La soledad que dan los libros

Luis F. Soto Publicado 2015-04-01 06:42:43


Foto de autor desconocido.

 

A Eusebio Rodríguez

Hay libros que abruman y, como el desierto, son difíciles de cruzar. Conozco uno así, se llama In the Dust of This Planet de Eugene Thacker. Lo ordené hace poco más de un mes y lo empecé a leer en cuanto lo tuve en mis manos, pero más allá de la mitad de sus páginas me entró arena en los zapatos, se me cayeron los ánimos y me negué a seguir leyendo. Desde entonces el libro permanece en la sala con la portada hacia abajo sobre la mesa de centro. Desde entonces no sé qué hacer con él.

Me gusta pensar en el librero de mi biblioteca como un pequeño edificio en el que viven los autores de los libros que contiene. Así es como podría ilustrar mi relación con ellos. En este edificio residen algunos escritores, como Ítalo Calvino o Juan Rulfo, a quienes visito con regularidad, incluso podría presumir de conocerlos bastante bien porque han sido inquilinos por muchos años. Otros, como David Foster Wallace o Kobo Abe se han instalado más recientemente, así que a pesar de frecuentarlos los conozco poco. Son estos dos grupos de viejos y nuevos inquilinos con quienes más paso el tiempo. Me gusta abrir sus libros y escuchar lo que tienen que decirme, o lo que ya me han dicho en otras ocasiones. Desde niño tuve la impresión de que los libros guardan la voz de quien los escribe. En ese entonces me entretenía pensando en las voces amarillentas de los libros viejos, contrastándolas con las voces blancas de los libros nuevos. Todavía hoy, cuando pienso en un libro imagino dentro de sus cubiertas a su autor leyendo en voz alta sus historias perpetuamente. Mi librero está habitado principalmente por voces de hombres y mujeres que se hicieron historias. Y a quienes, cuando los encuentro, o los busco, escucho con entusiasmo.

Hay otros escritores que también residen en el edificio pero que nunca visito. Viven en él porque llegaron con buenas recomendaciones. En la mayoría de los casos pude constatar su habilidad en el oficio el día que me acerqué a recibirlos y hojeé sus primeras páginas a manera de bienvenida. No obstante, más allá de esa breve interacción, nunca he hecho el intento por conocerlos. Tristemente, cuando los encuentro los ignoro de una manera cordial, tal vez después haya alguna oportunidad para conocerlos mejor, si es que antes no se van, o yo mismo los haga marcharse.

Otros cuantos más son inquilinos ocasionales que pasan por el edificio sin pena ni gloria. Simplemente deambulan con sus desamparados monólogos de un extremo a otro hasta que sin previo aviso un buen día mi mano los toma por la chaqueta, los echa del librero y se acaba la historia.

Aunque yo no podría vivir sin historias. Las historias me acompañan e incluso en ocasiones me llevan a lugares inusitados. Hace una semana, mientras le daba un baño a Sunny —uno de mis perros— recordé un cuento cuyo personaje principal sostiene que todos los animales son inmortales porque no piensan en la muerte. Todos, menos uno: el hombre. Me resultó interesante pensar que el hecho de ignorar algo pudiera devenir en un privilegio, porque si la mayoría de los animales no piensan en la muerte entonces no tienen problemas de carácter existencial. Sunny no los tiene, lo atestigüé ese mismo día unas horas antes.

Esa tarde mientras la llevaba de paseo, mi perra accidentalmente pisó los restos de una rata que yacían sobre la banqueta. Una hoja seca cubría parcialmente el cadáver del roedor y en el momento en que pude advertirlo ya era demasiado tarde para maniobrar con la correa y hacer que mi perra evadiera los restos putrefactos. Sentí asco, rabia porque sabía que tendría que bañar a Sunny y era tarde y hacía frío. Ella en cambio continuó imperturbable su paseo. Y apestando a rata muerta se habría ido a dormir, pero como la cama donde duerme también es la mía, el baño no sólo era ineludible, sino urgente. Cuando terminé de secarla me acosté a dormir. Mientras cerraba los ojos escuché que afuera empezó a llover.

No sé si esa noche soñé sobre este incidente o sobre el libro, pero desde entonces el título In the Dust of This Planet me persigue. Por esa razón, y a pesar de que el día amaneció mojado y frío, salí en dirección al sitio donde vi el cadáver de la rata. Cuando estuve frente a él con una vara removí de su entorno las hojas secas para verlo mejor. Piel mojada y huesos era lo único que quedaba del roedor, aunque todavía conservaba su antigua forma. La columna parecía intacta, y sin embargo, casi todas las costillas habían desaparecido. Piel y huesos, era todo. Era todo, y era poco, casi nada. Apenas una silueta pegada al concreto de la banqueta.

Tal vez sea tonto pensar en la inmortalidad ante tan escasos restos. Tal vez es una breve pesadilla. Un chiste cruel. Mi madre suele decir que la muerte tiene las manos frías. No repara en contemplaciones. El día estaba frío, y frío también era el espectáculo que me llevé a ver. Frío y triste.

Jugar con la idea de que la rata nunca pensó en su muerte es una cosa y otra muy distinta es llegar a la conclusión de que aunque nunca lo hizo no hay mucha diferencia a final de cuentas. Su falta de conciencia sobre su condición de ser mortal no la salvó de morir. Era triste ver que la vida se había extinguido por completo en ese cuerpo, y más desolador aún era saber que poco a poco lo que quedaba del animal iba desapareciendo también.

Mientras regresaba a casa reflexionaba sobre esa urgencia mía por querer siempre racionalizarlo todo. Los libros me han hecho así. Por los libros supe del conocimiento y mi relación con el mundo. A ellos debo mi forma de pensar. De los libros me vino también la tendencia a correr tras las ideas —e incluso sabiendo la imposibilidad de alcanzarlas—, a no perderlas de vista. Por eso no podía dejar de pensar en la fragilidad de la vida en contraposición con aquel título. Ese día todo se volvió una especie de círculo. Todo emergía de aquel libro sobre la mesa de centro, una cosa llevaba a otra, y todo terminaba en In the Dust of This Planet.

Cuando llegué a casa recordé la llamada que tres meses antes me había hecho mi hermana para avisarme que había muerto un tío de mi mamá. Aquella vez no había podido evitar la tristeza porque imaginaba los lloros de mi madre. Al igual que por todos los demás hermanos de mi abuelo, ella sentía un gran aprecio por su tío. Pero además, por cuestiones geográficas este tío suyo también nos era el más cercano de todos ya que vivía a poco menos de una hora de camino en un rancho vecino. Cuando tenía cuatro o cinco años, mis abuelos y mi madre nos llevaban a mi hermano menor y a mí a visitarlo. Salíamos temprano en la mañana para hacer el viaje antes de que calentara el sol. Los adultos hacían el trayecto a pie, nosotros lo hacíamos atados a un juste en los lomos de un burro. Mi hermano y yo disfrutábamos enormemente la travesía porque durante ésta mirábamos gente atareada en sus labores. No sé por qué, pero había algo hermoso en el hecho de contemplar a otros trabajar. Tal vez este placer nuestro era porque en el campo el trabajo es una reafirmación de vida. Es la vida misma en movimiento.

Por otra parte, nunca me gustaron esas visitas porque los niños del otro rancho nos miraban de una manera hostil a mi hermano y a mí. Les éramos ajenos y a nosotros nos agobiaba un sentimiento de soledad en aquél lugar de tanto rostro desconocido, así que mejor pasábamos todo el día pegados a las faldas de mi mamá, escuchándola conversar con aquél tío. Por largas horas esperábamos las palabras de mi abuelo que anunciaban la partida. En ese momento mi abuela y mi madre se ponían de pie y lamentaban con sinceridad la brevedad del día, la hora de partir. Emprendíamos el trayecto de regreso cuando el sol se empezaba a ocultar. Volvía otra vez la fascinación porque desde los lomos del burro miraba el paisaje bajo los últimos rayos del sol y me preguntaba cómo se vería de noche todo aquello. Recuerdo que en más de una ocasión me sumergí en una pequeña pesadilla: cerraba los ojos y me imaginaba completamente solo en esos caminos desiertos a media noche. Se me erizaba la piel y me daban escalofríos, pero luego los abría y sentía gran alivio saber que mis abuelos y mi madre caminaban a mi lado. A mis cinco años conocía una forma de vencer la soledad.

En aquella ocasión le dije a mi hermana que hacía más de veinticinco años desde la última vez que vi al tío de mi mamá. “Lo enterraron ayer” dijo con entristecida voz. La vida también se había extinguido por completo en nuestro tío. Ahora su cuerpo empezaba a desaparecer.

Cuando colgamos me recosté sobre el sofá. Pensaba en la tristeza de mi madre y el alivio que era para ella creer que su tío se había reunido ya en el cielo con nuestros familiares que murieron antes que él. Pareciera que la sencillez que conocí de la gente del campo tiene origen en su sencilla forma de ver el mundo. Para ellos el sentido y propósito de la vida es otro. Están muy lejos de tener problemas de carácter existencial, su mayor preocupación es ser lo suficientemente buenos en vida para entrar al cielo cuando mueran. Pareciera una manera menos complicada de vivir. Pero, esa forma de vida también ha desaparecido. En mi rancho la mayoría de los pobladores que conocí ya murieron. Me cuentan que sólo queda gente vieja y enferma, las nuevas generaciones se han ido a las ciudades, e incluso hay quienes hemos salido del país y no tenemos planes de volver. Desde la sala de mi casa, el rancho donde nací se percibe como un lugar fantasma.

Hace ya muchos años que salí de ese rancho y en mis andares entré en contacto con los libros y a través de ellos con otras formas de pensar. No creo en el cielo. Los libros me han demostrado que la eternidad no existe, al menos no la que mi madre cree. Los libros han definido quién soy y también han cambiado la manera en que veo las cosas. Ya no pertenezco al campo. No creo que pueda vivir en él, mi madre, mis abuelos y la gente que todavía vive ahí no entenderían mi forma de pensar. Nunca imaginé que el conocimiento aislara a los individuos. Ahora estoy convencido que así es. Durante muchos años los libros me han acompañado, pero al mismo tiempo los libros también me alejaron definitivamente del lugar donde crecí. Mientras caía la tarde sobre la sala de mi casa yo llegaba a la conclusión de que los libros también dan soledad.

Tengo la impresión que entre más leo, más se aleja ese rancho con mi madre. Lo único que me queda de él son unos cuantos recuerdos de la vida que albergó. De toda su gente que conocí, a casi nadie vi morir. En mis recuerdos todos siguen vivos, arriando el ganado, partiendo leña, cuidando de sus potreros, regando sus parcelas… Como si estuvieran suspendidos en el tiempo, todos conservan la apariencia de la última vez que los vi. Todos murieron con la esperanza del descanso eterno —así se muere la gente allá—, pero yo los veo repitiendo sus quehaceres a perpetuidad. Pareciera que la única forma de eternidad a la que entraron es vivir temporalmente en los recuerdos de quienes los conocieron y todavía siguen vivos. Si la eternidad existe, está temporalmente alojada en mi memoria. Cuando yo muera, también me mudaré temporalmente a los recuerdos de alguien más, después todos, nuestros recuerdos y nosotros, nos volveremos polvo.

Hoy también empezó a oscurecer. Hace rato ahí estaba yo —los recuerdos que soy— sentado, rodeándome de sombra en la sala de mi casa contemplando al libro que sobre la mesa de centro empezaba a acumular polvo. Lo tomé y le di la vuelta. In the Dust of This Planet, se leía en letras blancas sobre un fondo negro que escurría. Luego, más abajo sobre un fondo blanco en letras negras más pequeñas: Horror of Philosophy Vol. 1. Ésa abreviación y ése número encierran una promesa que desalienta ya que si me atrevo a seguir leyendo probablemente también acabe leyendo los futuros volúmenes.

Uno puede negarse a leer una novela, pero para mí los libros de filosofía son más difíciles de descartar. A ellos les debo mi predisposición a cuestionar todo lo que me rodea. Los libros de filosofía me han ayudado a entender y tomar conciencia del mundo en el que vivo, han sido el desasosiego que me acompaña en horas del día y la luz que me abre paso en la penumbra. Sin embargo, In the Dust of This Planet me dejó un profundo sentimiento de soledad y desesperanza. Thacker sostiene que el planeta en el que existimos nos trata con indiferencia, que no hay un sentido intrínseco ni en la vida, ni en la existencia ni de nuestra especie, ni en la del universo. Nos entrega la certeza, como a un acusado le entregan la sentencia, de que nosotros y nuestro planeta vamos a desaparecer, a volver a dispersarnos inevitablemente en el polvo de las estrellas.

Sin saber qué hacer con el libro, hace rato lo puse de nuevo sobre la mesa. Desde entonces sigo aquí. Siento arena en los zapatos y me da miedo moverme. El librero desapareció en la oscuridad que inundó mi sala. Y yo me siento como si estuviera en un camino desierto a media noche y verdaderamente solo.

 

Luis F. Soto vive en Boston Massachusetts.

 

 

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