Migrar es una manera centroamericana de vivir: Entrevista con Óscar Martínez

Publicado 2014-11-02 08:41:59

Un centroamericano es arrestado por las autoridades migratorias mexicanas mientras viajaba como indocumentado hacia los Estados Unidos. Toni Arnau / Elfaro.net.

 

Óscar Martínez es autor del ya clásico libro de crónicas que ilustran la romería centroamericana en su paso por México: Los migrantes que no importan. Martínez se convirtió en el primer periodista en escribir y denunciar esta tragedia de grandes dimensiones humanitarias. Su periodismo es comprometido, pero para nada cae en el libelo. Toma partido con las víctimas y con una prosa límpida reconstruye el viaje de los inmigrantes a través de la ruta de La Bestia. Las crónicas de Martínez son un termómetro que va registrando uno de los grandes temas del siglo XXI: la migración. Lo hace desde el periodismo, la literatura y la ética. Para los editores de El BeiSMan, Los migrantes que no importan es una lectura imprescindible.

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¿Qué fue lo que te llevó a embarcarte en este viaje en La Bestia?

Llegué a México como freelance en el 2006. Entonces trabajaba el tema del crimen organizado y me acerqué a la romería de los centroamericanos. Me llamaba la atención la mala cobertura que le daban al tema los medios locales: cubrían visitas esporádicas, notas lacrimógenas y temas abordados de una manera muy superficial. En enero de 2007 me acerqué al tema migratorio, en Ixtepec, Oaxaca, en el albergue del padre Alejandro Solalinde. Lo que vi era jodidamente cruel: era un desamparo tan grande, eran unas víctimas tan perfectas contra un victimario poderoso e impune. El tema migratorio me era tan complejo; incluía coyotes, burreros, juntadores, bajadores del desierto, halcones. En ese primer viaje entendí que no había manera de contar algo profundo sin permanecer en el camino durante largo tiempo.

Me largué de El Salvador para hacer trabajo profundo periodísticamente. Estaba

harto de trabajar en una redacción —La Prensa Gráfica, un periódico tradicional— y de tener la oportunidad de hacer un periodismo mediocre como el que se hace en los grandes periódicos, que más bien parecen pizzerías. Quiero creer que cualquier persona, sea o no centroamericana, que se hubiera asomado a ese traspatio en México se hubiera dedicado a cubrir este tema, pues no creo que una crisis humanitaria de esa magnitud la cubra alguien porque coincida su nacionalidad con la nacionalidad de las víctimas.

 

Generalmente, la migración es motivada por la violencia que sufre El Salvador, pero también Guatemala, Honduras y México. En nuestra época, ¿cuáles son las raíces de esta violencia que produce este patrón migratorio reciente?

Yo haría un matiz: la violencia siempre ha sido uno de los motores de la migración centroamericana. La gran migración de las décadas de 1970 y 1980 era provocada por las dictaduras militares o pseudomilitares, algunas de ellas estaban en Guatemala y en El Salvador. La gran población salvadoreña que se establece en Los Ángeles, por ejemplo, lo hacen durante esas décadas huyendo de una guerra.

La violencia sigue siendo un eje importantísimo. Sin embargo creo que hay dos ejes más. El primero es la reunificación familiar, que se piensa como palabras trilladas o una construcción sin contenido, pero tiene un gran sentido. Centroamérica por definición está dividida por un país que es México. Tenemos 2.1 millones de salvadoreños en Estados Unidos y 6.2 acá; o sea, tenemos una cuarta o tercera parte de nuestra población en Estados Unidos. No solo genera la necesidad de reunificarse por cosas naturales como una madre que se fue y quiere que sus hijos vivan a la par de ella e intenta llevárselos, sino que si no encuentra una vía legítima para hacerlo va a ocupar una vía ilegítima. En segundo lugar, esa construcción, desde la década de 1970, hace que la normalidad en la concepción de vida no sea en muchos centroamericanos la que nosotros tuvimos. Entonces era: “cumplo 18 años y voy a la universidad”. Lo hacíamos como por antonomasia, pero ahora mucha gente al cumplir 18 años se larga a Estados Unidos. ¿Por qué? Porque es un ciclo de vida familiar: eso hicieron sus padres, sus abuelos. Migrar es una manera centroamericana de vivir. Evidentemente mucho tuvieron que ver en la generación de estos hijos de la migración todas las políticas estadounidenses de apoyo a las dictaduras militares, de deportación de pandilleros a finales de 1980 y principios de 1990. La violencia de ahora está muy marcada por dichas características, al menos en El Salvador.

En Honduras es más complicado porque las pandillas no son el animal más grande dentro del ecosistema de la violencia. Hay otras organizaciones más grandes que las pandillas: la policía misma. En Guatemala también hay monstruos más grandes en el ecosistema de la violencia como los Zetas. En el Salvador el animal más grande son las pandillas, principalmente la Mara Salvatrucha. Escribí un artículo para el New Republic hace algún tiempo donde trataba de explicar por qué si una persona que vivía en una comunidad de la Mara Salvatrucha era expulsada —porque la Mara Salvatrucha desconfiaba de esa persona—, tendría una vida cancelada en un país como El Salvador. No puede irse a vivir a una Comunidad del Barrio 18 y no puede irse a otra de la MS, o puede hacerlo pero viviría bajo la espada de Damocles pensando que el día que se enteren en esa comunidad que proviene de donde proviene le van a matar a él, a ella y a su familia. Nadie quiere vivir miserablemente de esa forma. 

Por otra parte, todos los lugares a los que una persona de clase media baja de El Salvador se pueda ir a vivir están dominados por una de las dos grandes pandillas. En la capacidad adquisitiva de una persona de clase media baja, no hay una comunidad, colonia, cantón, barrio, caserío donde no haya presencia de alguna de las dos pandillas. Y es que hay personas a las que El Salvador se les agota para existir mínimamente con alguna dignidad. Esa gente evidentemente se larga, ¿por qué se van a Estados Unidos y no a Nicaragua? Porque Estados Unidos y Centroamérica —por culpa de ambos Estados— generaron una simbiosis natural. Es natural que esta gente agarre para Estados Unidos donde hay toda una cultura del ir y no se vayan a Madagascar o a un país europeo.

Pero creo que otra gran parte de la población, que es la que no aparece en titulares, o no sale en los movimientos de desplazados, migra por una razón que para mí es muy poderosa, es más humana. No es que haya gente que no tenga que comer. Viven en comunidades muy pobres dominadas por pandillas, pero cenan frijoles con arroz; comerán carne alguna vez a la semana. No son pordioseros como la gente quiere pensar. Algunos tienen un título universitario; trabajan y ganan una miseria. Para mí uno de los grandes motores de migración es el deseo de progresar. No de alimentarse: ésa es una necesidad animal por la cual incluso los animales migran. La necesidad de progresar es una necesidad humana: hermosa. Creer que tu vida no va a ser siempre levantarte a las cuatro de la mañana en una miserable casa para tomar un sistema de transporte podrido y llegar a un trabajo de mierda para limpiar mesas y repartir hamburguesas. Regresar a las diez de la noche a tu casa otra vez en ese miserable transporte con un sueldo miserable en tu bolsillo y no tener ninguna perspectiva de poder heredarle a tus hijos una vida distinta a la tuya. Ése es un gran motor: la superación. La necesidad de pensar como cualquiera lo quisiera pensar que hay algo más allá que esas miserables vidas a las que Centroamérica condena a un gran franja de su población más silenciosa y que no aparece en los periódicos.

 

Al escribir Los migrantes que no importan, mencionas que para salir del país hay una regla: primero no confiar en nadie. ¿Puedes expandir ese punto?

Los inmigrantes centroamericanos siempre la han pasado mal en México. Las bandas de violadores de La Arrocera en el municipio de Huixtla, Chiapas, existen desde 1998. Hay registros de un tipo al que llamaban El Harry que terminó preso en un penal de Chiapas, que asaltaban en moto a inmigrantes. Y las violaciones continúan ocurriendo. En 2007 los Zetas se escindieron del Cártel del Golfo. He estudiado a varios grupos del crimen organizado y nunca hubo uno tan brutal como los Zetas porque fueron creados como brazo armado de un cártel. Los cárteles son grupos que tienen un gran nivel de negociación política, no todo lo dirimen con balas. Hay cosas que lo dirimen pagándole a diputados o a gobernadores. Los Zetas no sabían de eso, ni de infiltrar grupos ni de infiltrar flujos… sin los contactos en Sudamérica de la droga, sin los contactos políticos para diversificar el crimen y meterse en temas de construcción, etcétera. Empezaron a diversificar sus rubros delictivos y encontraron uno en los migrantes. Eso cambió completamente la historia de la migración. Le agregó el fenómeno de la violencia, pero sobre todo le agregó estrategia.

Los Zetas dominan un sector y ahí cometen todos los delitos que les sea posible. En Tamaulipas, en un momento monopolizaron la venta de piernas de pollo… Ellos sacan dinero de todo lo que pueden. Entendieron que era necesario infiltrar a los centroamericanos con centroamericanos. Era necesario penetrar en los albergues a través de centroamericanos a los que corrompían, todo para que pudieran observar quién tenía dinero. ¿Cómo observás quién tiene dinero? Quien no come en el albergue tiene dinero para ir a comer en la tiendita de la esquina. Observás quién sale y hace una llamada telefónica desde una cabina; si llaman desde el camino, esa gente tienen familiares en Estados Unidos y esos familiares le van enviando remesas de Western Union a los diferentes puntos por donde van llegando. Entonces los Zetas infiltran el camino del migrante y destruyen la confianza natural que se creaba entre centroamericanos en un momento tan jodido como es el de cruzar México. Ahora es muy difícil confiar en alguien. Si alguien es muy amable en el camino con vos, si alguien te ofrece de comer, te dice que te sentés que jueguen cartas, que van a ir juntos en el tren, te ofrece un plato de comida… lamentablemente la primera reacción de un inmigrante es desconfiar.

 

Por cada diez centroamericanos que cruzan de Guatemala a México, ¿cuántos de ellos llegan a su destino final?

No existe un cálculo real de cuántos pasaron. Los que lo logran justamente su condición fue no ser detectados. Pero según el Departamento de Seguridad Interna de Estados Unidos en el año 2010 dijeron que cada día tres mil personas, de diferentes nacionalidad, entraban de forma ilegal por alguna de sus fronteras: marítima o terrestre. La Border Patrol calcula en la frontera que los que pasan son al menos la mitad de los que ellos detienen. Y cada año detienen a cientos de miles en los trece sectores en los que la Border Patrol divide la frontera. Así que son cientos de miles los que pasan.

El problema es el que un indocumentado cruce, hace que inicie un periodo de zozobra no solo para esa persona y esa familia sino incluso para el país. Los cerca de 60 mil niños no acompañados que entraron a Estados Unidos —este año fiscal por el que Obama decretó una crisis— un día van a ser devueltos a Centroamérica. Y muy probablemente muchos de ellos van a ser devueltos dentro de cinco, seis, siete o diez años cuando ya hayan construido una vida. Niños que llegaron de ocho años y que van a ser deportados de 18 a un país sumamente violento y que ellos no entienden y del cual ya casi no hablarán el idioma. Cada entrada de un migrante bajo este sistema abre la posibilidad de una deportación inminente. Y una persona deportada en El Salvador, en Honduras, en Guatemala, es una persona sumamente vulnerable. Hemos querido construir la idea, los medios de comunicación, de que todos los deportados son pandilleros o son criminales. La menor parte de los deportados son pandilleros o criminales. La mayor parte es gente que intentó mejorar su vida y fue lanzada para acá de vuelta. Ese grueso de la población va a encontrar condiciones muy duras. A decenas de miles de niños que este año lograron entrar, les espera un futuro aterrador cuando sean deportados a Centroamérica.

 

¿Cuál es la narrativa moderna de ser centroamericano tomando en cuenta la migración y las remesas?

La construcción, definida por los gobiernos, es de que un migrante es un héroe. Es decir, el monumento que tenemos en El Salvador es el monumento al hermano lejano; no al hermano violado. Nos gusta pensar que, en el imaginario, un migrante se parece más a una camiseta de Los Ángeles Lakers o a un televisor de plasma que a una mujer violada en un monte chiapaneco. En el imaginario colectivo centroamericano de la migración, vos podés preguntarle a alguien por la Border Patrol, preguntarle a alguien por Los Ángeles, por San Isidro, por el desierto de Arizona: son ideas que están en el imaginario. Preguntarle a alguien por Coatzacoalcos o por Apitzaco o por Tierra Blanca o por Tenosique, el Barí, el Veinte, Macuspana, el Ejido la Nariz, El Altar de Caborca. México ha desaparecido en el ideario de la migración. En el momento en que el inmigrante centroamericano ejerce su verbo que es migrar, moverse, ha desaparecido por conveniencia. A nadie le interesa que un migrante aparezca arriba de un tren congelándose en la Cordillera del hielo entre Veracruz y el Estado de México. Les interesa que aparezca en Los Ángeles la señora pupucera que triunfó y que mandó remesas. Esas son las historias que les gustan a los medios. Les encanta que el migrante, en los anuncios de televisión, aparezca una remesa, una persona sonriente que entra a un Western Union a sacar dinero y se va bien contenta a su casa. Ése es el ideario que el Estado ha creado del migrante. No es una víctima, es una persona que nos saca adelante. Y es cierto, casi cerca del 20 por ciento del producto interno bruto del Salvador son las remesas. Pero eso tiene una concepción bien jodida de fondo. Los Estados centroamericanos han renunciado a defender la vida y la integridad de su gente en México a cambio de no joder sus economías basadas en las remesas. ¿Cuándo se ha oído un pronunciamiento de tres presidentes juntos acerca de las decenas de miles de mujeres centroamericanas violadas en México o de la cantidad de secuestros masivos? Nunca he oído que un presidente centroamericano lo diga. Lo dice el viceministro para asuntos sin importancia del gobierno… El mensaje normalmente políticamente correcto por parte de los gobiernos es: “Migrar está bien. Ustedes sacan adelante el país. Sigan haciéndolo”.

 

Al final de Los migrantes que no importan mencionas cómo ves tú el periodismo y tocas dos puntos. Uno: iluminar las esquinas oscuras; y dos: hacer la vida más difícil para los que están en el poder y darles un poco de alivio a los necesitados. ¿Podrías abundar un poco sobre dichos conceptos?

El periodismo que yo hago consiste en contarle realidades a la gente. Yo elijo sacar las realidades de las esquinas oscuras de la sociedad porque creo que en las esquinas oscuras es donde ocurren los peores valores de la humanidad: la impunidad, la desigualdad. ¿A qué me refiero con la desigualdad? Un caso de ébola en Estados Unidos ha acaparado mucho más noticieros que 1,800 muertos en Liberia. La desigualdad es que la vida de un estadounidense vale más que la de 1,800 negros del África. A esa igualdad me refiero. Esa base de desigualdad, de inequidad y de injusticia porque solo en esa desigualdad pueden ocurrir cosas tan catastróficas como que haya una niña en Sierra Leona, África, tirada en un hospital a la par de un excremento de otro africano que está muriendo de ébola, pero todas las cámaras se van a ver al perro de una enfermera española a la que el Estado español sacrificó y que se llamaba Excalibur, y no a la niña que está a la par del pedazo de mierda en un hospital improvisado en Sierra Leona. Esa oscuridad es lo que permite que esa base de desigualdad y de injusticia se dé. Yo considero que el periodismo —a diferencia de lo que hacen las grandes cadenas— consiste en alumbrar esas esquinas oscuras. Es más difícil y es más incómodo. Es más cómodo ir a la casa de la enfermera y filmar al perro que irse a meter a un hospital de Sierra Leona y posiblemente tener que dormir en el monte. Es más fácil ir a una conferencia de prensa al Instituto Nacional de Inmigración en México que subirse al tren de los migrantes en México. Para mí, el periodismo consiste en asomarse a esas esquinas oscuras porque al alumbrarlas uno no decide si las cosas cambian o no. Yo he contado cosas terribles que siguen siendo terribles, pero al alumbrarlas, al menos la gente no puede decir que no sabía lo que ahí pasaba. La gente ya no puede asumir ni las autoridades ni las personas de a pie, ya no pueden asumir que ellos no sabían que esos funcionarios le hacía eso a los migrantes. O que ellos no sabían que por ahí pasaban migrantes porque nunca habían ido ahí. Alumbrar las esquinas parte de un precepto muy sencillo: yo no tengo la fórmula para que las cosas cambien, pero sí tengo la fórmula para que las cosas no cambien y eso es no revelándolas. Si tú no revelas las cosas, te garantizo que no van a cambiar. ¿Si las revelas van a cambiar? No lo sé, pero al menos hay una posibilidad. Yo creo que el conocimiento, entre saber y no saber, existe una diferencia: saber es un compromiso político. Así lo entiendo yo, si tú no sabías que a la par de tu casa una niña es violada y mañana lo sabes, tú vida no va a ser igual. Yo creo que saber y no saber marca una diferencia y el día que deje de creer eso, dejo el periodismo.

 

Óscar Martínez. Coordinador y Periodista de Proyecto Sala Negra, El Faro. Principales ejes de cobertura: Crimen Organizado y Migración. @cronistaoscar

Los migrantes que no importan fue publicado en español por Sur + Ediciones.

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