al morir, tenían que regresar a decirle a sus hijos dónde estaba enterrado el dinero para poder descansar en paz. Pero eso no pasa aquí”.

Los sábados de matiné en el cine Alhambra nos sentábamos en la oscuridad, debajo de gestos cómicos y trágicos, riéndonos de la muerte: nos reíamos del turista patético, de la criatura de la Laguna Negra. Éramos ascendientes de Arkansas y Oklahoma: arquies y oquies; éramos hijos de las Islas Azores. Nuestros padres, nuestros abuelos –alguien lo suficientemente cerca para poder palparle la piel, para susurrarle al oído– había dejado la tragedia atrás. Nuestros padres habían cruzado el río americano, habían llegado hasta Sacramento donde la muerte había perdido su señorío. Para todos aquellos que oteaban el panorama desde la distancia de California, las palabras de los muertos eran como las bocas que se abren y se cierran en las películas mudas.

[…]

 

México orbitaba en torno a la memoria de mi familia en forma de pequeñas esferas que supuraban congoja, cuentas de rosario que giraban bajo el peso aplastante de los dedos de mi madre. México. México. Mi madre decía que en México había rascacielos. “No juzgues a México en base a la gente pobre que ves llegar a este país”. En México había rascacielos, pirámides, gente rubia.

México llama por teléfono; llamada de larga distancia.

“¡Mataron a Juanito!”

Mi madre pega un alarido, deja caer el teléfono en la oscuridad. Le grita a mi padre. Quiere que prendan las luces.

Un cuervo desciende y se para en un cable, inclina y levanta la cabeza, se picotea el plumaje y se saca las pulgas, inspecciona el panorama, la nube de ácaros, con ojos parpadeantes, después se sumerge en el aire lácteo y se aleja.

En México la tierra se sacude. El peso flota como paja por el viento. El jefe de la policía le compra a su amante una residencia en una colina.

Suena el timbre.

Recorro las persianas y veo a las tres monjas en la puerta. Mamá. Mamá.

El monseñor Lyons ha enviado a tres monjas mexicanas a conocer a mis padres. Las monjas han venido a Sacramento a pedir por México en la misa de las once de la mañana. Somos la única familia del área que habla español. Conforme entran a nuestra sala, percibo un olor puro, que no es dulce, es puro, como de veladoras o ropa recién lavada.

La monja del bigote negro suspira al final de cada historia que las otras cuentan: un huérfano; un leproso; muletas; un tuerto; un ataúd.

¡Qué gran pena!

“Algún día tú irás allá”, decía mi madre. “Algún día irás y con toda tu educación serás ‘Don Ricardo’. Todas las muchachas te seguirán”. Por arte de magia, al regresar a México seríamos ricos: tal era el tipo de cambio. Nuestra fortuna se multiplicaría por nueve, como la edad de los perros. Seríamos ricos y felices en México.

Lo que mi padre recordaba de México eran los aspectos draconianos, el rostro masculino: el bigote partido sobre las falsas promesas de la ciudad.

“¿Qué hay que extrañar?” Mi padre se inclina sobre el mapa de México que he abierto sobre mi escritorio.

“Cuéntame algo sobre tu pueblo”.

“No está en el mapa”. Su dedo se desplazaba a través del desierto, borrándolo todo.

“Dime los nombres de tu familia, Papá”.

Mi padre fue huérfano en México. Para él, el México privado, el rincón femenino, jamás existió. Desde los ocho años mi padre trabajó para algunos parientes ricos; fue un niño pobre a quien un tío tuvo que tolerar. Recuerda a una prima adolescente que se acostaba al ponerse el sol y pasaba toda la noche llorando. Y las tías, tías jóvenes con el cabello hecho bollos esponjosos; tías viejas cuyo cabello se había marchitado y era un diminuto bollo seco. Mi padre no aparece en ninguna de las fotografías que ha almacenado en una caja de puros en el clóset.

La familia era prominente, conservadora, católica en tiempos de ira: los años de la persecución anticatólica en México. Mi padre vio a un sacerdote muerto meciéndose de la rama de un árbol. Mi padre recordaba a un sacerdote escondiéndose en el desván de la casa de su tío. Mi padre escuchó los vítores de las multitudes al paso del soberbio general. Mi padre recuerda a algunas de las personas preguntándose unos a otros cuál general era ese que pasaba, qué general estaba por pasar.

La iglesia era el hogar de mi padre; sus padres estaban en el cielo; el horizonte era el hogar de mi padre. Mi padre creció cerca del mar, soñando con algún día zarpar muy lejos. Un día escuchó a un marinero jactarse de Australia y decidió irse para allá.

La mano de mi padre reposa sobre el mapa, sobre un continente solitario, varicoso, sin amarras. Su pueblo natal estaba tan cerca de Colima que, durante sus noches de infancia, le tocó ver el novedoso resplandor de la luz eléctrica de Colima en lugar de las estrellas. Colima, la capital del estado, ya ha crecido bastante (ya tiene una estrella en el mapa). ¿Quizá el que fue su pueblo ahora no sea más que un suburbio de Colima?

Se limita a encoger los hombros.

Mi madre recordaba México de niña. Recordaba el sabor de la nieve mexicana: más cremosa que la de aquí. Recordaba sus recorridos alrededor de la plaza por las noches con sus hermanas, las noches cálidas de Guadalajara. Recordaba una casa –una dirección– sombras altas proyectadas sobre un muro dorado. En México su madre hacía encajes para vender, y parecía que tomaba los patrones del viento con los dedos, y los encajes caían, como copos de nieve, a través del tiempo. Mi madre guardaba una bolsa de celofán llena de encajes en un cajón de la cocina. Sacaba la bolsa para mostrárnoslos, desdoblando los encajes tiernamente como si fuesen telarañas. Las mujeres mexicanas son mujeres de verdad, decía mi madre, acariciando una carpeta bordada que había desplegado sobre la mesa. Pero la belleza del encaje le causaba ansiedad. Nos confesó que nunca había querido aprender a hilvanarlo.

Ah, pero Juanito, el hermano de mi madre, era tan alto como un árbol, tan fuerte como un árbol, de ojos sombreados. Y una vez la gente le lanzó monedas a mi madre cuando bailó sobre una mesa con botas altas, echando la cabeza hacia atrás como un poni al escuchar su apodo: Toyita, Toyita; recordaba la letra de la canción. Ah, no hay canciones de amor como las canciones de amor mexicanas. Este país es seco, como el pan tostado, decía mi madre. Como México no hay dos, decía, lengüeteando el néctar de la memoria.

Mi padre es un hombre de casi de la edad del siglo. De niño vio el cometa Halley y medía su vida a partir de esa experiencia. Dijo que viviría para ver el retorno del cometa y ahora ya ha superado su regreso. Mi padre comprende que la vida es igual de sorprendente que decepcionante. Partió de México casi a los treinta años con destino a Australia, y terminó en Sacramento vistiendo una bata blanca, en un cuarto blanco, rodeado de anaqueles llenos de dientes falsos que le sonríen constantemente. La ironía no tiene poder sobre mi padre.

Nuestra última casa estaba ubicada en la calle “Eye”, enfrente de un antiguo cementerio. Era un cementerio sin ningún recuerdo en particular. Una vez al mes, los empleados del ayuntamiento cortaban y regaban el césped del panteón. En el cementerio no había pergaminos ni barandales; no había lugares donde dejar flores. Había placas de granito a ras de suelo. Fechas lejanas. Nombres solitarios. Hombres. Hombres que habían llegado a California en sus etapas iniciales y habían muerto muy jóvenes.

Cuando Sacramento se vio en la necesidad de utilizar el terreno para construir una escuela en la década de los cincuenta, la nueva preparatoria Sutter Junior, no hubo ningún nieto ni nieta que llegara a reclamar los restos que ahí yacían. Un muro de triplay se erigió en torno al cementerio y, dentro de ese velo discrecional, las máquinas excavadoras comenzaron a avanzar y a gruñir, sacando montones pilosos y húmedos de lo que alguna vez había sido la luz del día; después llegaron camiones de remolque y se lo llevaron todo.

A principios de noviembre una espesa neblina se eleva del fondo del valle. A mi padre le sienta bien este antiguo clima que le recuerda el mar. Esta mañana mi padre está silbando mientras revuelve un par de huevos. Mi madre se aleja de la ventana, levantándose la bata de baño hasta el cuello. Yo estoy sentado en la mesa de la cocina. Tengo dieciséis años. Le estoy poniendo leche a mis Zucaritas, viendo cómo se eleva la leche en el tazón. Mis padres se van a morir. Yo me voy a morir. Todas las personas a las que conozco algún día se van a morir. Mientras mi madre se sirve café, el perico azul al que le ha enseñado a decir “muchacho bonito” se balancea en su pequeño trapecio.

Ya no recuerdo el frío. En mi memoria Sacramento es un perpetuo verano; el árbol de chabacano del patio está lleno de frutos; el cielo está templado y es tan blanco como una carpa.

En México mi padre era tan libre como las palomas. Recaía en él convocar la aurora. Todas las mañanas, a las cinco y media, mi padre subía los cuarenta escalones del campanario para tirar de las cuerdas que desataban las lenguas de dos campanas regordetas. Mi padre era el huérfano del pueblo, y despertar a sus habitantes y ver el pueblo volver a la vida era su obligación y su fervor y su diablura: las piadosas viejecitas encorvadas dirigiéndose a misa; los jóvenes a labrar el campo; el mar eterno.          

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La traducción completa, hecha por José Ángel N., puede leerse en su sitio.

Rights held by Richard Rodriguez. Contact Georges Borchardt, Inc. for permission to copy

 

 

 

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